QUÉ POCO LE QUEDA A ESTO
Va el verano lanzando boqueadas. Fluctúa el termómetro como el vacilante andar de un calamocano que se acoge a la lumínica y erecta beneficencia de las farolas. Estira la canícula su polvoriento haz de mucilaginosos días embadurnados de grasa, lubricados de unto, aceitados de saín, por donde la tierra clama al cielo una lluvia que se reserva para octubre. Hierve Castilla, y la meseta saca a pasear a sus santos en loor de una historia que se calcina de calor y hastío.
Llueve sobre mojado, o lo que sea.
Valladolid en fiestas. La casa por la ventana. Séptima estación de penitencia. Peinetas y brillantina orean el Pisuerga de un estero con olor a merendola, charanga de Orquesta Club Virginia y polvo de semilla en las espaldas al cobijo de la era.
Fotograma de una España que no sabe aún andar sobre el alambre del siglo XXI y que graba sus imágenes en color para evitar confundirlas con el NO-DO.
Peregrinación al paseo de Zorrilla, donde ya se sabe, los jueves milagro.
Pero tendrá que ser otro jueves. A este, un iluminado le ha pintado en el cartel siete negros signos de interrogación.
Bulle el coso vallisoletano de un calor menestral y adiestrado. Allí se ha dado cita el espumoso residual de una sociedad aparente y arraigada, encorsetada y reincidente, encanijada y fatua. Es la de Pucela una fiesta que no ha tenido a lo largo de su memoria más eco que los rosarios musitados por el fervoroso anhelo de una Pincia bucólica y aguerrida.
Nuevo fracaso de José Tomás. Sin paliativos. Sin paños calientes. Sin sedantes circunloquios. A este torero ya no le vale ni el estar bien.
No puedo evitar el dibujo de una mordaz sonrisa cuando observo el callejón de la plaza de toros atestado (y apestado) de gorrones que pueblan los burladeros de interior, apretados como anchoas, fachendosos y petulantes, ensoberbecidos y vanidosos, hinchados y mezquinos.
Me vuelven a la evocación imágenes en blanco y negro bajo el sonsonete de la festiva y fotofóbica voz de Matías Prats cantando las excelencias de un Manolete inspirado en mitad de sombreros y puros arrojados al ruedo. Con diferencias, claro. Por lo pronto, no es Manolete el que está en el ruedo. ¡Qué más quisiéramos!. Ni hay sombreros, ni puros en la arena. Ni siquiera pctablets, o ipods. Hay un tío pegando un mitin de aquí te espero. Un baranda que se lo está llevando crudo a costa de chicuelinas puestas a secar en un esguince, manoletinas artríticas y unos afarolados por donde quiere filtrarse la tauromaquia de el Viti. Un todo a cien, o sea.
Un espectáculo rancio de por sí que busca su perfil más demodé. Con sonido a radio y grumos de anís Castellana.
Qué poco le queda a esto. Y quizá hayamos de felicitarnos. De una tacada, todo una sarta de sospechosos sin carteles que confeccionar, toda una gavilla de escribidores sin papeles que manchar y un centón de muchachos sin ganas de estudiar de vuelta a las aulas.
Y es que esto de los Toros no tiene enmienda posible mientras los paniaguados insistan en el inmovilismo.
Por Valladolid también comienza a ponérsele los avíos a las vísperas del toro de la Vega. Una salvajada atroz y lacerante acharolada de tradición por donde Tordesillas tiende al sol las vísceras de su necedad lúdica.
Y es que esto de los Toros no sabe ponerse al día.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “QUÉ POCO LE QUEDA A ESTO,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 09.09.11 / 10pm
- Categoría:
- Al natural
)




3 Comentarios
Saltar a formulario | comentarios rss [?] | trackback uri [?]