LA ESPAÑA DUPLA

jose-tomasCon el tibio y desapegado eco de la tan reciente resurrección de ese Lázaro de contratiempos y disputas que es José Tomás, cierran la Tauromaquia y este país un nuevo capítulo de sus desmemorias. Hasta su reciente irrupción ha vivido el matador en una catarsis de incógnitas y conjeturas, en un estigma de presunciones e hipótesis, en una devanadera de profecías y vaticinios.
De entre todos los méritos en que sus exégetas se atrincheran, no les he visto aún ondear el de la grímpola que con mayor sustantividad define la inabarcable silueta de su mito: el cainismo.
Esta tierra empolvada de la periferia a la entraña del hollín de piafantes herraduras prestas para el combate, se ha desarrollado entre la fe y la apostasía, el dogma y la razón, el fervor y el descreimiento. La médula de esta sinrazón que se obstina en llamarse España se ha nutrido a lo largo de su historia de una savia amarga y enmohecida, terne y agria con esplendentes ribetes de revanchismo. Aquí no se aplaude a nadie, como bien vaticinara don Miguel, sino contra alguien; aquí seguimos con las piernas hundidas en el barro hasta las corvas, como acertó a simbolizar don Francisco, atizándonos con la quijada de un mulo; aquí no hay más razón que la que desemboca en ese manido “y tú más”. O, Tomás.
Esta España que se envilece apostando al pútrido 5 su escaso crédito televisivo, es la misma que ha convertido a Belén Esteban en referente de opinión, la misma que tolera los destemplados rabotazos de ese impresentable estafermo que es Jorge Javier Vázquez, la misma que considera paradigma de glamour a la estafadora Ana Rosa Quintana, la misma que ve en ese amotinador gestual que es Jordi González al arquetipo de la mesura. Una España de eructo y tapete de punto, de callos y muñeca legionaria, de pajarete y recuerdo de Benidorm.
La España que llama intelectual a ese hacedor de supuesta literatura en morse que es Sánchez Dragó, y al que recurre el corto magín de los estraperlistas en Tauromaquia para ensalzar la vuelta a los ruedos de José Tomás. Porque la Tauromaquia, como España, vive enfangada y engolfada en sus complejos.
José Tomás vuelve a poner de manifiesto que esta sociedad sólo hace equilibrio en los extremos. Y él, a pesar de toda la orla mediática que desde la penumbra de su silencio se lucra de especulaciones y rumores, no va a terminar sino siendo el triste chivo expiatorio en que su sacrificio terminará haciéndose soluble.
Son demasiados los paralelismos circunstanciales que guarda con el devenir del Monstruo. Hasta el punto que ya le asoma el mismo mechón blanco en que tomaron asiento las presiones y preocupaciones que llegaron a asolar al buen Manuel.
Manolete ni tuvo competencia, ni tiene parangón. En él sólo incidía el gélido aliento de la cumbre en que se espesaba la púrpura. Pero se batió con todos, todas las tardes y en todos los sitios. El final, ya lo conocemos. Una muerte que jamás purgará España.

Cabe desear a José Tomás que se vaya ahora que su mito refulge en las cortas entendedoras del común, o que busque el circuito en que la Tauromaquia prescinde de teloneros y acompañantes para dirimir su primacía en las ferias en que se sigue desarrollando el Arte del Toreo. Que se deje acompañar, o sea. Y que su grandeza pueda tasarse en la medida en que resulte equiparable a la del Juli, su reverso natural. Es la única manera que, fuera de su retirada definitiva, tiene para no terminar siendo la víctima de su propia leyenda.
Quevedo y Góngora, Daoíz y Velarde, Cánovas y Sagasta, Lagartijo y Frascuelo. La España dupla.

Francisco Callejo


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