NO CONFUNDIR CON WC

Pedro Javier Cáceres, que es nombre pasiego y comunal; o Pedro J Cáceres, que suena con delicuescente son europeizante; o PJC que es ya la acróstica repanocha del dadaísmo, es un crítico de nalgas bajas y miras altas. Un instalado desde aquellas enmohecidas calendas en que tanto se llevaba tener un Biscúter y un primo en el Pardo.
Un periodista de la vieja escuela. Aquella que afincó su entarimado bajo el protectorado del juramento que ensalzaba “ante Dios, por España y su caudillo servir a la Unidad, Grandeza y a la Libertad de la Patria con fidelidad íntegra y total a los principios del Estado Nacional-Sindicalista, sin permitir jamás que la falsedad, la insidia o la ambición tuerzan la pluma en la labor diaria”.
Áteme usted esa mosca por el rabo.
Pero llegó la Democracia y con ella los telefonazos. El franquismo más exacto y vertical devino en una ambigüedad suspiradora y achatada. Había que vivir. Y allí, el periodismo estíptico y ranglán quiso adecuarse a los nuevos usos sin perder las viejas prebendas.
Se funda El Albero, remoquete a todas luces insignificante y remolón que no sería sino el recibidor de la salita de estar desde la que PJC arengaba con su desnutrida prédica aquella pureza, integridad y rectitud que debía presidir todo cónclave en que se dirimiera el viril ejercicio de sortear reses. Ya se sabe, el dije del decir de Diego.
Y así hasta nuestros días.
Es curioso que este zarandillo con aspecto, según el maledicente decir de las desocupadas gentes, a mitad de camino entre un desaseado inspector Clouseau y aquel Basilio que pensaba que el turismo era un gran invento, haya logrado sobrevivir a tanta manotada y abrazo, a tanto postulante y apadrinado, a tanta negativa de talento y a tanta ausencia de inspiración. Es lo que tiene saber moverse, o saberse estar quieto, según, que a la postre no es el periodismo en España sino algo así como la más fidedigna xerografía del escondite inglés.
Hace unas fechas, el paquírico delfín Zabala desveló a la luz pública un correo electrónico que tenía como destinatario a Matilla y como remitente a PJC. El correo, por sobre infame, es de una obscenidad moral sólo a la altura de los supuestos asesores de Urdangarín. Vicentito no denuncia como la abyección exige, sino que, como sus amigos, en “voz baja” inocula. Convengamos que el periodismo celtíbero es gente en el miserable arte de lanzar la piedra y esconder la mano. Con reptante destreza, Vicentito deja el fuliginoso y humeante tordo, incapaz de acusar con acreditada vehemencia, por aquello del qué dirán. En la profesión, se entiende.
El caso es que la nota no tiene desperdicio. En ella PJC, de manera tupida y gazmoña, exige el pago de algo que podría considerarse una especie de óbolo, tal vez destinado a los huérfanos de reporteros sin fronteras, o al cepillo de Santa Rita, vaya usted a saber. ¡Dios me libre de señalar!.
Seguramente sea un malentendido, pues este PJC, premio en su día Enrique Ponce del Club Allard compuesto como bien se sabe por un “muy leal, muy valeroso y muy noble” jurado, también otorgó singular difusión a la ceremonia de los Toros gracias a aquellas festivas, joviales y selectas retransmisiones a través de Telecinco en impagable collera con ese reflexivo, ponderado y juicioso partenaire que fue Rafael Peralta.
Así pues, nada, estas pequeñas excrecencias sigan barriéndose debajo de la alfombra, no vaya a incomodarse el personal. Los malos en realidad, ya sabemos, son los políticos catalanes y esta mala suerte que no nos sacudimos. Pero ahora, por favor, silencio que nada hay más gratificante que sintonizar Intereconomía – ese piélago de periodismo objetivo, mesurado y caritativo- y estar atentos a La Divisa, rebuscado y meritorio nombre con el que motejar un programa de Toros, para escuchar la voz cheli, pos democrática y autorizada de PJC. No confundir con WC. ¡Faltaría más!.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “NO CONFUNDIR CON WC,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 01.15.12 / 6pm
- Categoría:
- Al natural
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