UNA EMBOSCADA
Al amparo de la Virgen de la Paloma, Madrid se sumerge en su demudé andamiaje óseo. Bucea en la trastienda de su propio desván, donde el polvo de décadas cae sobre mantones de Manila, faldas salpicadas de lunares y gorrillas a cuadros.
Hierve el verano en una ciudad espolvoreada de ausencias que, sin embargo, pretende mantener enhiesta la tradición de su vetusto solar. Un folclore somnoliento y evasivo, ya que de aquel viejo poblachón manchego no quedan sino orales vestigios y el mecánico traquetear de algún desdentado organillo.
Del tablón de la plaza de Toros de Las Ventas, cuelga un cartel famélico y decadente que remueve alguna gallofera voluntad y varios autobuses de turistas.
Se anuncian tres controvertidos toreros, hoy desacreditados. Confinados a una permanente reválida, pues en los tres casos se observan indicios de estimables valores siempre malbaratados. Siempre frustrados.
Terrible evidencia la que golpea con rotundidad el ritmo del paseíllo, donde a los acordes de la discorde banda de música abofetean las foráneas palmas el ego de una plaza altiva y demudada.
Más que estimable las calidades de los toros que saltaron al ruedo con la penca al fuego de un hierro que se anuncia Cortés y exhibe un juego en consonancia con su patronímico. Cinco toros de ascendente Lisardo con las ciclópeas hechuras propias de ese encaste, más un hermano de pastos más afinado e infanzón que blandía divisa de Victoriano del Río. Excelente el lote que cupo en desgracia a Víctor Puerto, quien basó todo su hacer en un toreo accesorio tan rico en matices, como yermo en contenido.
Y es que no es lo mismo que la gracia desmenuzada del adorno la proyecte un torero con trazo de tal, a que la perpetre un gañán manchego con el saludable aspecto de un yuntero harto de migas.
José Luis Moreno hubo de pechar con el único toro afónico de ambos pitones, si bien pudo resarcirse en el quinto, un noble animal al que le faltó el sosiego que fue incapaz de aplicarle su malogrado matador.
Por último, César Jiménez vio como su tercer toro, ese aljófar de Victoriano del Río, se dejó toda su calidad en el peto inmisericorde de un caballo infranqueable. La gran devanadera del toro bravo. El despeñadero de la nobleza. El más eximio problema inmediato a tratar. No se puede pegar de forma elusiva y alevosa como actualmente se castiga y condena al toro eminentemente noble y animoso. Es vergonzante observar la saña que se aplica sobre la vara de picar, ajena a ahormamientos y registradores de bravura.
El sexto, un ejemplar enardecido y bizarro terminó aburriéndose del trazo axiomático de una muleta estéril y homogénea.
Así se plegó la tarde sobre su mullido jergón crepuscular, guardando el tiempo de bonanza de estos tres matadores para venidera ocasión. Venidera, que no mejor, pues difícilmente encontrarán más pintiparada coyuntura para salir del atolladero.
No obstante, en lo que a mí respecta la tarde vino aún a confirmarme la desclasada atmósfera que hiede en derredor del Toro.
Terminada la corrida y encaminados mis pasos hacia otros quehaceres, me brindó la casualidad la dudosa dicha de cruzarme con ese petimetre de medio metro que es Paco Aguado. Un fulano que, de seguir metiéndose en arrobas como viene haciendo, terminará postulándose para ser lidiado en Bilbao, o en Pamplona, aunque si de su calidad y ascendente intelectual dependiera, no pasaría de la feria de Cenicientos.
Acompañado de otras dos personas, y yendo yo solo, de eso pretendió valerse para salirme al paso. Me interpeló titubeante y dubitativo, pero aún así, recordando aquel pasaje de Juan Belmonte con ese chulo de la Macarena al que llamaban el Niño Vega y que le exhortaba de forma directa a plantarle cara, como arrancando los talones de un barro de asfalto me fui hacia él para atender su compungida demanda.
Su invertebrado y lastimero alegato me produjo tal rechazo que le conminé a que me citara para aclararle lo que hubiera menester.
En cualquier caso, esa imagen arrabalera y emboscada, a partes bravucona y timorata, resultaba tan hortera y tan vulgar, que formar parte de ese vodevil propendía al sonrojo.
Así pues, insistí en que si quería medirse conmigo no tendría más que hacérmelo saber, apelar a su coraje, de lo que sospecho anda más que mermado, y batir con el que suscribe sus diferencias amparado en un código de honor, del que tartamudea más falto que de arrojo.
Es vergonzante la imagen de un tipejo de ese jaez pretendiendo pedir cuentas como si a sagrado pudiera acogerse. Insultante la falta de categoría del citado pelafustán.
Y, para mayor escarnio, pretendiendo resultar irónico, terminó siendo víctima de un sarcasmo que aún tiene que dolerle en sus adiposas carnes.
“¿Es que estás enamorado de mí?”, me interpeló. A lo que respondí, “Desde luego. Sólo hay que verte“.
Francisco Callejo
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- Publicado:
- 08.22.10 / 5pm
- Categoría:
- Al natural
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