LA BRIDA DE LA QUIMERA
Se erguía ese domingo con la estival neblina de una canícula al desmayo, con un sayón caliginoso y espeso sobre el que esplendía un sol autárquico y moroso. A medida que el horizonte se asentaba sobre el románico campanario de una Soria estática y rocosa, adormecida y lechal, espejaba el cielo su cendal turquesa.
Dejando a un lado la pétrea estela de Santo Domingo nos encaminamos bajo la advocación de San Benito a aquel punto en que tuvo el santo su priorato y hoy se erige la plaza de toros en que celebra Soria su solsticio.
Al llegar, lo primero que se nos echó a la vista fue la cetrina y trasijada imagen de Rubén Sanz. Alzado sobre su constante tristeza, parapetada su mirada tras la evasiva de unas gafas en las que se agazapa su miopía, y sosteniendo sus pantalones sobre el último agujero que linda con la hebilla, salía el matador del patio de cuadrillas escudriñando una hoja donde se levantaba acta del sorteo de los toros que habrían de lidiarse a la tarde. Al vernos, su franca y deshilachada sonrisa se abrió paso a nosotros para participarnos lo que el destino le deparaba. Tras los saludos y deseos de suerte de rigor nos despedimos de Rubén, quien ya iba camino del hotel para velar esas horas flemáticas y volátiles, espesas y brumosas en que el miedo se pega al paladar y la razón cuestiona y fiscaliza los devaneos de la insensatez.
Qué paradoja, que mientras el torero afinaba sus cuitas y zozobras nosotros nos anegábamos de fiesta sumergidos en un trajín de comparsas con bullicio de murga al fondo. Soria se desvestía en el ecuador de su domingo de Calderas de esa opacidad con que el año desnuda el almanaque de su rutina. Fanfarrias escoltadas de acicalados vecinos ponían un contrapunto de charanga a la milenaria sombra de una tradición que fagocita al toro para revestirse de su secular potencia.
Un mediodía entre amigos en el que el peregrinaje de bares depara la sorpresa de encontrarse los más dúctiles torreznos que probasen apetitos. Y por fin, la hora de comer.
Al margen de las sabrosas viandas con que la fortuna de encontrar restaurante nos obsequió, la amena complicidad de los cinco comensales dio fruto a las distintas teorías que al respecto de Rubén Sanz se esbozaron entre anguila y cangrejo, chuleta y espaldar, que si Curro, que si Paula.
Cinco voces divergentes al amparo de un denominador común que en ese instante estaría en un hotel de las afueras de Soria espantando miedos.
Poco antes del comienzo de la corrida nos llegamos al hotel, como en peregrinación, con objeto de desearle suerte a tan inusual oficiante. Y allí estaba Rubén, alentado y risueño, vivaz y despierto, ajustándose los tirantes de la nazarena taleguilla sobre la que tomaban vuelo dos pies en la tierra.
El patio de caballos del coso de San Benito es un hervidero de bullicio, una eclosión de contrastes, un macerar de voluntades. La gente se arremolina allí al socaire de los accesibles matadores que despejan el miedo tras el velo que se les pinta en las pupilas. Zarandeos y apretones, colisiones y tropiezos, algarabía y voces, ponen color y ruido a una tarde en retirada.
Julio Aparicio, que abre cartel, envuelve de reflexiva cautela cualquier tentativa de dejarse ir, de reverdecer aquellas viejas voluntades de trascender. Lidia a sus dos toros al amparo de unas tablas a las que mira como el náufrago a un horizonte techado.
Por su parte, Javier Conde pecha con el afilado fielato de un toro ajeno a entendimiento y con la paciente espera de un toro por hacer. Toro, este último, al que Conde propone voluntad, pero al que su voluntad no le propone.
Y Rubén…
Rubén es el apeadero del fracaso, la coartada del descalabro, la sazón de la desventura. Es el torero a destiempo, el adulterino de la ortodoxia, el tachón de la lógica. Un error de medida.
Pero este torero deconstruído, hecho todo él de apocalíptica mueca, posee un hondón de voluntad capaz de poner brida a la quimera. Rubén dirime sus paseíllos como quien se hace cazador de gamusinos, domador de hidras, o arquero de dragones. Como si una fatalidad a la que su propio tesón no lograra poner cota, se enfrenta cada tarde en que pespunta de caireles a un destino contumaz y vehemente, atrabiliario y cruel, inhóspito y desapegado. Y en medio de ese fuego atroz, el torero bate con intermitencia un guiño de dios provinciano en el venero de una airosa trincherilla, de un abotargado ayudado, o de un sustantivado natural.
Apuntalado sobre un autodidactismo de ascendente metafísico, Rubén rescata su quijotesco perfil de entre la hojarasca de su timidez. Y allí, en la palpitante y ambarina arena de una plaza que focaliza la atención en él, se despoja del prejuicio ajeno sacando a la luz de una Soria descreída ese contorno en penumbra que le ha hecho torero.
Cortó dos orejas. Quede constancia para la miserable estadística.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
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- Publicado:
- 07.10.11 / 6pm
- Categoría:
- Al natural
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