LA FIESTA AL NATURAL

abellanEstremece ver cómo toda la torrentera gestual, optimista, parrandera y festiva de Juan José Padilla se quiebra en el súbito y oscuro espolón de una fatalidad exacta. Cómo en el estrecho zaguán del canal en que una suerte se consuma, un mal paso, un equívoco tropiezo, un puntual contratiempo abre espita a la desgracia.
Un hombre de natural risueño, ufano y exultante, agarrándose la sonrisa fracturada por donde se le ha hecho astillas esa inherente felicidad que le ha huido de la cara.
Duele ver cómo entre el espumillón de dos desangeladas banderillas, se pliega al eco de una plaza vacía y despistada el siniestro aliento de un frío nacido del reverso del Moncayo. Duele.
Donde el pasodoble calla dinamitado y los gritos desaguan en afonía se hace prólogo al mal sueño en que la liturgia exige su tasa. Porque aquí, anestesiados por el narcótico de un infortunio de popelín, hemos hecho creer a la opinión pública que la mayor desventura que se cierne sobre el ceremonial taurino se acoda en el cierre de la Monumental de Barcelona. Y no es así.
Mientras a la última feria de la Ciudad Condal se la acicalaba de aspaventero ornato, con toda la chirle tramoya de lo aparente, la nauseabunda jícara de lo fingido y la patente huella de lo simulado, en Zaragoza asistimos al espectáculo en crudo. Tendidos cariados y sombras de ausencia, enfermiza y aloque luz de otoño y el toro sin onomásticas. La Fiesta al natural.

Esto es lo que ha faltado airear en la parapléjica defensa de los Toros en Cataluña. La autenticidad sin red, la legitimidad sin privilegios, la veracidad sin doble fondo.
Ha sido para la Fiesta de los Toros más significativa la cornada de Juan José Padilla que una década de estrenado siglo donde se ha rezado mirando a Galapagar, a un pedestal artrítico y distante, glacial y adusto, reticente y huraño.
Por donde los Toros no han sabido reinventarse, huérfanos de profesionalidad por parte de sus productores, engolfados en dividendos, lucros y emolumentos, vuelven a ser los toreros (determinados toreros) quienes salen al rescate. La Fiesta obligada a reivindicarse por aquellos capítulos en que se conjuga la heroicidad, porque la pátina del Arte se antoja quebradiza como aval en manos de quienes sólo saben de rapacería.

Y en el espeso contexto en que la desdicha toma asiento por entre la vulnerable y piadosa condición de los hombres ejemplares, las lágrimas que hacen surco en las mejillas de Miguel Abellán resbalan en el silencio de un grito contenido. Asomado al barandal del burladero, donde el horizonte hace volutas con el miedo llora Miguel como sólo lo hacen los héroes. Sin hipar, sin abrir la boca, dejando que sólo el alma se vierta en un caudal desbordado sin que las esclusas de la voluntad puedan ponerle bocado.
Así, espoleado por la vocación de seguir robándoles el fuego a los dioses sale al ruedo en que ha dejado rota y partida su dicha Juan José Padilla para reinventar el mito de vivir por un ideal.

Miguel Abellán ha dado la mejor respuesta al por qué de los Toros. Ni Francis Wolff, ni Savater, ni Gómez-Pin, y mucho menos toda esa piara de pesebreros que se dan marchamo de periodistas. Miguel y una lágrima. Una furtiva lágrima.

Francisco Callejo


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