INFILTRADO

sarda1Años atrás llegó a constituirse en el mayor depravado televisivo que había asomado a la caja tonta. Era tan nocivo, que agredía subrepticiamente valiéndose de su séquito, un cortejo de tullidos morales con carta blanca para corromper a sus anchas. Mientras, él bajo la profilaxis de un aparente distanciamiento, extendía pasaje a toda esa caterva de degenerados que envilecían con sus groseros espasmos un espacio televisivo que sentó precedente a la hora de dejar colgado del perchero el más básico y fundamental respeto a su audiencia.
Si ese chulo de saldo que fue Pepe Navarro cruzó el Missisipi en una lóbrega patera, Javier Sardá enviaba crónicas desde Marte lacradas con el corrupto sello de lo arrabalero. Con el mal gusto de lo chabacano. Con la zafiedad de lo soez. Todo ello sin despeinarse. Delegando el trazo grueso en una piara de colaboradores a cuál más chocarrero.
Y se llevó a la audiencia de calle.
Gran parte de los males que actualmente asolan a los medios de comunicación en horas de máxima audiencia, a él tienen por ascendente.
Pero mira tú por dónde, un día, harto ya de estar harto, dejó todo, se fue con su incontable patrimonio allende nadie le podía seguir con una cámara, y tal Fray Luis de León, abandonó el mundanal ruido.
Pero volvió. Y volvió tras declinar cualquier tentativa de transitar por aquellos manidos andurriales por donde tanta sal sembró. Dejó aparcado al cínico que le aupó al candelero, y volvió transustanciado en el nihilista que es. Nihilista, eso sí, con un sólido goterón de hedonismo.

Periodista por don natural, showman por vocación, pocos comunicadores tienen su gancho y su pegada. Llega ahora infiltrado en un programa de apenas una hora de duración, donde se redime de su bajada a los infiernos. Con una realización básica y una unplugged puesta en escena, llena la pantalla con una solvencia y un interés que devela al eminente informador que tras pactar con el diablo, impugna su contrato para volver a ser el irónico reportero que tanto jugo sabe exprimirle a la noticia.
Todo esto viene a colación del programa en que se infiltró en la cuadrilla de el Juli y en el que nos expuso una solemne declaración de intenciones:
Protagonizó un reportaje con un tratamiento extraordinariamente respetuoso para con lo taurino, contribuyendo así a una difusión que bien puede ganar adeptos entre ese segmento de tibios que meten el pie en el agua para testar la temperatura. Así se acerca el mundo de los Toros al gran público, y no con la ridícula pedagogía que pretende impartir el no menos ridículo Moncholi, o la tabernaria troupe de Molés.
Supo elegir a un protagonista con contenido e interés: el Juli.
Empatizó con él y se aproximó a un sentimiento que, si no compartía, respetó y ennobleció sin caer en apriorismos.
Lo hizo en el momento más delicado. Recientemente se han prohibido las corridas de toros en su tierra, Cataluña, y él, que tan fácil tenía haber mirado hacia otro lado, ha dado una elegante bofetada a sus más directos paisanos políticos, denunciando de forma distinguidamente encubierta la absurda puesta en escena de la prohibición.
Vamos, que hizo un programa estupendo, apuntalado por las más eminentes premisas que orlan el periodismo de categoría.

Total, ha terminado haciendo más por la Fiesta de los Toros Javier Sardá que el absurdo Ansón, su delfín Zabalita de la Serna y su Telefónico premio Paquiro; que la cantamañanas y Obregón de la política, la siempre inoportuna Esperanza Aguirre; que Tendido Cero y la Oreja de Oro; que los presidentes especialistas en suspender festejos; que los empresarios retrecheros que tan fácil se lo ponen a los presidentes para que suspendan esos festejos; que los toreros que no lo son y se dedican a contar chistes o participar en realitys; que los aficionados puretas que tan dados son a cogérsela con papel de fumar; que los emborronalíneas cuyo único trasunto es cuestionar al Juli; que las lágrimas de Serafín Marín; que la flauta de Salvador Boix; que la bocaza del impostado Joselito, y hasta que el Toricuarto del decrépito y latoso Fernando Claramunt.
Gracias, señor Sardá. Además de dar una lección de periodismo, ha propinado un puntapié en el ego a todos los arribistas que viven del Toro. No sabe cuánto se lo agradecemos.
Que espabilen.

Francisco Callejo


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