ESPAÑA CAÑÍ. Y FRANCIA
El españolito de a pie, a más de magro, enteco, rezador y chaparro, gasta un sempiterno complejo de perseguido y apremiado que tiende a dilapidar su escaso genio creativo.
Si las horas que dedica a sentarse frente al catódico muestrario de simplezas con que es narcotizado las empleara en muscular esa amorfa, rugosa y ribeteada masa gris que amodorra cada fin de semana a través de la buena curda que le permite mandar desde su entumecimiento al jefe a esparragar, otro gallo le cantaría.
Por lo pronto, el gallo que le canta es el de la vecina Francia. Ese empenachado arrogante que esponja sus espolones metiendo tripa e hinchando el buche y que, en realidad, no es sino un vecino de Morón repatriado a la “douce France”, reciente y ávido lector de Voltaire.
España, desde que paseara su lucidez por el callejón del Gato ha sido, al menos, consciente de su mengua. Lamentablemente, los cóncavos espejos de la estrecha calle a que da nombre el olvidado Juan Álvarez han sido suplidos por “Sálvame de Luxe”, donde su travestido en pudibundo bandolero presentador somete a festiva sesión grotesco-fachosa al personal.
Así, al parecer Julio Aparicio, no contento con los dos mayores inhibiendos de la Historia de la Tauromaquia, se da un garbeo por entre ese nuevo nomenclátor de deformidades para engordar el bestiario subconsciente de esta famélica piel de toro. Insatisfecho de oprobiosa notoriedad después de los dos inabarcables petardos que dio sin respeto, ni a la liturgia, ni al oficio, ventila ahora delante de todo el abducido personal sus relaciones paterno filiales así como otros chismes de patio de vecindad, que es lo que mejor le viene al dudoso crédito de esto de matar toros.
Menos mal que si deseamos cambiar de cadena –aun lo preferible de tirar de ella-, siempre podemos ver la reposada, comedida, discreta y considerada ignorancia del buen Caye(tano), metido en esto de los Toros por la fatalidad de dos apellidos que le empujan desde su desidia a un ruedo. Hueco, ausente, superfluo, banal, son sólo algunas de las consideraciones a extraer de su desplanchado discurso. Luego se quejan amargamente los reformistas del poco espacio que se concede a los Toros y adosados en Televisión, pero habremos de convenir que hasta Cañita Brava supo amortizar con más avales y entusiasmo sus indudables méritos.
Por cierto, ha terminado la Lonja de San Isidro y, salvo la deleitosa ocasión de volver a padecer un año más, durante treinta tardes, a todo un vecindario comilón y cotilla, el abonado no ha tenido oportunidad de hacer sonar las palmas de las manos salvo para llamar a ese abnegado muchacho que lleva y trae los refrescos con el montante a la espalda. En una chaqueta roja. Con el calor. Pobre criatura.
Ni una sóla ocasión en que dar por bien pagada una entrada. ¿Y se quejan luego los reformistas de los anti taurinos? ¿Pero es que hay algún anti taurino con mayor y más razonables argumentos que los Choperitas?
Luego nos hablan de si Francia tal, o Francia cual, cuando resulta que en Francia también se cuecen habas. Y no en Saintes Marie de la Mer, o en Toulon, no, sino en la mismísima Nimes, donde ese entusiasta promotor artístico que es Simón se sustancia de modrego para brindar bizarras y bienaventuradas dedicatorias a los palcos cicateros, o equilibrados, según se mire. Es de ver al tal Casas, aparcado el chispeante y ocurrente perfil de impulsor y artífice, avenirse a un temblor de matasiete que ha de verse reducido por el juicioso personal que puebla los callejones de las plazas con mayor éxito que los conejos las arideces australianas. Allá se lo llevaban entre varios transeúntes mientras él dedicaba a la presidencia un sinfín de sutilezas que no extrañan verle hoy gestionando carpas ahítas de cultura en las inmediaciones de la Plaza de Toros de Madrid. ¡Ay Simón!
Obervarle en lo esponjado de sus lindezas y venírseme al tarareo “España cañí” fue todo uno. Y es que el maestro Marquina cuando compuso el afamado pasodoble lo tituló “El patronista cañí” en homenaje a un preparador de moldes de calzado que, por sobre zapatero, se prefería delineante, como Simón, quien por encima de su mortal condición de tratante, o empresario taurino (lo mismo da), se desea promotor. Pues eso.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “ESPAÑA CAÑÍ. Y FRANCIA,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 06.03.12 / 7pm
- Categoría:
- Al natural
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