RUEDAS DE MOLINO

florenA pesar de que a los hijos de la raza se les atribuyen virtudes teologales, todos sabemos que su cuaderno de bitácora no atiende más rumbo que los del ultraje, la injuria y la imprecación. Eso sí, travestidas de belicosa hombría por donde rezuma el agrio y arrequesonado hedor de una testosterona ulcerada.
Aquella España que se echó al mar en las bodegas de unas carabelas que buscaban las Indias y tropezaron con todo un continente, no la formaban sino perillanes y camorristas, pendencieros y alborotadores, buscavidas y rufianes. Se embarcaba a lo peor de cada casa para ventilar las estancias contaminadas y, de paso, un país gangrenado de merodeadores y delincuentes. Con suerte, pensaban los gerifaltes de la época, encallarán en algún punto por donde desagua el finisterre y eso que nos quitamos de encima. Pero mira tú por donde, no sólo no encallaron, sino que lograron salvar el pellejo y portar ignotas riquezas. A partir de ese instante se les acicaló con todos los aderezos de la eximia adjetivación.
La colonización también fue misión para ese cuerpo especial de pendencieros que apelaron al mestizaje para apellidar sus bajos instintos mientras se evangelizaba a crucifijazos.
No obstante, los tiempos cambian. Ahora los esclarecidos notables, como ese Florentino Pérez, prefiere importar la canalla a exportarla. Ha auspiciado y apadrinado a un maleante a quien ha dotado de mando y apelando a los egregios e ilustres principios de su blasonada epopeya lo suelta por esos campos de Dios donde siembra la hiel a su paso volviendo, eso sí, con el rabo entre las piernas y ladrando mendaces obscenidades. El importuno forçado arenga a los suyos para que hagan la pegada yéndose él al rabo desde donde emplea una hombría que ataca al adversario por la espalda para apelar a la viril fórmula de meterle el dedo en el ojo, tal vez por no disponer a mano del bolso de Margaret Astor desde el que poder desenvainar el pintalabios.
Este tipo - y vuelvo al tal Florentino- es algo así como el profesor Moriarty que, desquiciado por la brillantez de su adversario, apela a los más insospechados, atroces y lacerantes métodos para hacer sucumbir la celebridad de su oponente.
Lo peor, es que tiene entorno a sí a toda una parroquia de borregos que se persignan con los milagros que vaticina su edecán. Porque convengamos que lo sectario del personal lo incapacita para una digresión crítica que venga a arrojar luz sobre la tiniebla en que apacienta todo este ganado.

Lo lamentable es que esta pelliza lanar no se circunscribe exclusivamente al ámbito deportivo, sino que sus ramificaciones se extienden por cada extremidad de la sociedad.
La visita del papa ha removido los viejos resortes de un país que no ha terminado de eructar los postres del Concilio de Trento. Retornamos al crucifijazo sin reparar en que sería el propio Cristo quien volvería a arrojar a tanto mercader del templo a cintarazos. La juventud desgarrándose de paro y aquí más de un millón de rosarioflautas afinando las cuerdas de guitarras que se ahogan en el invariable y latoso punteo del alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, aláaaaaaaaaabare a mi señor. A todo esto los “voluntarios” con polos con el distintivo de Caja Madrid sacando pecho y moviendo la vara con que custodiar el rebaño, mientras los altos comisionados eclesiásticos hacen el check-in en el hotel Mirasierra. Curiosamente el hotel de concentración del Real Madrid.

Otro hato de peregrinos pone rumbo a Ciudad Real para ver a José Tomás enfrentarse a una becerrada, al parecer, reseñada en su día para las fiestas de mozos casaderos y donceles de Solanilla del Tamaral, pero que finalmente se midieron ante el plenipotenciario redentor del toreo de otros tiempos. El inductor de la chicuelina con el compás abierto, que es casi tan fea y aborrecible como las manoletinas de igual guisa. Las dos nuevas gracietas con que los abducidos por el milagro de Galapagar se rompen las manos a aplaudir.

Los grandes popes pretenden evangelizar entre una fiebre portuguesa de bilis sobre lecho de pus en dedo al ojo y una enajenación contemplativo-lúdico-cantoral en que se refleja a las claras que una cosa es predicar y otra dar trigo. Por su parte los iluminados señalan en los mapas Ciudad Real como nueva estación de penitencia.
Y al resto, se nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino. Porque no olvidemos que este país sigue siendo feo, católico y sentimental.

Francisco Callejo


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