NO EN SU NOMBRE

el-puebloEn estos procelosos tiempos, tan hedonistas como simplones, en los que la heroicidad no pasa de ser una de las asignaturas optativas con la que obtener muy pocos créditos, el recuerdo de mártires y supliciados se constituye en el fastidioso día en que políticos y adyacentes se ven en la obligación de poner la voz así como de latoso notario de provincias para glosar la epopeya de aquellos ejemplos de civismo y filantropía. Días en que las coronas de flores y las prietas filas de algún despistado cuerpo del ejército, disfrazado como para asistir a una fiesta impulsada por la marquesa de la Vega de Anzo, orlan el mayeante ambiente de un Madrid abigarrado, resumido, amanerado y expósito. Son días en los que la gobernanta de esta maltrecha y engolfada Comunidad saca a pasear una bandera con la que azuzar la tediosa pendencia de un nacionalismo refractario y clasista, linajudo y oxidado, carcomido y trepa. Todo lo contrario de lo que se calcina y malversa en la propia amnesia del 2 de mayo.
Aquel día de 1808 fue el único en que el pueblo se erigió en auténtico y real soberano para contravenir las órdenes de toda esa piara de sumisos mandatarios y amansados ministrables que le cambiaban el agua de la jofaina a los generales de Napoleón. Aquellos que murieron con un grito de rabia en la garganta y que no eran sino tenderos, costureras, represaliados y algún militar con veraz y genuino sentido del deber. El equivalente al que los gerifaltes de hoy vuelven la espalda y manda a la cola del paro mientras prenden medallas y depositan crisantemos en nombre de quienes, si no cubrieran varias fanegas de tierra y doscientos años de olvido en papel de regalo sus lacerados huesos, les volverían a escupir a la cara. Porque lo que se nos ha olvidado ¡ay cruel memoria selectiva! es que el 2 de mayo celebra a un pueblo sin más bagaje que el de la sangre hirviendo y un crujido de navaja a cuyo filo rutilaba el sentido de la dignidad y del deber.

Hoy al pueblo, que en nada se parece a aquel Madrid rompeolas de todas las Españas, se le permite envilecerse en su cada vez más labrada ignorancia para celebrar el dos de mayo sin más aparato que el mismo a emplear para un quince de agosto, o un catorce de febrero.
Es más, se proyecta una nauseabunda corrida de toros para conmemorar, dicen, la honrosa epopeya, en cuyo cartel se dan cita tres del montón en terna a dirimir un encierro cuarteado, sobrante y grandón. Es tan paupérrima la entrada que registra la tarde en tan señalada fecha, que ni las sandeces y necedades de que es tan capaz el comentarista de los toros en Telemadrid, acierta a ponerle paño caliente a tan manifiesta e indisimulable herida. Por no ir a los Toros, no van ni la corregidora, ni la gobernanta, tan ocupadas como estarán en emplear el vehículo público que sufraga ese pueblo al que desprecian para recorrer la milla de oro.
El Fundi, que está de retirada, actúa como el global de españoles próximos a la jubilación: contando los días. Echa las tres cartas, pero tan mal que ni de arrastre se lleva las diez de monte. Sergio Aguilar, que es algo así como un José Tomás anémico y desangelado, mata a sus dos toros rápido y enérgico. Con ese vigor de que es tan capaz el español medio cuando llega la hora de marcharse del trabajo para tomar unas cañas y no está pendiente sino de que se le caiga el bolígrafo. Y Morenito de Aranda, aparte el atuendo de arlequín con el que demostró su ausencia de embarazo, puso en liza todos eses jeribeques con los que tan poco glorifica la tierra que le vio nacer. Ese Burgos claustral y rezador, endémico y aburrido que tan malas plumas brinda al orbe y temperaturas a la vecindad. Un coñazo, vaya.
Del encierro que mandaron los deudores de aquel viejo Lisardo, mejor ni hablar, ni escribir. Corridas como esta otorgan más razones para abolir el espectáculo que para defenderlo.
Felicitaciones, pues, para ese Centro de Asuntos Taurinos que tan bien sabe bailar el agua a quien corresponde bailársela no molestando con la confección de carteles que podrían resultar interesantes. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Confeccione usted un cartel interesante y corre el riesgo de que se le llene la plaza. ¡Menudo follón! Tener que quedarte hablando de Toros en el patio del desolladero cuando está el Real Madrid a punto de ganar la Liga (aunque sea de aquella manera) y hay que felicitar a ese prohombre que es Flo. Pérez, no Fernández, que aunque pocas, alguna diferencia hay.

Así que nada, oligárquicos déspotas de estos tiempos. Si queréis pintar la mona con toda esa vulgar iconografía con que acostumbráis a profanar símbolos, hacedlo. Pero ni con nuestro dinero, ni en su nombre.

Francisco Callejo
@francallejo


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