CON ÉL LLEGÓ LA MODERNIDAD

la-modernidadJose Mari enciende un cigarrillo con la mandíbula cuadrangular y apretada de quien se sabe presa de un obturador. En él el gesto no es casual, sino el producto de la destemplada voz de un operario de cámara, porque Jose Mari vive con la sensación de dar lugar a un pie de foto.
De cuantos toreros extienden hoy su inercia por el eucarístico, redundante y reiterativo calendario taurino, es a Jose Mari a quien corresponde toda la chatarra mediática a que da lugar una liturgia a la que la crisis y su propia dejadez han dejado a medio camino entre la lobreguez y el bostezo. El más importante, que es el Juli, ha optado por el bolo de provincias y el reiterativo estribillo en que le hacen los coros Garcigrande y Cuvillo; el más mentado, que es José Tomás, se ha inclinado por seguir la Eurocopa de Fútbol sin el sobresalto de un “maestro, la hora”; y el más sustantivo, que es Morante, vive en el deífico limbo de una misantropía lúcida y retardataria en la que se le representa el mundo desde la biselada moratoria de las fumaradas donde se volatiliza esa materia prescindible y pendular en que consiste la humanidad, o el gentío.
Así pues, es sobre Jose Mari sobre quien recae la fatigosa y perentoria golilla de poner la cara y el ademán a la foto y al titular. Y le gusta. Se ha creado el hijo del maestro una estela en la que, al fondo de dos ojos en que se le rasga la mirada, ha establecido toda la bisutería de una mediterraneidad protésica y guirlache, consensuada y pronosticable, moderna y abaloria.
No sé si Jose Mari ha sido el primero en sacar pecho en twitter, pero si a un torero se le puede asociar al silbo de ese pajarillo azul y desflecado, generalmente absurdo y casi siempre baldío, es a él, que desde la playa de una gestualidad salpicada de mediterráneos desdicientes y desmelenados abrasa de afectación el blanco de la camisa que se le pega al cuerpo como un anuncio de “Agua Brava”.
Allí, lo mismo cuelga una fotografía de su cuadrilla a la sombra de un centenario abeto, que una suya con un loro al hombro como si de un pirata emulsionado, instalado en el artificio y plagio de Jack Sparrow, se tratara.
José Mari ha traído una modernidad a esto de los Toros que pretende adaptarse a los nuevos usos de este recién estrenado mundo virtual y sobrentendido, ficticio y plastificado, aparente y cuantificador. Da la sensación de que su estadística favorece en mayor medida el número de seguidores pescados en sus redes sociales, que la variedad de hierros que le caben en la muleta. Y es ahí donde les saca varios cuerpos de ventaja al resto de toreros.
A pesar de verle presidiendo desde la perilla que le estalla en el mentón esos encuentros de matadores de alto copete, José Mari sabe que tiene más repercusión la foto que luego colgará en twitter que la onerosa, sofocante y yerma prosa que le pone Rubén Amón en las manos y su perfil de Elia Kazan en la boca. Él sabe mejor que nadie que a triunfador de la temporada le conduce con más celeridad y tino una sonrisa a tiempo en VMan que una estocada recibiendo en los medios de la Maestranza, y de eso se vale.

De aquella cadencia que le estallaba en la apagada combustión de la muleta a su padre y maestro, a él sólo le queda un cojitranco sentido del ritmo en esa espiral en la que ningún pase es consecuencia del anterior, sino el mismo e inicial prolongado en el tartamudeo de una ausencia de finales que hacen de sus series un único e intermitente bermellazo.
Con un capote espaciador y despachante, una cuadrilla vitamínica y diligente, una muleta impuntual y ventosa y una espada metódica y diestra, sabe José Mari que donde más puntúa es en los remates de sus golpes de cairel cuando la fotografía estalla de tumulto en twitter.
Le conocimos en la lágrima con que talaba la mesiánica coleta de su padre, le aceptamos en la sombra en que se le proyectaba una corona rondeña y lo hemos terminado elevando a los altares de la notoriedad en ciento cuarenta caracteres. Es decir, fotografías.
El Toreo es sólo la coartada. Él es la consecuencia mediática de una juventud a la que le vienen grandes los sabores sin aditivos. De ahí que José Mari reciba tanto capote de paseo del Foro de La Juventud Taurina, o parabienes de Núñez Benjumea, y resulte tan disociable de Miura, Victorino, Santa Coloma, Partido de Resina y resto de nunciaturas por donde se licúa la torería invertebrada.
Él permanece atento a twitter, donde nos recuerda la fecha de conciertos de Alejandro Sanz, Pablo Alborán y resto de ruideros a media voz; donde manda besos y plácemes a quienes le espolean y palmean; donde nos cuenta toda esa sarta de naderías que tanto entusiasman a acólitos, adeptos y adoradores. Pero cuidado con hacerle reproches, o salpicarle con sus contradicciones, porque entonces te da de baja en twitter. Como castigo, como sanción. Y ya no eres nadie.

Francisco Callejo


Sobre esta entrada