UN TORERO

antonio-bienvenidaHace un par de días, mientras Sevilla practicaba la caridad con Padilla, la liberalidad con Talavante y el júbilo con Manzanares, andaba yo entretenido en revisar añejas imágenes de toreros. Por aquello de recordar en qué consistía el distinguido y privativo proceder de estas gentes. Descartada la ingente nómina de matadores de los sesenta, donde lo lavado de la atmósfera en que se desarrollaba una lidia desnutrida y previsible, lineal y ágil, horadada y ampulosa, tendente a emular el cargado ambiente de esas vinaterías presididas por una cabeza de toro y dos banderillas en aspa, opté por retrotraerme al postmanoletismo. Por aquello de la torería, ya digo.
Sólo con el aire que había dejado la estela de Manolete se podía fundir el molde de cien toreros, y la época que le sobrevino resultó tan rica en matices, que entre los abrigos de astracán y las cartillas de racionamiento cabía todo el Cossío.
De los distintos diestros revisados, me seguía sorprendiendo el sabor y empaque de hasta quienes cerraban nómina y recuento. Incluso aquellos más esquinados por la suerte rezumaban un plante y una prestancia a las que tan ajeno resulta este tiempo de iphones y twitters.
Decidí dirigir mi curiosidad hacia el minucioso y esmerado estudio del quehacer de Antonio Bienvenida, donde pude llegar a reparar hasta en los detalles más aparentemente inanes y minúsculos observando en ellos una orquestal respuesta al sentido litúrgico del rito.
En Antonio Bienvenida, la natural y endémica sonrisa que le balanceaba el gesto no era sino la reverberación de una Tauromaquia redimida como Fiesta, la consustancial alegría de ser y saberse torero y el diligente guiño a la permanente y oscura interrogante en que se despacha el miedo. Su rotunda y circular arboladura, vestigio de aquellas sepias tauromaquias en que los Gordito, Currito y Cara-Ancha no eran capaces de diluir sus kilos en la cargada pasamanería de sus vestidos, me revelaba el Toreo como eminente ejercicio plástico y de poder, donde la buena forma física se constituía empero en un obstáculo.
Del vestido le caían los pliegues de los laterales pañuelos como el inmaculado indicio de una elegancia obstinada y baldía, superflua y aplicada, consciente y asidua. Y eso cuando no optaba por emplear uno de aquellos aderezos como contrapunto al regazo en que hacía descansar la espada sobre el frunce de su muleta plegada con la que citaba al pase cambiado, reverbero de la inventiva de Cúchares.
Bienvenida dominaba todas las suertes en la misma medida que cuidaba del exacto desarrollo de la circular pitagórica. Y como las suertes, se aplicaba a la psicología del toro para provocar el estruendo de su policromada pirotecnia. La eminente sencillez con que gobernaba vuelos y tiempos sumía al animal en la espiral inercia de un ritmo académico que le iba predisponiendo de cara a los distintos tercios. En banderillas, optaba por desmonterarse para otorgarle diafanidad y desenfado a un momento de liviana efervescencia. Tiempo de revoque en que jugar al galleo para dotar de inspiración a Roberto Domingo.
Llegado el instante del último tercio, reventaba Bienvenida de clasicismo y empaque. Un crisol de aposturas diligenciaba el tráfago de la lidia en su apogeo. Una tauromaquia vetusta y ecléctica, ajada y novísima, gallista y belmontina, esparcía su doctorado con la naturalidad y sencillez por que aboga la maestría. Y a lo largo del versado legado, un caleidoscopio de toreras gradaciones en que la colocación y el ceremonial no se concedían un respiro.

Lo peor de Bienvenida han sido y son sus panegiristas. Desde aquel por el propio diestro desdeñado Vicentón, tan entusiasta e intonso, como parcial y arbitrario, hasta el nutrido e impasible el ademán florón de señorones amigos de la Dinastía Bienvenida. Una gavilla de biempensantes alabarderos a los que gusta más un encuentro y un emblema que a un tonto una tiza de colores. Tipos de los que Antonio se reiría con esa guasa felina de que era tan capaz, haciendo el oportuno comentario de lo desproporcionado de las ñatas de uno, o de la presidencial y pinturera secular tristeza de otro.
El caso es que ahora que toda esa sarta de cantamañanas que ya no sabe cómo vender sus libelos prepara números especiales para celebrar el setenta aniversario de la alternativa del más destacado hijo del Papa Negro, bien merecería la pena que los toreros del momento, esa figuras arrumbadas y sin noticias de “torería” se asomaran aunque sólo fuera a las fotografías de Antonio. Por lo menos para que vean cómo es un torero. Sin comprar las revistas, eso sí. Al enemigo, ni agua.

Francisco Callejo
@francallejo


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