DOS MIL DE LO MISMO

caprile22Y para celebrarlo, nada mejor que vestirse de petimetre y profanar el santuario de Ronda para solemnizar la gran bacanal del pelotazo.
Los omnímodos depredadores del pastel, subidos a la inercia que tomó en su día la conmemoración del segundo centenario del nacimiento de Pedro Romero, han terminado dirigiendo este acontecimiento hacia el festín de la pompa, la saturnal del boato, la orgía del oropel.
La barahúnda de convidados que asisten en estas fechas a la ciudad tajada en mitad de la serranía, no dista en absoluto de la que se puede encontrar cualquier cantamañanas en el palco del Bernabéu. Pelotas de garrafón, oportunistas de saldo, convidados de gañote, o caraduras de moda, componen el paisaje de fondo de estos acontecimientos de Möet Chandon en envase cañí.
La España del Hola concentrada en el encalado de un coso en que pretéritos barbianes lucían la majeza de una gallardía tan presta en dar una larga cambiada, como en hacer brillar el filo de una faca.

Allí ha celebrado Enrique Ponce sus dos mil tardes como matador de toros. Como procede. Vestido para anunciar Ferrero Rocher bajo acordes de un minué de la corte francesa de Luis XIV.
El torero más adocenado y previsible de los últimos veinte años. El agotador pegapases de aire evanescente. El perpetrador de una puesta en escena que confunde lo clásico con lo inmovilista.
Veinte años se ha mantenido en la cresta de un escalafón apuntalado por pésimos aficionados, deplorables periodistas, e inteligentísimos empresarios.
Y hoy, sonroja leer a su corte de palmeros tratar de justificarse a sí mismos tan aciago gusto.
Aquel altilocuente José Ramón Márquez, usufructuario del mecenazgo de ese toro que aspira al infinito, ha contrariado las leyes de la honestidad a través de un excremento seudo literario en que subraya que el valenciano ha sido el mejor torero que él ha visto. Afirmación que invita a pensar que, o ha visto a muy pocos toreros, o bien sus conocimientos taurinos coinciden con su gusto. Disyuntiva esta ultima por la que me inclino.
Pretender defender la teoría de un Ponce indubitable, gestor de la infalibilidad y garante de los ortodoxos principios, entronca con el eco de un subconsciente felón. Estos señores que enarbolan la teoría de un Ponce a horcajadas de un caballo blanco, batiendo espuelas por entre el onírico vaho del campo de Clavijo, quedan retratados al instante como miembros del sindicato vertical que premiaría al buen Enrique como miembro destacado de la Operación Plus Ultra.
Tan buen chico, tan discreto, tan aseado y tan cumplidor, bien contribuye a postularle como jefe de sección. Como el Pedrín que acompaña a Roberto Alcázar en sus viriles aventuras. Un muchacho mitad monje, mitad soldado, cuyo ascetismo le hace el más descollante entre flechas y pelayos.

No obstante, Ponce es un muchacho de su tiempo. Un tipo sagaz e inteligente. Espabilado y despierto. Aderezos estos de los que se ha servido para asomarse a ese espacio ausente de responsabilidades desde el que hoy gestiona su patrimonio. Heredad en la que se cuenta una punta de ganado, no de origen Albaserrada, ni Cabrera, ni Gallardo, sino de origen Salvador Domecq. Imagino que algo que para el señor Márquez no dejará de ser un pecadillo venial por tratarse su propietario de quien se trata. ¡Ay si fuera el Juli!.
El caso es que Enrique Ponce ha franqueado el portón de un patio de cuadrillas como matador de toros en dos mil ocasiones. No resta pues sino felicitarle y desearle otros dos mil paseíllos. Tratándose de quien se trata, bien podría conseguirlo.

Francisco Callejo


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