LOS DUEÑOS DEL CORTIJO

lute2A estas alturas no se me ocurre perderme una transmisión taurina de Telemadrid. No por la calidad del acontecimiento, y mucho menos por la categoría de su narración, sino por el espectáculo alternativo de que va aderezada.
Con motivo de la emisión del festejo celebrado en Las Ventas el pasado día 27 de junio, la cadenita autonómica de marras se destapó con una oferta paralela en que mezclaba lo formal con una propuesta tan fresca como inesperada. Mediado el festejo, y habida cuenta que nada se había constituido en especialmente destacable, el infatigable y sin embargo fatigoso Moncholi se sacó un conejo de la chistera divertidísimo.
El tipo ese, malencarado y prognato, que tiene en el callejón soliviantando a matadores y atormentando a apoderados con sus extemporáneas y prescindibles curiosidades, ahogando un sollozo mientras clamaba a través del inalámbrico su aventura como si de la antesala de un premio Pulitzer se tratara, comenzó a bramar que se lo llevaban detenido. ¿Cómo?. ¿Detenido?.
Gimoteaba palmoteando que le desalojaban del callejón, donde el celoso celador de su excelencia el insigne, egregio, eximio y nunca bien ponderado señor don Manuel Muñoz Infante, ponía dos policías a cada lado del susodicho para que saliera por la puerta pequeña de la Puerta Grande. De modo que como una versión de bajo presupuesto de esas películas tachadas de serie B que suelen coincidir en las parrillas televisivas a la hora de la sobremesa, asistimos a un remake de El Lute. Camina, o revienta.
El espectáculo televisivo a que pudimos asistir a partir de ese instante resultó impagable. Lo único lamentable resultó que el realizador de Telemadrid no mostrara imágenes del periodistilla -conocido ya en algunos ambientes como el Niño del Trullo-, acompañado de los dos garantes del orden público a cámara rápida y con la musiquilla del show de Benny Hill de fondo.
Convengamos que cosas así sólo pasan en los Toros.
A partir de ese instante todo fue un querer saber por parte del detenido, quien trataba de vislumbrar detalles de su arresto entrevistando a los propios policías. Vocación no se le puede discutir.
Yo me tronchaba refocilado en el salón de mi casa, hasta que un rapto de conciencia me hizo el siguiente interrogatorio: ¿De veras es necesario que se orquesten protestas de animalistas para que se supriman las corridas de toros?. ¿Hay alguien que se pueda tomar en serio un espectáculo con capítulos como este?. ¿En que medida el daño con agravantes de costumbrismo, folclore y “usted no sabe con quién está hablando” no terminará resultando la definitiva puntilla de esta comparsa?.

El pulso que a continuación trató de mantener el latoso Moncholi con los poderes fácticos resultó de menor interés. Pero menor, menor. Sobre todo, teniendo en cuenta que utilizó el profiláctico de mostrarse con su excelencia el insigne, egregio, eximio y nunca bien ponderado señor don Manuel Muñoz Infante untuoso y deferente, cuando el responsable final de la expulsión del Niño del Trullo era él. Toda su inquina la cargó contra el mamporrero del comisario, un tal Juan José Niño a quien no dejaba de llamar Billy, en un sesudo e intrincado alarde de ingenio.
Por no mostrarme neutral, considero que al comisionado del comisario le asistía toda la razón del mundo como para tomar la determinación de echar al plasta ese del callejón. Más teniendo en cuenta que estaba apercibido. Pero, por encima de esto, estimo que lo verdaderamente sustantivo, más que los efectos, son las causas. Como siempre, claro.

Moncholi quiere jugar a ser Molés, pero no dispone ni de sus medios, ni de sus prerrogativas. De modo que la manga ancha que utiliza la Autoridad con Canal Plus, se la pasa por el forro de la entrepierna con Telemadrid.
Sucede que, tanto presidentes de festejos, personal subalterno y adosados de los Cuerpos de Seguridad del Estado, junto con locutores, redactores, y resto de personal de tropa de los medios de comunicación, se tienen por la yema del huevo. Creen disponer de una franquicia de inmunidad y de poder gozar de la dispensa de campar a sus anchas por callejones y demás cubículos obstaculizados de abrazos y parabienes. Se dan marchamo de aire cortijero y copan los burladeros eximidos de pago con objeto de pintar la mona y ver los toros de gañote.
Comisarios que ostentan indecentes calvas, poblados mostachos, o luengas barbas en un burladero los días que no presiden y que, cuando lo hacen, en un ejercicio de empacho de prepotencia le niegan orejas a el Juli, para pretender subrayar su supuesta insobornabilidad.
Periodistas que ponen el grito en el cielo porque creen que un carné y un micrófono les habilita el acceso a cualquier lugar en nombre del sacrosanto derecho de malversar información.

La limpieza de corrales con que terminan tantas temporadas en Madrid debería hacerse extensiva a los callejones de su plaza, donde tanto desocupado cree disponer de un terruño que pagamos todos.
Hasta que los temporeros que pueblan los tendidos se rebelen contra los capataces. Contra los dueños del cortijo. Contra los usufructuarios del pelotazo.

Francisco Callejo


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