DEL TONTO AL INFINITO
Como la condensación de un lúgubre cementerio de plumas oxidadas, emerge de las virtuales sombras de la red una página electrónica con perenne vocación de vigía, luz de Occidente, faro de la cristiandad y martillo de herejes.
Un perspicuo celo de vocación, no conservadora sino ultramontana, guía la sintaxis de unos textos tan literariamente deplorables, como conceptualmente punibles.
Una página de trazo autárquico y perfil régulo. De constancia voluble y actualización fluctuante. El regüeldo de un autócrata arrogante y virote.
Del Toro al infinito pretende llamarse ese pasquín adocenado y pedestre. Ramplón y trillado. Previsible y vulgar.
Una página que vive del desfalco y el hurto. Del trabajo ajeno y el talento tomado en calidad de peaje aduanero.
Una página que pretende vertebrarse en el puzzle de textos que se publican en otras páginas y que su tutor, aquel Juan Lamarca tachado de fatuo postinero (vulgo, chulo) por una nutrida corporación de la afición de Madrid, gestiona y coordina.
La Charpa del Azabache ha asistido con sorpresa a la publicación, sin solicitud de permiso previo, de alguno de los textos que en nuestro espacio hacíamos público. Hasta que dirigiéndonos al señor Lamarca, le instamos a deponer su aspiración de regalía en lo que a nosotros concierne, poniendo en su conocimiento que no autorizaríamos la publicación de nuestros textos en su página. Y mucho menos, desde el cuestionable alarde de hacerlo sin solicitud previa. Vamos, que a robar a Sierra Morena.
A la jactancia de pretender hacer uso del derecho de pernada, se sumaba el agravante de observar que esa página, tutelada por el depuesto y antiguo presidente de la plaza de toros de Las Ventas, se constituía en un espacio sin empacho alguno para hacer una permanente exaltación de la España preconstitucional. Con sus himnos, sus emblemas y toda esa mala digestión de un periodo histórico felizmente periclitado.
Lo paradójico del caso, es que al tal Lamarca no le duelen prendas para hacer una ofrenda floral a la legalidad en su vertiente más objetable cuando de sostener que no se debe indultar un toro en plazas que no sean de primera, o de segunda categoría, se trata. Ahí se agarra al Reglamento con el celo propio de quien vive una inmunidad en régimen de alquiler. Viene esto a colación del toro recientemente indultado por el Cid en San Sebastián de los Reyes. Habría que recordarle al declinado presidente aquella genial frase de Paco Ojeda cuando decía que “el Reglamento sólo sirve a los que no saben de Toros“. O la de Victoriano de la Serna cuando señalaba que “si respetáramos lo escrito no progresarían ni las ciencias, ni las artes“.
También curioso es que su jalifa, el inasequible al desaliento José Ramón Márquez, de momento no se haya pronunciado al respecto de la comparecencia de el Cid en tarde tan carente de heroicidad como la del toro indultado en la Pamplona chica. Fundamentalmente, porque no podrá cantarle aquello de “yo tenía un camarada”.
A este individuo sólo habría que hacerle reflexionar acerca de su fundamentalismo torista, pues parece ser que la gente que asistió a este festejo, dio por mejor pagada su entrada que la que salía de la plaza de Colmenar Viejo aquella misma tarde.
Lamentable el caso de este sujeto. Un fulano que parece haber emprendido una cruzada en detrimento de los tres toreros más sustantivos de este tiempo. Un gachó que cuestiona de forma axiomática las evidentes virtudes de Morante, el Juli y José María Manzanares. Pretende, a través de su raquítica prosa, ningunear el sólido postulado de los tres toreros más importantes de este primer decenio de siglo. Tres matadores de ascendente que vertebran la geografía de las principales ferias taurinas de España. Tres diestros que lo mismo dan la cara en Cantalejo que en Bilbao, a pesar de los zotes que le buscan tres pies al gato.
Un ignorante con la misma porosidad que un adoquín de adobe, incapaz de leer entre líneas, de captar la orografía de un milagro, de sentir el temblor de un acontecimiento.
Un obtuso que mide el suceso en arrobas, el acontecimiento en kilos, y el prodigio en pitones. Eso que Bergamín llamó homicida frustrado.
Un tipo castrado para el entendimiento. Alguien al que, como Belmonte en relación a Diáz -Cañabate cuando señaló que qué iba a pensar de alguien que en la época de Gallito y de Belmonte era de Vicente Pastor, se podría decir que qué se puede pensar de alguien que en la década de Morante y el Juli es de el Cid.
Pues eso.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
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- Publicado:
- 08.29.10 / 4pm
- Categoría:
- Al natural
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