ANTOÑETE
Se le había echado al maestro la vejez como un embozo extremado y aparatoso. Como una cita impertinente y cumplidora que ponía un punto de exageración al contador de su calendario. El hombre al que ha doblado el puño una bronconeumonía no era sino una añosa y decrépita caricatura de un torero esclarecido y desusado.
La vejez le sobrevino mucho tiempo antes, en el zarandeo de una chaquetilla de tonalidad lila con golpes de oro que no lograba cerrar al torso un pecho hinchado de nicotina y autenticidad.
Antoñete era un torero eminentemente viejo. Un matador vivido y trasnochado, cabal y austero, perfecto y gastado. Sobre su mirada se arqueaba el hilo de un desengaño cansado de mirar, la sombra de una penuria puesta a la cabecera de un jergón en el que soñaba escapar del hambre. La partida al rebozo de madrugadas alquitranadas de alcohol y humo, por donde se licuaba una testosterona en blanco y negro. Rápidamente le surcaron el rostro líneas de expresión en las que mudaban sus pliegues el miedo y la hambruna, la soledad y la desazón, la lluvia y el frío.
Este torero al que se le amorataban los huesos en la glacial España del pelargón y el tifus, del ictus y el rosario, salía a la cara del toro con el indeleble tizne de aquellos toreros de los que aprendió a fumar. De aquellos hombres en los que las cicatrices eran sólo la forma que encontraba su timidez de sonreír. Hombres sin artificio en los que el verismo era una apuesta segura a contar los azulejos de un alicatado de hospital. Hombres.
Así, en aquel país que inauguró su modernidad el 28 de agosto de 1947, Antoñete se empeñó en torcer el trazado de una tauromaquia que comenzaba a reblandecerse en ejercicios gimnásticos, acatamientos al palco y gestos de galería. Entendió que la torería era un peregrino bien malversado y puesto en almoneda que él tendría que reinventar cada tarde. Y una de esas tardes irrumpió por chiqueros un toro blanco con el fecundo venero de la embestida lustral al que el matador se limitó a dejarle la muleta puesta. Era un Antoñete recental y bisoño al que le asomaba un goterón lácteo en el pelo. Un matador esquivo y desnortado que buscaba la trocha de una alternativa que Linares había poblado de maleza. Un torero despistado y tozudo que no terminaba de saber conjugar esa nueva tauromaquia baja en calorías que había hecho figura del Toreo a Paco Camino.
Asfalto, alcohol y humo sendereaban la vereda de un hombre que envejeció pronto por saber mirar a tiempo. Nadie le entendió. Se limitaron a ponerle una casulla de golfo por donde él encontró la salida a tantas preguntas sin respuesta. Fue y vino haciendo de su capa un sayo. Hasta que optó por irse cuando a la garganta se le había agarrado una ronquedad de noches enajenadas que se cerraban en una media verónica con la que se abrigaba el hastío.
Y cuando el medio centenar de años le encanecieron por completo el flequillo, estableció su aquí y ahora germinando en eso que se da en llamar torería y que muere todos los días de enfisema.
El Antoñete de los últimos años no era Antoñete. Era un hombre al uso que había encontrado una fórmula con la que arroparse de sociabilidad. Un tipo que quiso legar un estatus a su entorno familiar y buscar un rincón de sol oxidado en el que poder doblar al abrigo de las tablas. Una persona que toleró su propio desfalco en manos de un Molés depravado y vil que lo utilizó, más como parapeto que como elemento coral. Que no reivindique, pues, este comerciante la figura de un hombre que conocía perfectamente la piel que le habita.
Antoñete, como Machado, era un hombre en el buen sentido de la palabra bueno. Un hombre retraído y sencillo. Tan prudente, moderado y buen torero, que ha sido capaz de cuadrarse con su muerte en el momento de agonizar la temporada.
Ahora entiendo que la noche de ayer pintara nubes en la oscuridad de su cielo como quien hace volutas de humo exhalando la calada de un cigarrillo.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
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- Publicado:
- 10.23.11 / 4pm
- Categoría:
- Al natural
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