SIENTE UN POBRE A SU MESA

mora-brinda-al-marquesEntre las inclinaciones que se le presumen a un torero no tienden a acodarse en el magín de despejadas mentes las de menesteroso, desvalido, o desamparado. Pocas cosas más inconcebibles que un diestro apocado y dengoso. Es por ello que casa tan mal con el sandunguero garbo que se le supone a todo matador el retraído melindre de un estudiante a notarías.
Del torero espera el inconsciente colectivo el marchoso donaire del Gato Montés de Penella, la osadía y audacia del Conde de Villamediana y el desprecio a la vida de don Rodrigo. No caben araneros visajes de pudor y, menos aún, remilgados bisbiseos de beguina.

No obstante, el Toreo está trufado de engolados miramientos que obstaculizan y embarazan el natural discurrir de los evadidos del aprisco. Aquí los usos están, de tan apolillados y enmohecidos, derogados de actualidad. Un colectivo respeto, que en realidad no es sino una especie de siciliana urbanidad sobrevenida, encoge el ánimo y arredra la voluntad que se pliega así a un ridículo código de conducta que entorpece cualquier tentativa de progreso.
Los toreros, que en su mayor parte padecen de indigestión felina en la barriga, sólo entumecen el gesto y escarchan la simpatía cuando de ningunear a un compañero contuso se trata. Para el resto de la boyera principian por ensayar su más blanda y disciplinada sonrisa. Esa que dibujan en su monjil rostro cuando de saludar a Molés se trata, o aquella otra que perfilan cuando con jovial entusiasmo estrechan la flácida mano que Zabala les da a besar. Ni que decir tiene que prorrumpen en encendidos arrullos y tiernas lindezas cuando ven llegada la hora de ponderar la incontestable bravura de las becerras de Alcurrucén. En ese instante, las lisonjas y galanterías no llegaría a igualarlas ni el mismísimo Tico Medina, gran amigo de todos, como de todos es sabido.
Así son los toreros. Y cuanto más mermados, más cumplidos.
Este observador abomina de todos esos diestros de reválida que están a la que salta. De los opositores interinos capaces de limosnear un puesto que le niegan sus menguadas aptitudes. De los versados en el codazo a la carrera que sólo enseñan la pata cuando ven el oportuno momento de pisar al compañero herido.

Este impenitente transeúnte de veredas políticamente incorrectas y que al pie de la columna se firma como el de Asís, y hasta como el de Quevedo, desprecia a cuantos se están valiendo del denodado gesto de el Juli y le dejan a la intemperie y al frío capaz como ha sido de encabezar una causa que a él ennoblece y al resto de sus compañeros privilegia. Es él el que está pagando la vesánica ira de la obtusa y rastrera zorrería patronal que ha encontrado en este matador a su más rentable chivo expiatorio. En coalición –como no podía ser de otra manera- con una prensa pérfida y venal que así, no sólo como sin cuestionar los méritos del matador sino ponderando sus virtudes hasta los límites del delirio, le acusa de cortedad en su poder de convocatoria. Hace falta ser miserable. Y como en tiempos de privación lo que no faltan son menesterosos, pues ya hay quien abomina públicamente de ese grupo de toreros que algún tonto a las tres motejó como G-7,8,9, o 10 (Dios sabe) y que no reparó –por evidente ignorancia, o lo que es peor, por corruptible interés- en que así sólo se tacha a quienes tienen el poder. Y evidentemente, en la Tauromaquia actual, el poder sólo le pertenece al empresariado.
De esta circunstancia está al cabo David Mora, que presume en uno de esos pintorescos, folclóricos y entusiastas portales taurinos de haber declinado formar parte del “G-10” porque “también los empresarios lo están pasando mal”. Oportuno y mirado que es el muchacho. Responde David a ese perfil de examinando a que están constantemente sometidos todos aquellos que no dejan de apuntar, pero no disparan. O lo que es peor, esos que no dejan de acomodar el ojo al objetivo para ver cómo finalmente el tiro se desmanda por la culata. Los consentidos del purismo. La apuesta siempre abocada al fracaso de exaltados y diletantes aficionados que encuentran en contrariar a las verdaderas figuras el placer que no hallan en su inmediato entorno. Alguien debería decirle a David que pretender ganarse al patrón a costa de un compañero es arribista desaire que apellida esquirol.
Y es que la carne es débil. Tan endeble y tierna como esos filetes de babilla con que los opulentos y acomodados católicos, a quienes Dios había premiado con una holgada posición social, hacían hueco en su mesa por una noche a los astrosos y hambrientos desamparados para pasar a limpio su conciencia. Aquello de siente un pobre a su mesa. Tan sencillo, tan cruel.

Francisco Callejo


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