TOROS EN EL AGOSTO DE MADRID
Cuando el verano cae a plomo sobre un Madrid evasivo, desalojado y caliginoso, la realidad espejea entorno a un húmedo vaho somnoliento que desdibuja la línea del horizonte. Esos domingos caniculares que rubrican el dengoso trazo de perezosas y exhaustas semanas, centellean por entre el hormigón de una ciudad que se acicala de bosquejos al acecho del pincel de Antonio López.
Es cuando los Toros de Madrid son más Toros, por cuanto Madrid es más Madrid.
De esa ciudad arracimada y petulante no queda sino el fondo de lienzo de su luz más transversal. Su destello manchego de poblachón mesetario, su meridional aliento de cruce de caminos, su huidiza sombra de relevo de postas.
Entona el ánimo y repone de crudezas ver el ladrillo de su monumental edificio taurino haciéndole mohínes a un sol que pespunta en cada pajizo grano de su moruna grandeza, que reverbera casticismo en cada terraza enhebrada de balcones y que detiene el tiempo en su policromada azulejería.
Entonces es el Toreo el verdadero y leal espejo que los siglos le han legado al siglo. En estas fechas en que en cualquier otro punto de España no hay rincón en que no garabatee un cartel taurino, sólo son los Toros de Madrid los que responden a la vetusta línea argumental de su esencia más intrahistórica.
Perfuman hermosas mentiras los toros del Puerto, donde las figuras se abanican de su ferragosto quitándole hierro a una temporada que se enardece en la cuesta arriba de un recién pintado Bilbao. Pero no son más que dulces falacias envueltas en cartuchos de “pescao” para veraneantes, coleccionistas y un pelotón de rodríguez.
Para Toros, Madrid.
Queda ya impresa en la memoria del olvido el último domingo de la villa y corte, donde se corrieron toros de Pereda en tarde en la que confirmaba su alternativa un torero criado en los márgenes de la escuela taurina de la capital. Un muchacho llamado Raúl Velasco que a la edad en que otros empiezan a mascullar retiradas él ha asomado la cabeza dando una favorabilísima impresión, demostrando que para este oficio tan importante, o más que el valor, es la propia madurez. Un matador al que en la sobrestimada institución se le había dado un portazo sin reparar en sus posibles aptitudes. Un evidente fracaso de Serranitos, Gregorios Sánchez y compañía.
Había amanecido la tarde con una animosa y vecinal ovación para Frascuelo, que pretendía premiar ese añejo concepto en que se acrisola el magma torero. Mal comenzó el linajudo diestro no compartiendo la misma con sus compañeros de terna, que en eso también consiste la torería.
Cada día que pasa tarda más en irse un torero por el que empieza a filtrarse un inevitable aroma naftalinado de gestos en conserva. A sus sesenta y tres años, Frascuelo ya ha dicho todo lo que podía decir. A partir de este instante, la engañosa oreja con que fue premiado no va sino a constituirse en la inevitable excusa para el permanecer en activo de un diestro sometido desde su alternativa a reválida.
Es Carlos torero de relámpagos que anuncian la tormenta que nunca llega. El sabor de sus últimos años anda travistiéndose en el zaguán de su incipiente incapacidad, haciendo ostensible de este modo la aluminosis que corroe el armazón de su andamiaje conceptual. De no irse, corre el riesgo de someter su figura a nueva tasación. Además de otros evidentes riesgos.
Y la gran sorpresa de la tarde, un convidado de piedra. Andrés Palacios llevaba un tiempo buscando reinventarse. Para ello nada peor que sus orígenes. Ese Albacete en que se afanan domadores del páramo no es la escuela más a propósito para toreros con regusto en el paladar. Así pues, parece que mirando a Sevilla ha logrado entender y entenderse más. Detalles como limitarse a levantar una mano con el capote para colocar un toro en suerte, así como permanecer en calidad de testigo de alternativa lo suficientemente alejado como para no poder ser encuadrado en el obturador de una cámara fotográfica, revelan a un torero que se quiere tal.
Un quite por chicuelinas en el primer toro de Frascuelo terminó evidenciando que había hecho méritos para prestarle algo más que atención en sus dos toros. Tanto, que Frascuelo tratando de responder al quite no hizo sino subrayarlo.
La tanda al natural que fue capaz de orquestar a un castaño que quiso pasar por Anónimo es de las mejores y más acabadas obras vistas este año en Las Ventas.
Así transcurrió una tarde en la que el público congregado apenas alcanzaba un cuarto de plaza. Un público atrabiliario y endogámico, constante y tumoral, reiterativo y lóbrego. El lodo de unos polvos sembrados tiempos ha. El verdadero público de los Toros porque lo del Puerto, así como lo de Valencia, Huelva, o Bayona no son sino las hermosísimas mentiras con que mantiene su temulencia el espectáculo taurino. Ese primo hermano de esto de los Toros.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
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- Publicado:
- 08.14.11 / 12pm
- Categoría:
- Al natural
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