EL DEBER

felipeLa vida dispone de apósitos sobre los que fermenta el sentido de que va aderezada. No se nutre exclusivamente de la bacanal a que aspiran los soterrados hedonistas que no encuentran fuera del placer ningún estímulo apetecible. Si la felicidad es un logro es porque previamente se constituye en una misión, y no hay misión sin aspereza.
En estas irrumpe el deber. Un vocablo irritante y enojoso, un término importuno y antipático, un concepto trasnochado y estomagante.
Estos tiempos que no son sino el cociente de paupérrimos algoritmos generacionales se muestran especialmente refractarios a todo lo que tenga que rendir cuentas ante ese mortificante tribunal del deber. Es por ello que el común desarrolla su actividad laboral bajo la tortuosa custodia de una obligación que se le hace repulsiva y abominable, obstinada y ritual, cíclica y entrampada. Sobre ese eje pivota esta sociedad irresponsable y descreída, a ratos miserable y siempre abyecta. El fin de semana es el espejismo en que se afanan los pedregosos lunes llenos de infames despertadores y tupidas legañas. De los siete días de la semana, los siervos de la gleba hipotecan dos a sus intrigas y envidias, otros dos a sus cobardías y desventuras, y otro a su miedo y pereza. Hasta que llega el fin de semana y se lanzan en tromba al poso de garrafón con coca-cola donde dejan sedado su apocamiento.
Y a esta catarsis no es ajeno ningún oficio. Ni el más humilde, ni el más laureado. De ahí que los toreros, por más que sandias y panolis mentes se empeñen en elevarlos al cendal de la hopalanda, también vean salpicado sobre sus golpes de lentejuela y cairel el abetunado barniz de la mediocridad más alevosa.
Decía el vizconde de Bonald que lo más difícil no es cumplir con el deber, sino conocerlo. ¿Cuántos toreros conocen su deber?. Seguramente tantos como mentes despejadas puedan vertebrar el escalafón. Ahora bien, ¿cuántos están dispuestos a rendir cuentas ante él?. Yo respondo: ninguno.

Esta sociedad, a la que los toreros de su tiempo representan a la perfección, se obstina en el logro de sus deseos a través de la ley del mínimo esfuerzo. Y lo peor de todo es que cuantas más aptitudes, menos compromiso. Era Marcel Proust quien señaló que mientras el instinto dicta el deber la inteligencia busca pretextos para eludirlo.
Esto se puede achacar a toda la plana mayor de matadores de la actualidad. A todos, y muy especialmente a quienes ostentan la divisa de figuras, y adosados.
Al Juli no le debe bastar ser el torero más capaz, poderoso, técnico e incontestable del escalafón. Tiene que comprometerse. Y comprometerse no es ir a Pamplona con las corridas de Victoriano del Río y Núñez del Cuvillo, como tampoco lidiar una chotada infame de Garcigrande en Valencia.
A Manzanares no le debe bastar ser el torero del momento, el virtuoso plástico hacedor de cadencias. Tiene que comprometerse. Y comprometerse no es dejarse apoderar por Matilla, como tampoco acompañar al Juli en esa chotada de Garcigrande a que hacía referencia líneas arriba.
A Morante no le debe bastar con ser el restituidor del hallazgo, el artista insondable que rehabilita el dintel corintio entre las jónicas volutas de su veguero dórico. Tiene que comprometerse. Y comprometerse es mandar a Curro Vázquez allá por donde da la vuelta el aire, así como rechazar tentativas de torear chotadas de Garcigrande, o de sucedáneos por el estilo.
Y José Tomás. Comprometerse no es reaparecer con una bueyada de el Pilar. Mucho menos hacerlo entre Víctor Puerto y un recién llegado. Comprometerse no es esquivar los grandes circuitos. Comprometerse no es hacer una guerra de fogueo en un campo de minas de asombro rentado.

Estas cuatro indiscutibles figuras del Toreo, amanecieron al escalafón a la sombra de otras figuras que ora están de retirada. Esas otras figuras dejaron un legado misérrimo y calcinado. Una de ellas, Ponce, además del torero más ficticio, elusivo, degradante y ayuno de compromiso de la Historia de la Tauromaquia, no contento con estar orlado de tan cuestionables virtudes, también ha colaborado en muy alta medida en hacer desaparecer los encastes Atanasio y Gamero Cívico (línea Samuel) en impagable collera con sus respectivos criadores.
Deseo fervientemente que las nuevas figuras asuman su compromiso y su obligación y restituyan la grandeza que le debe ser inherente a un oficio que ha de erigir su noble y difícil basamento en el deber. Ese concepto que según palabras de Wilson es el laboratorio en que se destila el carácter.

Francisco Callejo


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