LA HORA

daliMaestro, la hora. En estos sencillos términos suelen los mozos de espadas hacerse presentes en la habitación fecundada de penumbra en que el torero dirime ese tiempo que antecede al inicio de la corrida. Cuando el miedo se espesa hasta cubrir de neblina la broncínea luz de un cuarto de hotel sombrío y estragado.
La hora.
Es en esa hora cuando, con una pereza vivífica y un fatalismo asumido, el matador se hace consciente de la responsabilidad que le obliga a incorporarse de la cama en que se guarece para revindicar los endecasílabos que le otorgan sustantividad a su delirio.
Entonces no importa que el mundo se precipite sobre la trepidante inercia de su enojoso desarrollo, sobre la resbaladiza tracción de su evolución, sobre la evolutiva tendencia de su progreso. Es el instante de las medias rosas, de vestir el traje de las luces, de orar a la retrospectiva en que la Poesía se aromatiza. Momento en que se transustancia el hombre en torero.
La hora.

Pero ya no hay horas. Ya no se perfuma el heroico trance de su arraigada y compacta significación. Ya no se le otorga al instante sino la pátina del minutaje en que dejar constancia de una entrada de dietario. Se ha privatizado el milagro y se le ha dotado de manual de instrucciones. Los toreros de hoy responden de modo autómata y predecible a las anotaciones de escaleta. Son actores de la comparsa, mimos del séquito, histriones de la mojiganga.
Tiran de los hilos los mezquinos especuladores que entre bambalinas salvaguardan su heredad y patrimonio poniendo al frente de su teatrillo a estas marionetas febles y carcomidas, débiles y sumisas, bienmandadas y obedientes, en que consisten los matadores de hoy.

Ha llegado la hora a Barcelona, y todo el andamiaje de agitadores y aprovechados se rasga públicamente las vestiduras volviendo a poner en solfa todo ese arreo de ensalmos y proclamas tumefactas de demagogia. Inspira galbana tener que oír, ver y leer a todo ese rebaño de redentores de ocasión volviendo a sus proclamas de libertad y ultraje. Ellos, que son quienes han permitido el expolio quieren ahora denunciar a quienes se han limitado a hacer uso de las prebendas que estas propias plañideras han puesto en sus manos. Y, por supuesto, sacar tajada.
Resulta obsceno leer artículos de Carlos Abella llamando a la insurrección, cuando es él uno de los mayores responsables de la infamia cartelera a que están expuestos los aficionados de Madrid. Es indecente leer a la cuchipanda (Zabalas, Villasusos, becarios de Moncholi, seleccionadas de Ansón, etc.) denuestos y agravios a la clase política catalana cuando ellos, desde sus púlpitos, no han hecho nada por sacar a la luz la basura barrida debajo de la alfombra de Balañás, o Matillas.
En otros ámbitos la prensa destapa desmanes, denuncia cohechos, ventila sobornos. Aquí no. Aquí sólo están para votar premios, acudir a cenas y reclamar pases de prensa.
Estos, y no otros, son los únicos culpables de cuanto ha acontecido en Cataluña. Que no culpen a los políticos nacionalistas, y mucho menos a la sociedad catalana, de haber llevado los Toros a este fin de trayecto.
Fin que, de continuar esta fauna, más tarde más temprano, se hará extrapolable a otros puntos geográficos de España.
Es hora, pues, de recoger en Barcelona. Porque los deberes no se han hecho, ni siquiera en el último minuto. Qué gran ocasión hubiera sido esta para televisar los dos últimos festejos. Pero, ¿dónde las gestiones para llevar esto a cabo?.
Es la hora. Y ni el Tribunal Constitucional llegará a tiempo de salvar nada. Para cuando quiera dictar sentencia habrá transcurrido el suficiente número de años como para que la Ciudad Condal ni recuerde los Toros, ni los precise.

Y que nadie olvide que los Toros no han muerto en Cataluña. Los han matado sus propios gestores.

Francisco Callejo


Sobre esta entrada