UNA REPUGNANTE OBSCENIDAD

esos1Esto del toreo, que siempre ha sido oficio de giróvagos y trajinantes, cojea de crédito por entre el virtual entorno en que resbala el ADSL. Esta sociedad, programada para la estupidez y deformada para la excelencia ya no atiende a los bisbiseos de una apolillada liturgia que lanza boqueadas con la agónica y espantada mueca del pez que se afana a una vida más allá del agua.

De la gente que a no tardar va a verse sin ocupación de la que dar cuenta, desorientada y mermada, extraviada y confusa, quejosa y exhaladora, sólo el gremio de toreros es el que me despierta un atisbo de compasión. No hay diestro que, inclinado a ser motejado de tal, no aspirara en los candeales días de su incipiente vocación a experimentar la epifanía de ese fugaz milagro a que se avienen las contrariedades del embestir y del sortear. Después, la inercia de las humanas miserias será la hurgamandera de su resignación y sumiso acomodo. Porque el torero no ha sido sino el triste títere de cuyos hilos han venido dando cuenta las manos que se amparan en una penumbra de sombras enguantadas.
Hoy, que por fin los matadores rompen los hilos de su angosto presidio, ya es tarde.
A donde se quiera ir a parar ya no se llegará sino a deshora, a pesar de que el silbo de una enteca y anémica esperanza siga tañendo el aire de suspiros con sonido a vida.

A los toreros no se les deja velar por sus derechos, lo que acentúa su atribulada y pesarosa mueca. Ahora que han sido ellos quienes han puesto un pie en pared sabiéndose protagonistas de una heroicidad con la que mercadean esos exhibicionistas del estraperlo empresarial, se les cuestiona y fiscaliza.
Sépase, que no sólo están en su perfecto derecho de negociar su imagen, sino en la obligación moral de hacerlo, pues lo contrario no ha supuesto sino el enriquecimiento de un empresariado miserable que, en corrupta avenencia con las plataformas televisivas, confecciona “sus” ferias contando con un dinero gestado en el tapete de muertes ajenas. Lo que no es sino una repugnante obscenidad.

Y dado que el mugriento magín del empresario no se apea de su miserabilidad, todavía tienen la desvergüenza de acusar a los toreros de dinamitar el “negocio” por pedir –dicen- honorarios más altos cuando los toreros jamás le han puesto dígitos a sus aspiraciones económicas.
Conviene no olvidar, paciente lector, que detrás de los empresarios -o quepa mejor decir delante de ellos- hay una prensa releje y vil que zarandea el silencio de los matadores para emponzoñarlo de suspicacias por apuntalar. Porque la prensa es culpable.

Debería el aficionado dar un margen de confianza a los toreros, pues de todo este entramado de sucias aspiraciones son los únicos a quienes cabe suponer afición. Con condiciones, naturalmente. Pero conviene oírles cuando dejan oreando el traje de luces y, a la guisa de civil, pelean el revirar de los Toros a la televisión que todos sufragamos y que es la única alternativa posible de cara a devolver a esta cesada liturgia los acordes de un eco sin el cual está abocada a extinguirse.
Creo que este es el verdadero propósito de los toreros: devolverle a su Fiesta la flexibilidad que le han usurpado los caporales del fraude, los caciques de la especulación.
No olvidemos que los toreros, de todos los culpables (empresarios, periodistas, apoderados, y demás abscesos) son los únicos que tienen coartada.

Francisco Callejo


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