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	<title>La Charpa del Azabache</title>
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	<description>"A la minoría, siempre"  -  Juan Ramón Jiménez</description>
	<pubDate>Sun, 19 May 2013 20:46:37 +0000</pubDate>
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		<title>DEL AZULEJO DE LOS LOZANO Y OTRAS TALAVERANAS LINDEZAS</title>
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		<pubDate>Sun, 19 May 2013 20:46:37 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Al natural]]></category>

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		<description><![CDATA[Que por mayo era por mayo cantaba el anónimo, privado de Dios sabe qué libertades, en aquellos fundacionales versos en los que el castellano balbuceaba sus primeras letras. De aquel fortificado, prioral y versado mes de las flores a este otro, catarral, opiáceo y despernado, han transcurrido muchas jornadas y no menos aconteceres.
Por lo pronto, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/eau-de-la-sagra1-150x150.jpg" alt="eau-de-la-sagra1" title="eau-de-la-sagra1" width="150" height="150" class="left" /><em>Que por mayo era por mayo</em> cantaba el anónimo, privado de Dios sabe qué libertades, en aquellos fundacionales versos en los que el castellano balbuceaba sus primeras letras. De aquel fortificado, prioral y versado mes de las flores a este otro, catarral, opiáceo y despernado, han transcurrido muchas jornadas y no menos aconteceres.<br />
Por lo pronto, mayo a Madrid lo desfigura, lo extrema y lo emboza en una suerte de mascarada por donde se le adivinan al desmonte de sus pespuntes el poblachón manchego que le asoma. Madrid se celebra como la mayor y más significada fiesta aldeana de cuantas en la ibérica piel puesta a secar de la geografía peninsular se solemnizan y festejan, de ahí que urda la Feria sobre la que erige sus motivos a mayor gloria de un santo labriego, poltrón y rezador. Y eso que de un tiempo a esta parte, al socaire de una abstracta y provechosa crisis, ha tendido a adelgazar los rollizos y mofletudos excesos en que se enseñoreaba de su lustrosa y atocinada obesidad. Plan a todas luces absurdo y enconadamente ineficiente, cuando pica entre horas en nombre de la Feria del Arte y la Cultura.<br />
Dicho lo cual, son tantas las tardes en que se lidian toros –o lo que quiérase se haga con ellos, que en esto hay diversas, encontradas  y hasta bizarras teorías-, que los conseguidores  de tamaño entretenimiento buscan airosas alternativas con las que cubrir las siempre inapetentes, tediosas y adormecedoras mañanas que los preceden. Y es aquí donde por fin llegamos a la entraña y sustancia que el autor desea referir.<br />
Otorgarles a los Lozano el laurel de la gloria y el galardón de la posteridad, por sobre errado es flaco favor a las venideras y más aseadas turbas de aficionados y prebostes de coyuntura. ¿Qué otra cosa es la Plaza de Toros del Madrid de hoy, sino el pálido y enfermizo reflejo de una herencia recibida? ¿Qué, sino el objetivo de mercantes y corsos? Ya el tan loado y enaltecido Martínez Flamarique apuntaló las bases sobre las que erigir la garantía pecuniariamente alcista de la empresa, de modo que cuantos vinieron detrás no hicieron sino echar su cuarto a espadas sin salirse de la norma establecida. Y en esto, los Lozano son gente.<br />
Nada de cuanto han llevado a efecto ha repercutido en el buen pasar y mejor lucir de una Fiesta anémica y achacosa que a ellos les ha procurado una notoriedad y un patrimonio que no conoce diezmos.  Y es de verlos, jacarandosos y marciales, lucir con patronal donaire sus calvas perentorias, obsequiosas y lustrales.<br />
Tres son los fraternales artífices del emporio <em>eau</em> de la Sagra. Tres, como tres son las virtudes teologales que desconocen; como tres los abnegados chicos de la Cruz Roja cuya tardía vocación esquivan; y tres como eran Martes y Trece cuando se les barruntaba alguna regular gracia. Tres listos de aldea y un romántico que asoma al olor de los postres, un tal Manolo.<br />
Es el mayor del consorcio un pardal taurino al que la rufianería se refiere como don Pablo. Un torero deslavazado y culón al que una tardía epopeya de sesteo y filigrana pretendió –Dios no se lo tenga en consideración- hacer pasar por muleta de Castilla. Es el tal don Pablo un tratante de anotación en los márgenes, sonrisa inexorable y despectiva, y un si es no es de gañán de postas. Un tipo al que se le enmagrece la mirada cuando otea el horizonte hacia adentro y le estalla el grano del vello en los matojos que le asoman a la nariz. El taurino cantado por descarriados trovadores de estrofa sugerida que sabe que mejores estímulos para sus rapsodas que plácemes y lisonjas, son palos y tentetiesos. De sobra es sabido que desde que sacó su talar y persuasiva mano a pasearle los malares a Molés anda este complaciente y solícito que no precisa ya ni del silbido de su bracero. Con el que no pudo a última hora, fue con un Manzanares que en la tarde de su despedida le mandó a tomar por retambufa, que al parecer es oquedad guarecida entre las nalgas.<br />
Otro de los ensalzados distinguidos  es el lustroso y resplandeciente Eduardo, el más hermético y críptico de los tres. Un taurino de los de por de dentro, de esos que te ponen la voz a la altura del lóbulo y te entran unos escalofríos que ni cuatro novenas a Santa Eduvigis, patrona de los afligidos y deudores, te devuelve la calcinada paz y el malparado bien anímico de los mansos de espíritu. Eduardo es cebón y bien criado, entendiéndose lo de bien criado por rozagante y garrido. Hasta diría que es, a día de hoy, el más lozano si no fuera porque esta paradójica e hilarante homonimia daría pie a muy imprecisas y desatinadas observaciones que sólo contribuirían a dar pábulo al humor. Es Eduardo, de tan intimista y discreto, hombre hecho al silencio y la acechanza, de lo que me barrunto le ha sobrevenido esa quijada de bulldozer hecha a pedriscos y obstáculos. Por no importunar, hasta obvió la posibilidad de saltar al glamuroso y cautivador mundo del celuloide para dar réplica a su hermano Pablo y a su protegido Palomo Linares, cediendo la responsabilidad a un acertado Agustín González que dotó de humanidad y terneza a un personaje sin cuyo concurso, mucho me temo, no hubiera quedado tan bien parado. Es esto lo más acertado que se le concede a Eduardo. Dios se lo premiará.<br />
Y cómo no, el último en discordia -o en avenencia, que en esto hay personal de toda inclinación y gusto-, el elocuente, el sugestivo, el narcótico y sagaz José Luis. Aquí sí se me antoja aquello del más lozano, mas no por tornasolado y rozagante, pues anda metido el referido taurino en delgadeces y desmejoramientos que deseémosle pasajeros, pues de correr el resto de su persona la misma suerte que su voz, tememos se nos apague José Luis como un magro y mal alimentado candil. En fin, Dios proveerá como mejor guste; es el caso que el, si no popular, sí al menos muy conocido tratante, es el político de este eximio grupo.<br />
Habremos de convenir que es José Luis hombre preocupante, oscurantista y muy de temer es también sea sobrecogedor. De lo que no cabe duda es de que gasta trazas de ello, o al menos así se lo parece a cuantos me refieren de él casos y ocurridos. Especialmente turbador resulta observarle firmar cheques con su sonrisa mientras su acerada y glacial mirada suspende pagos. </p>
<p>Es el caso que desde hace unas fechas, el numismático y cálcareo perfil de estos tres despejados y diligentes hermanos, acompaña esa zona emparrada y ensombrecida en que se guarecen las oficinas de la Plaza de Toros de Madrid, lugar en que se cultiva y preserva el más celoso y encriptado miasma de que adolece la Fiesta. Y quien ahora está al cabo de su tratamiento es la Banda de los Cuatro, a cuyo regazo Toño Matilla va quemando etapas, porque es lo que piensa uno, que todo se andará y ya vendrán los agradecidos y gratificados rapsodas del a tanto la línea a cantar madrigales y ponerle azulejos al salmantino y miope cachorro, que ya de cachorro no guarda ni el pelo de invierno, dicho sea de paso. De Talavera, eso sí, los azulejos, digo, para no desentonar con el conjunto.   </p>
<p><em>Francisco Callejo</em>     </p>
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		<title>LOS AMORES BRAVÍOS</title>
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		<pubDate>Sun, 12 May 2013 12:02:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Al natural]]></category>

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		<description><![CDATA[Verdean los campos al mullido tamiz de una saponácea primavera, estalla la hojarasca y crece el junco al arrimo de un río barbián y arrogante, canta la alondra, salmodia el jilguero, y una vetusta y demodé cigüeña surca el azul oclusivo y bizarro del cielo con que Sevilla rubrica espumas.
Es el campo de Alcalá de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/lc2b4amour-150x150.jpg" alt="lc2b4amour" title="lc2b4amour" width="150" height="150" class="left" />Verdean los campos al mullido tamiz de una saponácea primavera, estalla la hojarasca y crece el junco al arrimo de un río barbián y arrogante, canta la alondra, salmodia el jilguero, y una vetusta y demodé cigüeña surca el azul oclusivo y bizarro del cielo con que Sevilla rubrica espumas.<br />
Es el campo de Alcalá de Guadaira la más acabada forma para los amores depurados y confluentes, el espontáneo y sencillo marco en que el arrumaco revierte en orquestal contrapunto de confidencias. Nada como los anchos y espaciosos donaires de la campiña para enhebrar el punto de los amores bravíos.<br />
Y es allí, entre un grácil y liviano cerrado y una solitaria palmera a la que requiebra con la preceptiva distancia de la caballerosidad un talludo y oxidado poste eléctrico, donde se cita el amor a deshora  y a la jineta. Una Andalucía de mohín y de feria, de zajón y lebrel,  de todoterreno y manteca <em>colorá</em>.<br />
De un lado, Rivera, con chaleco cazador, más bolsillos que botones y una gorra como atornillada que debiósele regalar allá por su más incipiente mocedad; del otro, un Morante hecho a retales, sombrero pajizo con quejumbres de souvenir, gafas de sol de las que gastara su eximia coterránea, la Niña de la Puebla, y una camisa así como de noche de gala de <em>Los Centella</em>. Surcan el firmamento imprecisas y difusas nubes que bañan en su albor clarear la amartelada declaración de amor entre dos señores que riñeron tiempo atrás por un quítame allá esas pajas. Bueno, en realidad tratóse -al parecer- de la disconformidad que mostrara Morante con la concesión de la Medalla de las Bellas Artes a Rivera Ordóñez, cosa que ningún hombre de bien y afanoso de toda eminente rectitud habría de cuestionarle. A Morante, digo. Es sabido, no obstante, que puesto que donde manda patrón, no lo hace marinero, torero como Morante al que sin las bambalinas de Ronda y su dos veces centenario puente no se le define el perfil de artista en toda su extensa dimensión, precisa anunciarse en la ciudad de Pedro Romero más que afanarse en los ciclópeos y arrumbados baúles en que debe hozar para encontrar su ropa de civil. Así pues, dejadas a un lado sus por momentos coléricas veleidades de ejecutante jactancioso y pinturero, ha adoptado el perfil del más afinado Currito de la Cruz para entonar su más sentido y personal “usted disimule, don Manuel”. Aunque más que referirse al citado Manuel -Manuel Carmona, no se me haga usted de nuevas, querido lector-, Morante le pone ojitos a Rivera como Currito se los ponía a la <em>señita</em> Rocío. De manera y modo que, dado que Ronda lleva años penando el mal trato que se le da desde la confección de sus carteles, Rivera , que tiene más de administrador de fincas que de matador de reses bravas - ¡dónde va a parar!-, sabe que sacarle rentabilidad a la plaza que usufructúa (digo bien) pasa por hacer las cosas meridianamente derechas. ¿Y qué es hacer las cosas meridianamente derechas? Pues así como Dios manda. Y lo primero que ha de mandar Dios es a él, a Rivera Ordóñez al húmedo y disimulado amparo de las tablas. Que no se le vea en el ruedo, o sea. A partir de ahí, cualquier contratación bienvenida será, y si es la de Morante, por partida doble.</p>
<p> ¡<em>Oh monte, oh fuente, oh río</em>!, etc. Ni fray Luis se esponjara tan placentera y jovialmente en los amplios confines de la creación como lo han hecho,  poniendo a Dios y a los medios taurinos por testigos, Morante y Rivera. Y era de verlos, en mitad de los crecidos espigones, enjundiosos y significativos, darle fiesta a un despistado y somnoliento eral al que previamente habían tundido los lomos de un garrochazo. Y Morante, como un prendado tórtolo, cantaba en un sostenido y enamorado parabién los manteos con que Rivera sacudía pases al aturdido y vacilante eral, “biéeeeeeeeeeen”. Era de ver.<br />
Y como sin desprendido mediador no hay cumplido logro, allí estaba también el sobrevenido apoderado del de la Puebla, parapetado tras sombrías e impenetrables gafas de sol así como a lo Camará, sólo que con menos kilos y menos guasa, alardeando de su trazo de alcahueta. ¡Ah!, Fernando de Rojas. Nunca tu Celestina fuera tan bien traída. Así pues, fue el aplicado Antonio quien solicitó sonara en el <em>dolby surround</em> del azar la afable, deleitosa y afrodisiaca cadencia del “Cheeck to cheeck”. Ya lo dijo Rivera, que venían sosteniéndose acarameladas, insondables y henchidas miradas de arrobo el uno al otro, observándose en la pupila el destellante y vivificador donaire de los asaeteados por el pubescente, enredador y travieso Cupido que les había dejado a ambos el corazón fileteado de hechizo y embeleso, hasta que Antonio Barrera puso a sonar la sincopada melodía que felizmente les ha conducido a los predios en que se muestran los campos del afecto más feraces.<br />
Así pues, con respecto a Morante, Rivera no actuará en calidad de empresario, sino de anfitrión, pues sabido es que el donoso administrador por herencia tiene un sentido patrimonial de Ronda. ¡Ah, el amor que todo lo puede!</p>
<p>No resta ya sino que alguien, así al estilo Barrera, se llegue hasta el Juli Y Choperita y les ponga “Dos gardenias”, que suena así como más nuestro, para que juntos surquen los infinitos espacios del apego y el sentimiento. Vamos, digo yo. </p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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		<title>VICTORINO´S FASHION</title>
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		<pubDate>Sun, 05 May 2013 18:37:35 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/victorinos-fashion-150x150.jpg" alt="victorinos-fashion" title="victorinos-fashion" width="150" height="150" class="left" />No hay rostro en el que mejor se le pueden contar las arrugas del entrecejo a este país que en la tafiletería que entre el sol, el agua, el tiempo y un permanente estado de vigilia le han burilado a Victorino Martín en la cara. Victorino es el compendio y sumario en que a Gutiérrez Solana se le condensa la gota negra de la sequedad del pincel; es la España arancelaria e impositiva, el huerto que a base de herencias, tratos, exvotos y paciencia deviene en latifundio. El pedúnculo de la boina que aspira a ser uno de los cuadros apaisados en el telar de una gorra.<br />
Victorino es la muela del juicio que arrastra con su quijada de huesos la sangrante encía de una Castilla removida en su endodoncia. Un paleto venido a más que ha pasado de la taberna al fogón como el cacillo, la chacina y la ropavieja: una ocurrencia de las modas.<br />
Donde con más nitidez se le adivina al aldeano que alienta es en esas posturas que adopta al vestir un polo y abrochárselo hasta la última botonadura. Es ataviado con ecos clásicos como con mayor redundancia chapotea en su tipismo. Y es curioso que todo ese provinciano folclore sea el que mayores réditos le ha procurado a este tratante de la sierra en que se desdibuja la meseta en el árido contorno de una sombra.<br />
Victorino arribó al Toro en un momento en que no había ganadería que no llevara estampado en su hierro cualquiera de las variantes en que las guirnaldas adoptan visaje de ducado, marquesado, o condado. De manera que era el de la ganadería negociado de grandes de España, cortesanos de bacinilla y resto de adosados. En estas, irrumpe un labriego sin más adiestramiento que el del calendario zaragozano y el apretón de manos para el cierre de feudatarios convenios regados con garnacha y risotada. El último, la práctica totalidad de la camada de Escudero Calvo que fenecía trasijada por entre el desmonte de la cariada ignorancia de todos los meapilas que creían que el campo bravo no pastaba más allá de Salamanca.<br />
Con la malicia y sagacidad del patán tundido a pedriscos, comenzó su campaña de fanfarronadas retando a las figuras a desafiar a sus toros y a los empresarios a atender sus emolumentos. Llenándose la boca -hasta entonces ahíta de sarro y halitosis- de grandilocuentes términos como los de integridad, pureza y honradez, delegando todos ellos en el toro en calidad de deponente, logró hacerse una dentadura en la que tras cada colada en la que ponía a tender su ulcerada sonrisa, reverberaba el destello de los dientes de oro con que terminó subrayando su vileza.<br />
Victorino es la más exacta réplica del gobernador de la ínsula Barataria, un porro cuya lealtad a las instituciones pasa por pretender hacerse un hueco entre los duques, aun a costa de hacer valer sus credenciales bajo carnavalesca y ramplona rúbrica de bufón serio. Pocos como el propietario de la A coronada de Albaserrada para saber que llevar la jofaina a los que están en la pomada significada estar en la pomada también, aunque sea en su extrarradio y periferia. Así pues, no es Victorino sino la máxima hecha carne del “dame pan y dime tonto”. España.</p>
<p>Hoy su hijo, representante y portavoz de los silencios en que se guarece el padre, sigue las mismas directrices aldeaniegas, pardales y rústicas del progenitor, bajo licenciatura en Veterinaria y el mismo doctorado en gramática parda. Son los victorinos la franquicia comercial del torismo. Los mayoristas a los que no les ha quedado más remedio que asumir  que nunca una ganadería llena una plaza en la España de hoy. Los que lo han sabido a costa de volver a Madrid pensando que su sólo nombre convocaría un lleno tan mayúsculo que habrían de lidiar en varias fechas, quedando en la taquilla mayor boletaje que hinchazón en su agreste arrogancia. Esos que llegaron a estampar la puerta en las narices a las más granadas figuras del momento para solaz de sus deudos, y que hoy se deshacen en lisonjas y arrumacos hacia el infeliz Talavante, a quien Dios proteja.<br />
Victorino Martín hijo, yendo un paso más allá que el padre, y no queriendo limitarse al tomillo y al espliego, ahora hace política y ensalza y deifica los resortes en que se perpetró esa Transición con olor a rancio y cardenillo para terminar diciendo que los Toros no son de derechas. Todo ello bajo un titular en que viene a significar que los nacionalismos no odian al toro, sino a España. Ni el Cid, mostrárase más determinado. El de verdad, claro.<br />
Sólo falta que Victorinito nos explique qué  pueden pensar gentes ajenas –o, no-, al Toro cuando ese diario putrefacto, atávico y patriarcal que es el ABC, galardona en su raquítica modalidad de Premio Periodístico “Manuel Ramírez” a Esperanza Aguirre por una hedionda basura seudonarrativa supuestamente taurina, que de no ir firmada por ella no se le supondría ni siquiera a un menor víctima de cualquiera de las reformas educativas con que nos ultraja la piara de políticos que nos parasita. Sépase que el jurado estaba compuesto por un grumo de postulantes  a cuya presidencia se ha hecho acreedor el siempre fatigoso y remilgado Andrés Amorós y la rúbrica la han venido a poner individuos de dudosa presunción intelectual como Juan Pedro Domecq, José Moya, Ramón Valencia y Álvaro Ybarra.</p>
<p>Y es que en esta España de hoy y de siempre, lo importante es tener un <em>Lacoste</em> con que cubrirse el cuerpo, aunque sea abotonándolo, con todo lo que ello explica.</p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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		<title>TRISTE ES DE PEDIR</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Apr 2013 19:31:27 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por entre la varia y heterogénea fauna de matadores de toros, sabido es que haylos de todos los pelos; los hay obsequiosos y largos, cortos y ahorradores, enjutos y entristecidos, responsables y constantes y hasta desprendidos y rumbosos; como los hay altos y desgarbados, bajos y rechonchos, simpáticos y malquistos, opositores, notarios, testaferros, refrendarios, declarantes, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/indigencia-150x150.jpg" alt="indigencia" title="indigencia" width="150" height="150" class="left" />Por entre la varia y heterogénea fauna de matadores de toros, sabido es que haylos de todos los pelos; los hay obsequiosos y largos, cortos y ahorradores, enjutos y entristecidos, responsables y constantes y hasta desprendidos y rumbosos; como los hay altos y desgarbados, bajos y rechonchos, simpáticos y malquistos, opositores, notarios, testaferros, refrendarios, declarantes, interinos, mediopensionistas…<br />
Es gesto común de la torería gastar lustre y sacar pecho así como de a ver qué se debe, para a continuación pagar con la largueza y liberalidad de la esplendidez. Pero, ay amigo, detrás del manido y redundante óbolo que acredita el mullido acomodo de la holgura en que sestea el dulce discurrir de las horas de paisano del nominal toreador, hay matadores que bien saben del menoscabo y fatiga que acarrea sostener ese tren de vida. Y no señalo esta obviedad pensando en la sofocante y afanosa hora en que armados de espada y muleta se ven en la honrosa y depuradora eventualidad de contarle las pestañas a la mirada de un anhelante animal de seiscientos kilos en disposición de hurgarles entre la safena y la aorta, no; me refiero más bien a todo ese muestrario de toreros que de tanto persignarse a la entrada de los pletóricos y rebosantes templos en que negocian los intereses y dividendos de su fe reparan en cuanto mendicante hace guardia entre el sostén y puntal de sus entradas. Algunos han llegado a interiorizar de tal modo esa mirada rasguñada de humedales velos que hasta han sido capaces de llevarla a su propio discurrir profesional.<br />
Haciendo memoria, uno recuerda esas tardes en que un tal Espartaco (reconvengamos la abominable profanación del nombre de un mito en supuesta correlación de un gentilicio que no se sostiene ni por pienso), ayuno de ingenio y de aptitudes – no así de mañas- y no sabiendo por qué vía complacer al paisanaje, nos deleitaba con todo un muestrario de inconveniencias que se le venían a la expresión como el aplauso al gentío. En su estampada sonrisa zigzagueaba el ondulante trazo de una mueca que le partía el regocijo y que venía a decir algo así como “uztede dihcurpen, pero con semejante malahe ¡ya me dirán que pueo yo, pobresito de mí, hasé!”. Era de ver entonces al gentío partirse las callosas palmas de las manos, mientras poniéndose en pié le exculpaban al unánime rugido de “máaaaatalo”.<br />
Por entonces, e incluso algo antes, ya Ruiz Miguel se esmeraba en inclinar la cabeza hacia un hombro, sobre todo en las vueltas al ruedo que él mismo se provocaba, en las que la beatitud quedaba subrayada por ese efímero trazo en que parecía acariciarnos entre su cánida sonrisa y una sobrevenida tortícolis. ¡Qué ternezas inspiraba!</p>
<p>Pero vengámonos al hoy, a este evolucionado día en que por progresar se ha desarrollado hasta el indigente visaje que ha logrado derivar en varios tipos:<br />
El primero lo encarnaría ese candoroso y seráfico Ponce cuando se sostiene sobre el angélico y resignado arrobo en que mira con delicuescente mansedumbre al tendido que le increpa (pongamos que Madrid) por no avenirse a la autenticidad que el oficio que profesa exige. Su lánguida mirada mientras sonríe y sutilmente aspaventea inconvenientes es ejercicio de conformista docilidad que rápidamente actúa como energizante de sus amartelados partidarios que, airados y circunspectos, ventosean obscenidades.<br />
Especialmente inquietante me resulta la variante de Antonio Ferrera. Me inspira el pacense recuerdos de esos desahijados de la fortuna que, al quicio de las escaleras de una colegiata extienden la mano mientras fruncen el ceño y chasquean los dientes haciendo que no sepa uno muy bien si se halla en presencia de un menesteroso ávido de socorro, o conminado por un facineroso mediante turbadores ardides que impelen al auxilio. No obstante, reconforta el alma observar que, satisfecha su petición, se le dulcifica el gesto y hasta lo pone en un brete de amagar un agradecido llanto.<br />
Pero de cuantos toreros de este inmediato presente se valen de la untuosa y desembravecida pose del pobrecito en Cristo, es Manuel Jesús “el Cid”, quien más luengos réditos capaz es de cosechar.  De Manuel Jesús (obsérvese que incluso el nombre es eficaz redundancia), hasta la providencia  se ha apiadado, al punto de que le obsequia en los sorteos con los más candorosos y acomodaticios toros que nacieran entre adelfas y tulipas. Cándidos y bienaventurados animalitos previamente apercibidos por San Pedro Regalado, quien les debe instar al comedimiento y obediencia para luego de pasar por el errático filo de la espada por la que se le licúan al decir de los entendidos tantos éxitos al Cid, poder gozar del praderal  limbo de los bravos.<br />
Manuel Jesús, con ese llanto en equilibrio y un asomar los acuosos ojos al tendido en sus vueltas al ruedo con ese agradecido gesto con que almidona el mirar, se ha ganado un sobrenombre de bendito que pagan a medias aficionados e impositores.<br />
Manuel Jesús, hace de sus reflexiones un canto a la humanidad que tan feraces frutos le ha brindado y un asumido endeudamiento con la vida que le ha dado tanto, pero cuidado con reconvenir a “el Cid” cuando se le va un toro (que rara es la tarde que no se le va), porque amosca el gesto, se le avinagra el prendado carácter y echa mano de su cuaderno de notas para mostrarse quejoso y dolido. Es entonces cuando con renovada pujanza y exaltado brío reivindica el puesto que cree corresponderle por los méritos despilfarrados, de modo que parece advertir como craso error no concedérselos adoptando el visaje de quien propende a enumerar un prontuario de merecimientos. Y en esos momentos, cuando le veo y escucho, es cuando su letanía me suena al hogaño “triste es de pedir, pero más triste es de robar”. O algo así. </p>
<p><em>Francisco Callejo   </em></p>
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		<title>DEMUÉSTRELO. DEMUÉSTRESELO</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Apr 2013 18:46:13 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[A estas alturas, pretender negar las honrosas, cumplidoras y beneméritas virtudes de el Juli es ser un redomado mentecato, un consumado meningítico, o un perfecto imbécil. Inaugurada oficialmente su temporada 2013 el domingo de Resurrección en Sevilla, es decir, hechas las cosas como Dios manda, el puñetazo que ha dado encima de la mesa ha [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/el-juli4-150x150.jpg" alt="el-juli4" title="el-juli4" width="150" height="150" class="left" />A estas alturas, pretender negar las honrosas, cumplidoras y beneméritas virtudes de el Juli es ser un redomado mentecato, un consumado meningítico, o un perfecto imbécil. Inaugurada oficialmente su temporada 2013 el domingo de Resurrección en Sevilla, es decir, hechas las cosas como Dios manda, el puñetazo que ha dado encima de la mesa ha de estar aún redoblando en los cartapacios de cuanto despacho empresarial taurino sestea en el desfalco.<br />
El Juli ya sabe que las Ferias de Levante son sólo el bisoñé con que la Fiesta se disimula la alopecia. La temporada gira en derredor de varias plazas donde se gestan, cuecen, e incuban los amperímetros que arrojan la marca de luz que es capaz de reverberar cada matador que a ellas concurre al final de sus respectivos ciclos. Castellón y Valencia son sólo el casino provincial en el que los poderes fácticos hacen juego y escenifican la obertura de una salida que ya sólo es una reiteración del calendario. Los toreros están al cabo de que las cosas comienzan a ponerse en claro en Sevilla, pasan su reválida en Madrid, se corroboran en Pamplona y coronan su expediente a la sombra de la ferralla que tizna de oscura greda la tierra de la plaza de toros de Bilbao. Lo demás, es sólo música de fanfarria y acompañamiento. Con más o menos oportunidad, con variable conveniencia, con errátil acierto, pero relleno al fin y al cabo.<br />
Es en las plazas citadas donde los matadores se toman la medida, se miran de soslayo y aciertan a entender que sólo estar adiado en ellas es ya un plausible éxito. Sobre todo en las dos últimas y en Sevilla, porque Madrid es plaza de tragaderas. En la capital, lo mismo se cuenta con los más renombrados, que se obvia el intachable expediente de matadores que bien podrían concurrir a esos carteles de burlete y espera que sólo sirven de víspera a lo que pueda acreditar interés. De modo, que una de las más inteligentes formas de triunfar en Madrid es obviando toda tentativa de verse acartelado en su gran feria.<br />
El Juli, que a su natural agudeza suma la perspicaz audacia de comenzar a pedir cuentas sobre las facturas adeudadas, este año no concurrirá al trampeado zócalo de un Madrid deslizante y graso, de manera que parte como favorito para convertirse en uno de los imprescindibles del ciclo. Y es que los grandes toreros siempre han sabido jugar la baza de erigirse en básicos haciéndole la correspondiente peineta a un Madrid encopetado y fanfarrón. </p>
<p>Julián, que ha echado los dientes en esta orquestal y monipódica bacanal de artificios, bigardías y disimulos sobre los que se yergue el tan cacareado mundo del Toro, sabe dormir como los lagomorfos, con un ojo abierto y otro cerrado. Advierte perfectamente que bajar la guardia supone franquear el paso a la vileza y falsía con que se cobrarían sus acreedores  tanta envidia y tan notable animosidad y, tal vez, sea paradójicamente ello lo que le conduce a mostrar desnudo y sin ambages el talón sobre el que pretenden desjarretarlo los que terminan sus frases con respecto a él con un “sí, pero…”<br />
Julián, acertadamente, insiste en que el Toreo debe aspirar a la evolución, pero yerra cuando cifra ésta a una única corriente ganadera que es sobre la que pretende hacer pivotar todo su competente y avezado basamento. En eso, tampoco se distingue del resto de figuras que le han precedido, hecha la excepción de Manolete, capaz de lidiar cuanto pariera el campo bravo sin un mal gesto. No repara el aún más joven maestro que Marcial Lalanda, que Villamarta pasó; Antonio Pérez, pasó; Núñez, pasó, Juan Pedro, pasó; y Garcigrande, pasará. Se trata de una mirada retrospectiva  a aquellos hombres cobrizos y aceitunados de campo que sabían tanto de cercados y toros que al mismísimo Joselito apercibieron haciéndole ver que él, como todo torero, pasaría, pero su ganadería aspiraba a perpetuarse. Esa ganadería se llamaba hace más de cien años Miura. Hoy sigue llamándose igual y lo que es más importante, sigue siendo la misma, evolucionada, pero la misma.<br />
A esa ganadería se va enfrentar el Juli, y ha acertado sobremanera en hacerlo. Ese es el fielato que, puesto a afrontar de manera regular, le va a procurar un perfil que va ahondar en las ya muy acentuadas distancias que es capaz de marcar con respecto al resto de sus compañeros y supuestos rivales. Es natural -y legítimo- que quiera concurrir en carteles con Garcigrande, Núñez del Cuvillo, Victoriano del Río y cualquier otra ganadería que avale su trazo de máxima figura, y además, debe de hacerlo. No obstante, un torero de su capacidad, de su fondo y de su idoneidad y genio para departir e interpretar cualquier tipo de embestida no debería dejar pasar la oportunidad de en esas plazas señaladas párrafos arriba, torear tres tardes, siendo una de ellas con uno de esos hierros que exigen un nivel más que medio-alto de idiomas. Un torero políglota como es Julián, no debe concurrir en igualdad de condiciones con tanto matador unilingüe y provinciano.<br />
Me temo que el gesto que pretende adoptar Julián midiéndose con la corrida de Miura, es el de un <em>déjà vu </em>por el que reclamará hacer público que este hierro no se aviene a su deontología, y si es así como afrontará esa corrida se equivocará de cabo a cabo. Sugeriría al enorme torero que obviara toda aprensión y suspicacia. Obviamente, no se va a encontrar con un toro que descuelgue, se desplace y obedezca como muchos otros que engordan su dilatado currículum, pero que no adelante acontecimientos. Para el aficionado relevante, observador y distinguido va a suponer una coyuntura rebosante de matices y detalles. </p>
<p>La dificultad y carga que entraña ser máxima figura del Toreo lleva aparejado verse en la obligación diaria de demostrar lo que no precisa demostración alguna. Por eso es tan difícil tomar los hábitos de tan severo y riguroso credo. El Juli es la mayor figura de este tiempo y una de las más notables de todos cuantos quedaron empolvados por litografías y crónicas. Demuéstrelo, demuéstreselo. Otra vez.</p>
<p><em>Francisco Callejo   </em></p>
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		<title>Y SI PASA, PUES SE LE SALUDA</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Apr 2013 08:41:47 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Talavante es espiral y calmoso, consecuentemente cachazudo y obstinado valedor de indolencias asomadas a la posma en la que sestea su flema. A la adormidera que le subraya la mirada se le asoma un azogue, así como de un mal viento, que le haya dejado el ánimo al trasvé. Uno ve de primeras a Talavante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/namaste-150x150.jpg" alt="namaste" title="namaste" width="150" height="150" class="left" />Talavante es espiral y calmoso, consecuentemente cachazudo y obstinado valedor de indolencias asomadas a la posma en la que sestea su flema. A la adormidera que le subraya la mirada se le asoma un azogue, así como de un mal viento, que le haya dejado el ánimo al trasvé. Uno ve de primeras a Talavante y se le antoja hombre claudicante y sin voluntad, mas sólo hay que rasguñar la raspadura de su corteza para que emerja el sujeto espiritual  e incorpóreo que sopla las jarcias de su velamen.<br />
De primeras, se antoja Alejandro muchacho  abstraído y desorientado, escanciador de indolencias y desidias, tipo haragán e indiferente que vive su existencia con el resignado candor con que se asoma la gente del campo al devenir de un cielo siempre por descifrar. Su aparente apatía no remeda sino esas horas de sesteo en que una caribeña brisa comba el cañizo de una pérgola sobre la que Alejandro balancea su hamaca entre un abanico y un daiquiri. Pero al fondo de su espumosa galbana, Alejandro alimenta la hoguera en la que crepita la soterrada y abstrusa voz de su oráculo.<br />
Y es que Talavante es esencialmente místico. Uno no sabe si darle los buenos días, o juntar las manos al socaire  de un reconcentrado “namaste”.<br />
Colige uno que esta veta animista le viene por contacto con aquel Corbacho alejado del mundanal ruido e instalado en el seráfico adosado en que erigió su escuela de gladiadores. Todo puede ser. El caso es que Alejandro supo cuándo dejar las privaciones y el alimento del alma para pasar a gozar de las obsequiosas mesas en las que brilla con destellos de fogón la carrillada y el lechón. En cualquier caso, aquellas intimistas lecciones en las que el dolor era sólo la trémula congoja con que pedía el cuerpo plácemes y lisonjas han dejado la ebúrnea huella en el torero de un ser de lejanías que sólo se aproxima al socaire de un buen contrato, pues no todo ha de apuntar exclusivamente al alimento espiritual. Y así llegaron los Choperitas.<br />
Confieso -vaya por delante-, que es tipo Talavante acreedor de todas mis simpatías, pues no advierto en él las dobleces con que se guarece el común de cuantos pueblan esta orgiástica bacanal de posturas y repulgos en que se les retuerce el colmillo y amosca el gesto. Alejandro parece haber superado, si es que alguna vez fue víctima de ello, todo ese secuencial de hipocresías, simulaciones y disimulos, deviniendo así en el tipo transparente y abordable que es.  Genera ternura verle asomar por entre los contrafuertes de un patio de cuadrillas al que llega exhausto, resoplador y urgido tras el reparador descanso en que se ha dejado llevar por etéreos pasajes que hacen más plácida su siesta, porque poco importa a Alejandro que mientras él bulle entre la hopalanda y el satén de las sábanas, dos toros velen la vigilia de un cobertizo húmedo y oscuro que los vomitará al ruedo en que lo primero que verán será la mirada caída, degradada y a medio izar de un torero ahíto de cachaza.<br />
No obstante, si algo hay que agradecerle a Alejandro es su cándida sinceridad. Ajeno a conjeturas y discursos macerados en esa guardia en que, inevitablemente, se guarece toda figura del Toreo, él nos obsequia con una diafanidad digna de todo encomio. Talavante no precisa ni de estupefacientes, ni de estímulos interiores. Él no apela ni a Indalecios trasegadores de miasmas subconscientes, ni deja el atezado reguero de una calcinada testosterona. Él va a lo suyo, y se me representa sincero y veraz. De este modo no es extraño oírle decir que existen toros de tono y comportamiento extraordinarios pertenecientes a ganaderías susceptibles de ser eludidas por las figuras del Toreo que luego pasan por no ser tan lidiables como realmente lo han sido. O ahora, que se enfrentará al nuevo reto de volver a encerrarse en Madrid con seis toros, esta vez de Victorino Martín, abunda en considerar que este personalísimo toro se le hace menos exigente que el toro medio a que están él y sus compañeros tan acostumbrados y con el que tienen que hacer un esfuerzo todas las tardes en base a su poco fondo. Hola. No encuentra reparos Alejandro en desdecir a tanto adulador palmero cuando subraya que el toro de Victorino, lejos de inspirar teorías defensivas, es un animal que favorece el ataque. La familia bien, gracias.<br />
Así es Alejandro, impasible y subjetivo, inmaterial y aséptico, ingenuo y desembarazado. Tanto que, cuando se le pregunta por qué realiza este gesto, desliza su volátil inteligencia por entre el algodonoso limbo de sus ausencias, para terminar sonriendo con simplicidad y franqueza mientras repara en que, ni sabe, ni le importa el por qué. Él quiere convencer y convencerse, de modo que la estadística le trae tan sin cuidado como la puntualidad o esos convencionales usos en que se afanan y malogran el resto de los mortales. Su apostilla, le pone fidedigna rúbrica a las bases de su carácter: si no pasa nada, pues ya se verá qué se hace de su carrera, y si pasa, pues se le saluda.</p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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		<title>MEMORIA HISTÓRICA</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Mar 2013 17:41:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Cuando el aficionado transpirable y adivinado enfatiza su sabatino ejercicio de hacer pública gala de los conocimientos que se le desparraman de la repisa de las entendederas, suele pasar disimulado y sigiloso por sobre el terrazo de aquellos años setenta que emergen del sobrentendido Cossío como un yermo baldío y calcinado. Se establece un pausado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/damaso-150x150.jpg" alt="damaso" title="damaso" width="150" height="150" class="left" />Cuando el aficionado transpirable y adivinado enfatiza su sabatino ejercicio de hacer pública gala de los conocimientos que se le desparraman de la repisa de las entendederas, suele pasar disimulado y sigiloso por sobre el terrazo de aquellos años setenta que emergen del sobrentendido Cossío como un yermo baldío y calcinado. Se establece un pausado silencio y al carraspeo que le sobreviene se le resbala una mueca de desabrimiento y hastío por donde se erige un preterido silencio.<br />
Pocas décadas tan cubiertas de polvo y enajenadas de escombro como esos años en los que este país viajaba en el espinazo de un tiempo abocado a revertirse. Como si los setenta, y los inmediatos ochenta en que matadores desdibujados en el rellano de una prejubilación infundada y arbitraria no hubieran sido sino el paréntesis que demarca la linde que va del toreo invertebrado  al toreo plusmarquista.<br />
En el epílogo de los sesenta, donde Paco Camino, el Viti y Diego Puerta, habían puesto rúbrica al cartilaginoso armazón de un toreo flexible y ausente de maceración  bajo el epígrafe de los abajo firmantes, el lugareño y albardán Cordobés dejó el salpicado borrón de una mancha insoluble y estable sobre la que trataron de mojar su pluma una gavilla de comanditarios de menor y más opaco fuste. Como cabía esperar, no llegaron a ser ni siquiera flor de un día.<br />
Sin embargo, en esa hendidura en la que el toro comenzó a crecer desproporcionada y colosalmente, emergieron una serie de matadores que desarrollaron una técnica sofisticada y eficiente que contribuyó a prolongar recorridos y sostener en pie arboladuras cuyas exorbitantes anatomías cuestionaban las leyes del equilibrio. Eran toreros que bajo el distintivo de matadores de entretiempo hicieron de la Tauromaquia un vado por donde resultó franqueable el paso a venideras orillas.<br />
A estos toreros no se les ha hecho, a fecha de hoy, la justicia que sus méritos demandan, y cabe señalar  entre los más sustantivos dar pie a una nómina tan amplia en capacidades, como holgada en  caracteres. Cómo resistirse a subrayar el toreo reblandecido, pulseado y sincrónico de José María Manzanares; la tesonera y robustecida médula del Niño de la Capea; el limpio, lineal y deshojado trazo de Julio Robles; el abigarrado y esteticista sentido de poder de Roberto Domínguez; el atlético y físico dominio de todos los tercios de Paquirri; o la incombustible, desaseada y sin embargo eruptiva y mitigada temperatura creacional de Dámaso González. Toreros de sobrevenido peso específico que llegaron a lidiar el toro más demencial y asimétrico de la Historia, matadores transicionales que dejaron un legado largo en recursos y hondo en visajes. El caldo de cultivo más a propósito para incubar la sísmica revolución que trajo en dos pies trasplantados al suelo y una pechera en el tintineo de los pitones el torero más sustantivo y equinoccial de las últimas décadas: Paco Ojeda.<br />
Que a estos toreros se les mire con displicente condescendencia cuando no con indisimulado desprecio, sólo patentiza la desmedida insuficiencia intelectual del aficionado de a pie. </p>
<p>Resulta tan alarmante como sorprendente que a la época que les sucede se la moteje como la del  tiempo en que se torea mejor que nunca. Un tiempo apadrinado por el afanoso, limosnero y obturado toreo de Espartaco y en el que ejerce en calidad de testigo ese Arroyo lánguido y tronchado por donde el toreo se transmuta en ejercicio de envaramientos y vedas. Padres putativos de un Finito indolente y transversal; de un Jesulín atarantado y vocero; o de un Manuel Caballero tan pardal, como fastidioso y predecible. Todos ellos concatenación de adocenamientos que encuentran su capitanía en el toreo transgénico, evanescente y volátil de un Enrique Ponce tan corto en méritos como largo en ardides. Y es por entre esta generación acrobática y liviana por donde el Toreo se desdice hasta llegar a los funámbulos acróbatas que hoy practican el más depurado arte de birlibirloque. Un torear lineal y estático en el que se somete a <em>garcigrandes</em> y <em>cuvillos</em> a contorsiones y retorcimientos resueltos en arrucinas.<br />
No obstante, disponemos de toreros aptos para gozar de crédito personal. Fundamentalmente el Juli, esa inagotable fuente de poder y aptitudes; Morante de la Puebla, el umbilical cordón que nutre de ayeres el obstinado hoy; y un José Tomás esporádico y discontinuo que avala la ensoñación como el valor más sólido de un ejercicio en el que pesa más el imaginario que la enojosa realidad.  Tres diestros profetizadores de un soterrado canto del cisne.</p>
<p>Hoy he mirado atrás, y no he podido por menos reparar en la extraordinaria importancia de una generación como fue aquella insertada en las décadas de los setenta y los ochenta, donde figuras de toda catadura supieron atravesar el Rubicón de la responsabilidad cuantas veces lo exigieron las circunstancias. Y aunque hoy en Las Ventas -supuesto epicentro de la Tauromaquia mundial-, se ponga al fuego el azulejo que homenajeará a los más infames comerciantes que ha padecido esta plaza como empresarios, en su arena quienes dejaron patente y vestigio de profesionalidad y compromiso fueron aquellos toreros que lograron entregar el testigo a las generaciones laxas, descalcificadas y flemáticas que llegaron a este presente ya desmitificadas, previo desprecio por parte de una sociedad que las ignora y posterga. Con razón.</p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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		<title>MORANTE EN LA HIGUERA</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Mar 2013 17:37:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Tabicada la feria de Valencia con el lacre de lo periódico y sucesivo, hundida en la ciénaga de un fracaso tan irrebatible como palmario, al sistema no le resta sino subrayar excepciones para mitigar el derrumbe de uno de los ciclos más sustantivos de un calendario que se adelgaza por años.
Estas últimas Fallas han sido, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/en-la-higuera-150x150.jpg" alt="en-la-higuera" title="en-la-higuera" width="150" height="150" class="left" />Tabicada la feria de Valencia con el lacre de lo periódico y sucesivo, hundida en la ciénaga de un fracaso tan irrebatible como palmario, al sistema no le resta sino subrayar excepciones para mitigar el derrumbe de uno de los ciclos más sustantivos de un calendario que se adelgaza por años.<br />
Estas últimas Fallas han sido, con diferencia, de lo peor que ha vivido el regadío del Turia en toda su seglar andadura. Muere la Valencia taurina de inapetencia y tedio, se desmorona sobre un sopor albañal y cíclico para ceder el testigo lacio y desnutrido que llega famélico a la siguiente feria. Sevilla habrá de salir al rescate de un ceremonial anémico y cetrino que acusa sobremanera las extemporáneas ocurrencias de empresarios de arribada y chiringuito. </p>
<p>En el solar que ha dejado el coso de Xátiva, donde más valdría considerar el cultivo de cuanta legumbre despierta al estímulo de un mar próximo y feraz, no hay motivo para la evocación. Todo lo allí acontecido no forma parte sino de la secuela administrativa en que deriva todo espectáculo pronosticable y normativo. Cuanto festejo se ha desarrollado en la plaza que años atrás esquilmara y depauperara el liviano, evanescente y gaseoso Enrique Ponce, no se ha constituido sino en un sumario de lugares comunes festoneados de vulgaridad y rutina. Sin excepción, a pesar de que el sistema trate de inocularnos a través de sus sofisticadas pautas persuasivas una oreada mentira taraceada de hallazgos.</p>
<p>Morante vive los ubérrimos y feraces días de sus esponsales con el mito. Él es el actual y vigente <em>pancreator</em>  de una cosmovisión que precisa de la fabulación y el encomio para sustantivar una técnica y una intuición que no hacen sino seguir unos preceptos que liban de las más precisas fuentes en que se asientan el clasicismo y la tradición en su más exacto ser. Morante tiene talento, a qué negarlo, pero sobre todo tiene inquietud, curiosidad y el suficiente grado de afición como para valerse de todo método capaz de nutrir sus siempre insuficientes conocimientos. El de La Puebla ha debido de quemar pilas atormentando los mandos que hacen que las películas de toros que visiona vuelvan, una y otra vez, atrás hasta lograr absorber los más fútiles detalles de cuanto torero antiguo le sale al paso. No le ha valido, sólo, con el ribete de colores, perifollos y destrezas que observa en las fotografías de todo matador que le ha precedido varias generaciones atrás; Morante indaga incluso en la caída del pañuelo que festonea sus encajes más allá de la solapa sobre la que hace equilibrio, busca el nudo de la pañoleta que trasladar del almidonado gollete de Pérez de Guzmán al cuello de sus camisas de blonda y, sobre todo, olfatea todo vestigio aletargado en la duermevela de los siglos.<br />
A su elaborado y urdido cuidado por cuanto detalle respire en sepia, se une un físico que nos espeta la contradictoria creencia de que el torero es un atleta perito en elegancias. Morante se ha cuidado de descuidarse hasta el punto de no desentonar en el supuesto de figurar fotografiado al lado de don Fernando el Gallo, el Espartero y Currito. Sus adiposidades y sus patillas de boca de hacha hacen de él la perfecta semblanza de todo un siglo XIX corregido y aumentado. Todo en su toreo bebe de una decimonónica sevillanía autoimpuesta a la que le sobreviene el añadido de un siglo XX solidificado y erigido sobre la pierna que se le flexiona a Rafael el Gallo a la salida de sus atormentados  pases de pecho. Morante es ladrón de oído, o de gestos, por mejor decir, y de aquel torero relamido y compuestito que fue, no queda hoy sino la raya que se le dibuja en la crencha del desaliñado cabello.<br />
A Morante se le ríe todo. Tanto, que se ha desdoblado y en su vida civil pretende ingeniosidades que no son sino el resbalón de una boutade que ha terminado haciendo de él un hortera consentido. Desde el canotier y la pajarita, pasando por la beisbolera de mangas negras y sus estampadas camisas, hasta el traje de estopilla verde oliva sobre camisa beige corto de café, Morante ha terminado siendo el ordinario ocurrente recién salido de una película de serie B de los años setenta. Hasta el punto que, de conducir junto a Manolo Sánchez un Ford Gran Torino rojo, creeríamos estar asistiendo a un remake de Starsky y Hutch.<br />
Por absurdos como este desagua su malograda torería. Como este y como el de pretender emular la fatigada y dificultosa sintaxis de un Rafael de Paula en comunicación a cobro revertido con el trance.<br />
Morante se ha hecho su público y, sobre todo, se ha convertido en la oración yuxtapuesta de ciclos como el de Fallas, donde a la estéril siembra de carteles bajos en nitrato, les viene a poner un punto de fermentación que ya se ocuparan luego de cantar sus panegiristas y palmeros.  Su faena de Valencia, además de interrumpida, tosigada y oscilante, no vino sino a hacer acopio de generalidades y bagatelas principiadas con un guiño a Antonio Bienvenida, un pase de pecho largo cabalgado de morosidad acompasada y un constante empujar al toro hacia los adentros hacia donde resbalaba de bondad. Punto. El resto no fue sino lo que los que le cantan hubieran deseado que fuera, una mentira bien gritada.<br />
 Sucede que en el apogeo del toreo gimnástico, esférico y agrimensor, que alguien nos devuelva la impronta de lo inmanente se constituye en noticia, si no de qué.</p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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		<title>LA MATÉ PORQUE ERA MÍA</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Mar 2013 16:40:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Sin más. Sabido es que el Toro hace estación de penitencia en el más acabado costumbrismo, allá donde se ladea el calañés y se saliva hasta astillarse el mondadientes. Así pues, qué mejor cuadro que el de una opereta con membrete flamenco en el que representar la Carmen anoréxica y liberada de hoy, que preside [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/casas-simon-150x150.jpg" alt="casas-simon" title="casas-simon" width="150" height="150" class="left" />Sin más. Sabido es que el Toro hace estación de penitencia en el más acabado costumbrismo, allá donde se ladea el calañés y se saliva hasta astillarse el mondadientes. Así pues, qué mejor cuadro que el de una opereta con membrete flamenco en el que representar la Carmen anoréxica y liberada de hoy, que preside cónclaves y foros desgastando la sudada tapa de sus tacones por sobre la polvareda que media entre feria y feria.<br />
A las Fallas de Valencia no les resta sino exhalar al cielo su bocanada de humo albo, purificador y diligente mientras mira de soslayo al coso que en la calle de Xátiva no hace sino cómputo de ausencias. Y es que si algo ha demostrado el epiléptico y temperamental Simón Casas es una incompetencia a la altura de las dioptrías que le resbalan por entre la moratoria de su miopía.<br />
Si hay rasgos que hacen distintiva a Valencia, son los de erigirse en esquina por donde la luz se acentúa macerada por un mar espumoso y abrasivo, una catarsis vocinglera y detonante, la rampa donde las instituciones escupen el demarraje caliginoso de un cohecho puesto a secar, y una inevitable evasión que se abre al Mediterráneo para escapar de la merindad de los instalados. En un predio como este, si algo desea la gente de a pie son motivos para poner el ánimo en disposición de festejar aquello que le permita perpetuarse en su amnesia. Así pues, su afición taurina es entusiasta y agradecida, celebradora y jaranera, encomiástica y banqueteadora. De sobra es sabido que siempre ha aplaudido Valencia el logro de carteles donde a la tinta se le agarra a su serpenteo el convocador nombre de las figuras de cada tiempo y época. Es tan proclive al hechizo de lo muy publicitado, que desconoce el ascendente de lo que en el campo bravo se tiene por histórico y legendario. ¡Pero si por ser fue hasta de la dinastía de los Litri! ¿Cómo se le ocurre a su mesiánico “productor de arte” ofrecer un producto que ha venido a poner de manifiesto su monumental insuficiencia? Para lo único que ha servido el fiasco y fracaso de esas atorrantes tardes de kilos y miedo ha sido para que un tropel de huele braguetas levanten el estandarte de su mal disimulado “torerismo” y vuelvan a cuestionar la legitimidad de una oferta de encastes coral, amparados en el vergonzante fundamento de entradas más sonrojantes aún que pírricas.<br />
¿Y este era el gran empresario? ¿Un tipo que desconoce los matices de los públicos a los que  ha de  persuadir? </p>
<p>Se da la circunstancia de que en el Toro, quien eleva a la categoría de criticable cualquier aspecto caracterizado por su evidente posibilidad de mejora, es rápidamente motejado de mal aficionado, malaje y antipatriota. Aquí hay que cerrar filas con las ocurrencias de esos gangosos remedos de apasionamiento que a la perfección encarna el bilirrubínico Simón Casas. Al  infumable serial que ha mal orquestado con ese meningítico invento de feria por entregas, ya le puede cambiar el semblante en los festejos venideros, cosa que no resultará compleja por ser el de Valencia gentío fácil de contentar cuando concurre a escena personal que le es conocido. Así tratará de cerrar Casas su inabarcable cagada, con una feria de las figuras que irá <em>in crescendo</em> para terminar el día 19 bajo los acordes del cada vez más famélico pasodoble “Valencia”, mientras hacen el paseíllo un Ponce indubitable y perenne y un Morante que le hará el torniquete a un cartel herido de necedad que vendrá a cerrar el recomendado de Simón, un tal Luque al que no se le conocen más méritos que los de sentarse a la derecha del “progre”.<br />
Basura de feria que deja a la Fiesta en situación de cesante y a los aficionados de uno y otro signo en vecinal riña de residentes echándose mano a los pelos mientras contraen el gesto.<br />
En lo que todas estas comadres no han reparado, o no han querido reparar, o han sido requeridos para que no reparen,  es en que los llenos más categóricos que ha registrado la plaza de toros de Valencia han sido aquellos coincidentes con sendos concursos de recortes, uno de los cuales publicitaba el gran desafío entre el toro Ratón y el toro Botonero, algo así como una encubierta pelea de gallos en la que los dos azuzadores propietarios de ambas criaturas compiten a plaza llena por mor de ver quién rubrica más catástrofes.<br />
Este es el sesudo y trabajado espectáculo que propone Simón, esa luminaria de las producciones taurinas, el gran artífice y orífice de la originalidad. Todo ello en letra pequeña y a pie de página para que no repare el aficionado y sí el público de esa Valencia festera que luego de no dar Ratón el juego apetecido, es decir, haber provocado cualquier tipo de desgracia, echa pestes sobre el pobre animal.<br />
Personalmente, prefiero el escaso público convocado al socaire de los nombres de Miura, de la estela de Saltillo, del sugerente perfil de Eduardo Gallo, de la resignada asunción de Javier Castaño, o del discreto y afónico sigilo con el que Urdiales echa redes al pasado, a ese otro público de merendola y morteretes, petulante y litúrgico, que va a ver a las figuras y al toro Ratón.<br />
Y entre uno y otro, un empresario que no tiene ni idea de por dónde le da el aire. Un cantamañanas que ni sabe organizar festejos,  ni reconducir a la afición dentro de un marco de coherencia sin el delusivo señuelo de compartimentos estanco erigidos sobre la piramidal base de una falta de escrúpulos que termina provocando que la plaza de Valencia eructe en sus festejos de recortes toda la indigestión de los palenques de talanqueras. Porque este “productor” no deja de ser un agregado que de España se ha quedado con el tricornio y el torito de felpa, con la peineta y el souvenir de una paellera, con el “se sienten, coño” y el “la maté porque era mía”.<br />
Y que este no se quede en Francia…</p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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		<title>DE LOS ENTRETENIMIENTOS DEL PERSONAL</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Mar 2013 16:24:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Al natural]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://lacharpadelazabache.com/wp-content/uploads/quique-y-teo-150x150.jpg" alt="quique-y-teo" title="quique-y-teo" width="150" height="150" class="left" />En este engordado intersticio que se proyecta desde el aragonés cerrojazo del Pilar hasta la pardal romería de fingidas y postizas ferias de amanecida, anda el aficionado triste, ocioso, haragán y azotacalles. Ni un triste festejo que llevarse a la boca, salvo las periféricas y sucedáneas ferias de cuyos aconteceres no obtienen provecho sino los del sistema; esa absurda mentira en que se esmeran mesiánicos empresarios para hacer públicos los entrenamientos de cuantos gastan distintivo de figura, proyectados en rimbombantes, obsequiosas y deficitarias ferias de artificio. En lugar de andar los matadores vestidos a la usanza de como ahora lo hacen cuando de tentar se trata -embutidos en jerséis Ralph Lauren dos tallas por debajo de la que les corresponde, los cuellos y puños de la camisa haciendo a la vista volutas y perifollos, una calzona más comprimida que ceñida, y unos botos lenguaraces y terrosos- ponen en marcha un dispositivo que les permite hasta ejercitarse en el check-in del hotel, el montaje de la capilla, la íntima y litúrgica ceremonia del vestirse, y el andar en furgoneta de la ceca a la meca a la vista de palmeros y provincianos.<br />
¿Qué otra cosa sino entrenamientos a puerta abierta es la Feria de Olivenza? </p>
<p>A lo que iba, que el aficionado de ascendente, el fetén y canónico entendido de abono y hogar del jubilado, de tertulia y tapa, revisor de añosos, periclitados y cesantes programas de mano en esos dilatados y tediosos inviernos, no tiene con qué entretenerse desde el Pilar hasta la Magdalena. Y dado que anda mano sobre mano asomándose a los guisos con que la abnegada y sufrida parienta trajina en la cocina, no ve ésta la hora de que empiece la temporada taurina y se toque su importuno y chinchorrero consorte con la gorra de cuadros, tome la zurcida almohadilla y se vaya bendito de Dios a ver los Toros, o lo que quiera el Sumo Hacedor que acontezca en la plaza de la que es abonado.<br />
Menos mal que en este tiempo de sufrida tregua, Tendido Cero revisa con esmerada, tesonera y perseverante aplicación cuanto contenido ya emitiera en la inercial y espumosa temporada. Y si no quedaran contentos con repetir argumentos y fondos, siempre pueden apelar a los raciales y desdibujados reportajes que desde México Bravo nos traen la campanuda, declamatoria, florida y derrapadora voz de Juan Antonio Hernández.<br />
Si en lugar de encender el televisor a esa hora anfibológica y en ámbar en que se emite el parte de Arnás y compañía, es el sufrido aficionado más inclinado a veladas y noches en blanco, entonces el programa que ha de anteceder al suicidio de neuronas que supone escuchar a Molés, es Clarín. Porque ahora Clarín trae nuevo formato. Lejos de aquellos engolados y ampulosos días en que Rafael Campos de España inaugurará el primer programa de los muchos que luego habríamos de padecer, donde su florido y henchido verbo hería el aire bajo el tamiz de su preponderante esmero en el cuidado de la atinada adjetivación <em>-¡no le toques ya más, que así es la rosa!</em>-; más lejos aún de aquellos segismundíticos monólogos de Fernando Fernández Román, en los que el tono, el ritmo y la entonación fluían con torrencial pie quebrado y desgarramiento de voz -<em>Sólo quisiera saber para apurar mis desvelos (dejando a una parte, cielos, el delito de nacer), qué más os pude ofender para castigarme más</em>-; lejos pues, de Cyrano y de Narciso, nos llega un Clarín gimnástico y volatinero de la mano de dos personajes cuyos nombres, Quique y Teo, no han de confundirse con los de esas historietas de cómic de media tarde con que acompañar un bocata de mortadela y un bollycao, si bien un malévolo y pernicioso conocido me sugiere que esa yunta de apelativos inevitablemente le conducen a pensar en el Cantajuegos. ¡Malo es, oye!<br />
Lo dicho, que ahora Clarín gasta trazo de programa al día y, sacudido de toda aquella caspa funcionarial con que se nos metían televisor y radio adentro Narciso y sus muchachos, emplean las redes sociales para estar conectados con sus seguidores. ¡Qué programa! Venga de hacer conexiones, por teléfono todas, que eso para la radio es como para el estómago un guisado pasado de especias; secciones llenas de contenido y ritmo; y una tertulia de dos que es puro dinamismo. Pues Quique y Teo, que han pensado en el desocupado y afligido aficionado, tres años ha pusieron en marcha un concurso de micro relatos que es pura Literatura. No en balde tienen como jurado a Javier Villán, sí hombre, el edecán de Zabala de la Serna, y a Gonzalo Santonja. ¿Qué no sabe usted quién es Gonzalo Santonja? Que síiiii, el que acompañaba al excusado mano sobre mano a  Alberti, ese cuyos libros tan bien se avienen al lustroso y efectivo calzado de las mesas díscolas. Claro hombre, dos reputadísimas, excelentísimas y afamadísimas luminarias literarias. Lástima que nos les acompañe en la calificadora tarea Savater, o Sánchez Dragó. A ver si para la próxima Quique y Teo se animan y se lo proponen.<br />
Pues gracias a este concurso, los aficionados pueden pasar el invierno sacando lustre al caletre y esperando que una de esas noches de domingo Julio Valverde, compañero de Radio 3 de Quique y Teo, lea para toda España su micro relato. ¡Qué sensación!</p>
<p>Por cierto, para quienes se animen a venideras ediciones, han de saber que es fundamental blandir los más manoseados lugares comunes, los más nutridos topicazos y, aún más importante que esto si cabe, emplear la más rudimentaria, castiza y desaseada forma de expresión que alegorizar quepa. Si usted quiere ganar tiene que estar muy “preparao” para lanzar su “cardenito”, “abrir el melón” y dar rienda suelta al “hijo de Legionaria”. Trate de evitar la “corná”, pues ya sabe que hay mucho “pregonao” entre tan poco “encastaíto” y, sobre todo, sobre todo, “tirar p ´alante”. Si sigue usted estos consejos, el próximo concurso lo gana usted, fijo. ¡Nos ha “merengao”!</p>
<p><em>Francisco Callejo</em></p>
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