TARDARÁ MUCHO TIEMPO EN NACER…

antonete1Ahora que la cotidianidad no tiene un mechón blanco que peinarse y el Maestro respira la eternidad que drenaban sus naturales, una sacudida inveterada y clarividente nos pone al corriente de nuestra recién estrenada orfandad. Con la partida de Antoñete, un súbito y lúcido impacto nos ha amoratado el entendimiento, nos ha sacado del letargo de una anestesia precisa y perversa. Lamentablemente, este es un país inoculado de haraganes mecanismos de casulla y rosario, bisbiseo y toquilla, responso y vino. Un país que actúa bajo el maquinal estímulo del acto reflejo, de los ademanes aprendidos en las bodegas de la moral, donde fermenta un morapio picado y peleón con el que nos sacudimos la decencia. País éticamente analfabeto y etílicamente osado que pretende suplir sus acentuadísimas carencias con instintivas fórmulas adquiridas en el empalagoso mohín de rudimentos gangrenados. Se nos ha ido Antoñete y con él la respuesta a una pregunta que nuestra indeleble ineptitud nunca se ha formulado. El centón de estúpidos que muda su sempiterna estulticia facial por un visaje lacrimoso y contrito llora al plano de una cámara que no respeta ni la paz de la ausencia. Llora al socaire de una evidencia de la vida, de una obviedad innegociable a la que pretende obsequiar con su más afligido dengue. Llora porque toca.
La partida del Maestro ha puesto de manifiesto que se nos ha ido un torero histórico y emblemático, alegórico y excelso, singular y modélico. Un torero que, ni siquiera precisó convertirse en eso que damos en llamar figura del Toreo y que no es sino la capciosa mascarada con que se encubre un caché y unos caprichos.
Sin pretenderlo, ha copado más portadas de tirada nacional la marcha de Antoñete que la tan cacareada y manida reaparición de José Tomás. Y ahí ha ganado por la mano el Toreo al amarillismo, la Bohemia a la afectación y el talento al cheque nominativo.

Esta liturgia se ha de nutrir de excepciones y no de reglas estabuladas, de rarezas y no de grisuras funcionariales, de particularidades y no de generalistas bagatelas. El Toreo, o es una excepción, o no es sino la sofisticación de una carnicería. Por eso casa tan mal con esto de los Toros el negocio. Sacar provecho de los Toros es proclamar una ausencia de principios. Una amnistía de la moral. Una huelga de transparencia. Se lo dijo Parejo a Antoñete, “si eres rico, rico; y si no, pues serás torero”.
Ahora las figuras mandan comunicados a los empresarios franceses alardeando de esa simpleza en que consiste decir que son ellos quienes se ponen delante de los toros, con objeto de mantener enhiesta su consideración salarial. Miserables.
Pónganse de acuerdo para exigir a los empresarios la bajada en el precio de las entradas y poder así democratizar el espectáculo. Pero díganselo a los empresarios españoles, no a los franceses abusando de su buena educación. Y al igual que estos cicateros, todos los voceros de la memez que proclaman que los precios de las entradas de Las Ventas son muy económicos. Soberana gilipollez. Lo que sucede es que el resto de plazas practica el atraco encubierto. Luego se quejan de que la gente no va a los Toros…
Pero como además de pocos la abuela acostumbra a ponerse de parto, ya sabemos que la próxima temporada la Comunidad de Madrid a través de esa “presidenta de hierro, aficionada de pro” (otra cagada debida a la pluma de Zabala, quién si no) que ha declarado la Fiesta de los toros B.I.C., ha pensado que lo mejor es rebajarle las subvenciones a este ceremonial. La misma que improvisa la máxima distinción de la Comunidad de Madrid a un hombre que siempre se ha enorgullecido de su condición de madrileño sólo cuando está de cuerpo presente. Pero, al parecer, es preferible entregársela antes a Florentino Pérez, o a Tita Cervera.

Se ha ido un torero. Y en la media verónica con que se ha abrochado a la cintura su último aliento ha dejado un toro emplazado y atónito incapaz de sacudirse de la retina un temple que tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace…

Francisco Callejo


Sobre esta entrada