LA ESPADA DE DAMOCLES

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Vadeamos el prólogo de una Navidad baja en calorías, descafeinada y cetrina como el conato de prosa de Ruiz Quintano. Unas Pascuas desangeladas y mohínas en las que Santa Claus se antoja una visita inoportuna y gravosa. Cae el invierno a plomo por entre el deshilachado jergón de un sol en ascuas, y un nuevo portazo se cierne sobre la frente de un carpintero en paro a quien Botín y sus sicarios han desahuciado y desalojado del piso que le paga al Santander como puede, a pesar de que su mujer encinta está a punto de dar a luz al gélido abrigo de un portal.
Para evitar pensar en la injusticia institucionalizada, los toreros se van a América. Allí donde la Navidad se diluye en un daiquiri, donde el espumillón reverbera al arrimo de un sol en jornada intensiva y donde Papé Noel va en bermudas. Donde no es Navidad, o sea.
Mientras, en esta, con trazas de pret a porter, a Las Ventas le sale un nuevo pretendiente indolente y apático. Tomás Entero se presenta como lo haría el hijo de un cacique a la pedida de mano de la prometida del vástago de su compadre a la que, en el fondo, él también pretende. Por ir. Sucede que la novia es más fea que uno que yo me sé sonándose el espolón de la galera, pero el padre quiere para ella un arreglo con atrezo. Otra mentira apadrinada con dinero público.
Y mientras en aquella otra orilla del Atlántico las ferias taurinas pierden fuelle, Molés prepara una nueva opereta en Cali. Con un toro casi tan infame como los tres festejos programados para su retransmisión, se le hace el boca a boca a una Fiesta que de nacional se ha travestido en aldeana, sin el tenebrismo y la descarnadura de Solana, o la epopeya rural de Zuloaga.

Destella el hastío en un páramo que yace de castellanía prescrita. Hierve un sol frío en el solar de Caín, donde la tierra germina de quijadas. Mueren los Toros, no se les mata.
Donde habría que reinventar el mito de Prometeo, las plañideras gimotean sobre la espalda que le ha vuelto la sociedad a un ceremonial gangrenado de infamia y mentira. Los Toros no interesan ni a sus principales interesados.
Ahora que es momento de esfuerzos y renuncias, todos los asalariados de esta multinacional en caída libre que son los Toros buscan un clavo ardiendo al que agarrarse en esta espiral de nepotismo.
Tendido Cero, en lugar de hacer periodismo practica el refrito; los encastes en vías de extinción en lugar de ser reivindicados por quienes se motejan de figuras, apuntan ya al matadero; y hasta las más de cien mil firmas que faltan para blindar la ILP se ahogan en el sollozo de una galbana desorganizada. ¿Y se queja el entramado taurino de la luz de gas que practica con él la sociedad avanzada?.

Si este indecoroso bastidor de trepantes apatías tuviera el más mínimo interés por redimir una liturgia desaseada y carente de crédito, se tomarían medidas extremas para salir al paso de estos extremos momentos. La Fiesta está en su encrucijada. Es el instante de explotarla lo poco más que se pueda dejar, o de reinventarla. Para esto último, es fundamental el concurso de los toreros, los verdaderos protagonistas de esta hazaña. Sólo ellos disponen de la facultad de poner en orden esta catarsis de parásitos en que se encenaga un ritual prostituido y desacreditado. Sólo ellos disponen de la prerrogativa de proveerse del hilo de Ariadna antes de que con él los Choperitas, los Casas, o los Matillas monten una fábrica de tejidos. Sólo ellos tienen ascendente para que los Molés, los Cáceres y toda esa despreciable traílla de convidados tengan que hacer programas radiofónicos dedicando discos de Adamo.
En manos de los toreros está salvar al Toro. Y no me refiero al negocio, que en lo que a mí respecta ya le pueden dar por retambufa. Hago alusión al Toro de verdad. A ese soberbio símbolo que, dependiendo del encaste al que pertenezca, tendrá sobre sí la espada de Morante, de el Juli, de Manzanares, de José Tomás, o, en el peor de los casos, la de Damocles.

Francisco Callejo


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