EL MUY TUNO
Hasta no hace mucho tiempo prorrumpía a través de la televisión puesto sobre la cabeza un espeso casquete almibarado, bituminoso y guirlache, que espesaba una sensación laxante y húmeda, como la de a quien le ha pegado un lengüetazo en la molondra un poderoso y bien nutrido herbívoro. Aún goteaban sobre la crencha de su guedeja las caliginosas y coaguladas gotas de gomina por donde se le acartonaba el entendimiento cuando, con un micrófono en la mano, importunaba al matador de ocasión con su corolario de menudencias, pamplinas y simplezas. Era por aquellas calendas en que la televisión pública española emitía corridas de toros. ¡Qué tiempos!.
Pues eso que él, para estar a tono con un espectáculo rancio, añejo y demodé, contribuía a engominarse la mollera para darle al evento un perfil de Nitrato de Chile, Hipofosfitos Salud y Barachol. Entonces no era sino un pelanas que se había hecho un hueco en un equipo informativo capitaneado por Fernández Román, a quien tan bien supo bailarle el agua. Con la extraña y silenciada desaparición del pucelano demóstenes, vio la ocasión propicia para formar parte de ese coral muestreo en que Tendido Cero se descorbató y democratizó, abandonando así los trajes de la sección de oportunidades de los grandes almacenes en que se abastecía, para mostrar una imagen casual de camisa arremangada y pulseras ibicencas. Ni que decir tiene que a partir de ese instante la gomina se convirtió en un aliño obsoleto, por poco sofisticado. Así pues, la ha escondido en el último estante del armario de su aseo dejando que las melenas le caigan como una tupidilla visera por sobre la frente.
Vamos que se ha adaptado. Porque si de algo puede alardear este individuo es de su vermiforme capacidad para aclimatarse a los nuevos usos. Y tiene mérito, porque no es usual ver a un tipo con pánico a las cámaras a través de ellas. Obsérvese cómo durante la emisión de Tendido Cero mira a la filmadora con la turbada e indomeñable mueca en que se le coagula la sonrisa, mientras coloca con evidente reconcomio y nerviosismo un haz de folios que no precisan colocación. Del mismo modo, el bolígrafo se constituye en el rehén que sodomizan sus dedos para retener su desazón y desasosiego. Que tiene mérito, vaya.
Como mérito tiene dar el salto de la televisión a otros medios por donde hace cuestación de sus arrapiezas virtudes. De esta manera, no sólo vive a través de Tendido Cero del erario común al que engordamos todos los contribuyentes, sino que no contento con ello, colabora en el descrédito de esa mendaz prendería, vulgar y chabacana, que es la revista Aplausos, así como dirige la línea editorial de esa basura digital motejada como Mundotoro bajo el amparo de las iniciales C.R.V., que no se sabe muy bien si es un nick al estilo guerra de las galaxias, o el apelativo del menor de la gama Renault 4.
Es este un escriba de prosa insustancial y desnutrida que pretende vertebrar un costumbrismo a mitad de camino entre lo insípido y lo soez. Sus crónicas son de un vacío intelectual que no hace pie sobre la cuerda que tensan, de un lado su ignorancia, y del otro su prepotencia. Es un instalado que, aprovechando la tolvanera mediática en que intrigan los enterados, complace al taurinismo más rampante y sañudo. Un dengoso de literatura en parihuelas, un tergiversero con invitación a palco, un puntual a deshora.
Sus crónicas vomitadas en Mundotoro con motivo de la Feria de San Fermín de Pamplona, se constituyen en la desclasada evidencia de un escribidor en barbecho, de un pendolista de mal trazo, de un consentido hampón. Para muestra el botón del soberano detrito en que se queja de la Casa de Misericordia por facilitarle, tanto a él como al resto de prensa que padece este país, pases de acceso a la plaza en una zona en la que, inevitablemente, hay columnas. Pretenderá el muy despierto plumilla que, además de no pagar entrada, se le facilite el acceso a una zona vip. No es listo ni nada el muy tuno. Lo peor de todo es que realmente cree que ha hecho méritos para asistir a cualquier sitio de gañote. Cierra filas con los babiecas que creen que ser periodista es disponer de libre acceso a los montes en los que crece tupido el orégano. Para esta patulea el periodismo no es sino el salvoconducto que les dirige a la espuma de la notoriedad, la credencial de lo sabático, el pasaporte a la inacción. No tienen la más mínima gana de ejercer el periodismo pudiendo ejercer el ombliguismo y luego, eso sí, se quejan de injerencia ajena.
Este individuo ni ha destapado tramas, ni ha investigado cohechos, ni ha denunciado desmán alguno. Sin embargo, exige pase de prensa. El muy tuno.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “EL MUY TUNO,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 07.17.11 / 11am
- Categoría:
- Al natural
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