EL TIEMPO DE LOS SALVADORES

el-profetaEncarpetada la temporada en un anuario travestido de polvo anticipado, se aprestan corifeos y tropa de leva a levantar acta de un guión sepia y ajado por donde desagua todos los años el mismo almanaque. Se disponen los mismos avíos de pañoleta y misal, responsoriales y contrición, como la superchería periódica con que atusar los propios melindres.
En ese rancio y achacoso Hotel Wellington de Madrid, supuesta punta de lanza hostelera con carcoma taurino, Taurodelta se inventa unas jornadas en que analizar lo tantas veces emparvado y sabido. Disentería reflexiva, expositor de abastos, manida inmundicia.
Periodistas y empresarios, ganaderos y presidentes, veterinarios y toreros engordando la oronda necedad, atocinando el desgastado tópico, pintando la mona.
Y es que en eso de figurar, los alrededores taurinos son diestros.

La verdad de esta temporada es que nada fuera de lo previsible ha acontecido. Todo ha respondido al guión que se le marca de inicio a un ceremonial que no es que esté en crisis, es que desde su exánime y anémico aliento está pidiendo la extremaunción.
Aquí no hay más que falsedad y embuste, ardides y visajes, yermo y desabrigo.
Los miserables que pueblan este desalmado planeta no tienen como objetivo sino la subsistencia. El seguir acantonados en sus respectivos resguardos a costa, naturalmente, de cualquier viso de mejora colectiva que pudiera cuestionar su estatus particular.
Incluso los más menesterosos y mezquinos tienden a poner una cara ante el visor y otra en la trastienda. Se me viene a la tinta la imagen pedigüeña y conventual, asilada y limosnera, ávida y codiciosa de ese pancista versado en segundas oportunidades en que ha devenido el mal llamado “especialista” Ruiz Miguel. Este turiferario de las componendas, dándose el rentoy de una obsequiosidad por la que nunca se ha caracterizado y en vista del éxito del festival celebrado en Murcia para paliar los estragos de aquel eructo pavimentado que sacudió Lorca, se apuntó al festival que se organizó en la propia localidad. Pero claro, sin el relumbrón de las figuras y con la amnesia del tiempo transcurrido, presentó un presupuesto de gastos (hace falta ser despreciable) tan desorbitado que a los organizadores no les quedó más remedio que prescindir de su concurso. Para que luego hablen de la gran familia taurina y de majaderías por el estilo.
Ahora, los correveidiles del sesteo con eso del nuevo pliego de Madrid están a ver quién sostiene la necedad más categórica. Todos los tontainas que se conceden crédito de periodista están al que más puede en pos de un hallazgo que les eleve a la categoría de grandes luminarias. Y lo que suena con reiterativa concordancia es subir el precio de las entradas. Resulta increíble que quienes no aflojan la mosca -pues todos disponen de pases de prensa- cacareen una medida tan poco popular y trufada de sospechas como la expuesta. Da la sensación de que cada grupo empresarial tiene su cuadra de gacetilleros a los que alecciona y suelta para que enturbien el agua que luego nos repondrán ellos.
El negocio taurino se sigue moviendo con la desplanchada inercia de lo inapetente y reiterativo. El descrédito social se ha instalado en esta rueda de Sísifo donde Cataluña ya se ha apeado legalmente, Canarias evidentemente, Galicia puntualmente y Baleares prácticamente. De todos los males que asolan el panorama taurino al que menos atención se presta es al de su galopante endogamia. Una afición finita y redundante que no se renueva, que no transpira. Y las instituciones, en comandita con los empresarios logreros, llevándoselo crudo para terminar financiando la privatización de hospitales y escuelas, o el cine de Almodóvar.
Es la hora de los arúspices y de los iluminados. El momento en que tipos instalados en el exabrupto existencial adoctrinan y catequizan. Como Simón Casas, un tipo que no ha hecho nada reseñable en sus ya numerosos años como empresario y sin embargo se nos presenta como vademécum. El profeta del crepé. El zahorí del croissant. Un individuo que no sólo amenaza con tomar Madrid, sino en valerse para ello del pelma de Sánchez Dragó y del falsario de Esplá.
Y es que cuando llega el tiempo de los salvadores, malo.

Francisco Callejo


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