A QUIEN MUCHOS DICEN MONGOLI
Moncholi es corcovado, peludo, áspero; tan blando por fuera, que se diría todo de tegumento. Sólo lo trasojado de su mirada es inquietante, como las iridiscentes arquivoltas de sus gafas de miope. Lo dejas suelto y se va a los cerros y patea formidablemente, coceándolas con natural alborozo de onagro las más elementales premisas del buen gusto, la discreción y la buena crianza. Lo llamo dulcemente: ¿Moncholi?, y viene a mí con un trotecillo hampón, que parece que me apercibe, en no sé qué pataleo trabucaire.
Hay quien a Moncholi le dice mongoli, y cabestro, y qué sé yo qué cantidad de atalajes de más nutrido fondo, incluso quien le mienta a la familia, pero a mí no me parece bien, creo que con decirle Moncholi ya se le dice bastante.
Moncholi ya lleva muchos años por estos andurriales, y tal vez sea por ello que va sacando pecho así como de palomo zorito, y allá por donde anda va levantando la suspicacia y la reticencia del paisanaje que le mira con mal disimulada ojeriza. Menos en Cenicientos, donde la alcaldía le brinda calles y la banda pasodobles, que para eso se ha inventado el toro de aquel pueblo, el excedente grandón, vasto y descomunal que suelen dar las ganaderías encastadas en morucho.
A pesar de que a Moncholi, a quien muchos dicen mongoli, no le quieren bien ni quienes con él comparten oficio, se ha terminado haciendo un hueco en la profesión que no hay agua caliente que lo despegue. A base de comer en la mano de quienes administran dotes y dirimen destinos Moncholi se ha adherido a la sopa boba con encono, entusiasmo y arrebato. Sabido es que Molés no lo puede ni ver, probablemente por aquello de que con uno que se lo lleve basta, pero oye ahí está el tío que no despega el cazo. Haciendo equilibrios entre la SER y Telemadrid, que es habilidad propia de funámbulos, aunque hay quien lo simplifica diciendo que eso sólo es posible en trepas, arribistas y consentidores. La envidia, ya se sabe. Porque a disciplinado no le gana nadie. Para eso la primera persona a la que sigue en su twitter es a la gobernanta, a Esperanza Aguirre. Faltaría más. Y todavía habrá algún malpensado que le llame pelota y rastrero, o miserable y lameculos.
Moncholi, a quien muchos dicen mongoli, es doctor en periodismo que, como dice un señor muy leído y muy vivido, es algo así como ser recordman de los cien metros patinete, o ser capaz de hacer el silbo del abejaruco. Algo que tiene que haber, vaya. Y es que en este paisaje de los Toros, un individuo como Moncholi, a quien muchos dicen mongoli, es rareza que adorna mucho. Recuérdese que a él se debe el encontrar a las banderillas su mejor sinónimo en avivadores, y a él le debemos toda esa secuencia de geometrías que en los telediarios nos revela los porqués que ni los matadores aciertan a vislumbrar. ¿Quién sabría, si no es por él, que al torilero se le debe llamar buñolero –siquiera sea porque a él le sale de los dídimos-porque allá por el XIX el responsable de dar salida a los toros en Madrid regentaba una churrería? Servidor ha llegado a pensar que en lo venidero, cuando veamos a un gacetillero pagado de sí mismo, ajeno al ridículo, en absoluto documentado y sumamente complaciente con quien hay que serlo, se le dirá por defecto Moncholi (no creo que aquí quepa el mongoli, o sí, no sé).
El caso es que la Feria de San Isidro no sería lo mismo si faltara Moncholi, a quien muchos dicen mongoli, porque eso de mirar al tendido tres allá por el tercer toro y verle tundiendo los costados al inmenso bocadillo en que se afana, lídiese lo que se lidie y pasen los toreros las fatigas que pasen, forma ya parte del paisaje venteño. Curiosamente, cuando luego es él el responsable de narrar, o lo que quiérase que haga desde su mesita de camping, alguna de las corridas del abono tiende a afear la conducta de quienes muestran su disconformidad o enojo sin reparar en que mayor desplante es cerrar la atención al tercer toro para echarse al coleto el lechón que disimula en dos rebanadas. Él es él y su contradicción, que dijera aquel.
Pero convengamos que cuando se muestra poroso, receptivo y excitable, que es cuando a Morante le dice “morantito”, demuestra que en el fondo, aunque muchos le digan mongoli, también tiene su corazoncito.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
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- Publicado:
- 06.07.12 / 8pm
- Categoría:
- Al natural
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