CAYETANO, ESA GRAN CALAMIDAD

caye21España es un país de contrastes. Tan capaz de portar el estandarte de una heroicidad sin vencimientos ni avales, como de conmutar deudas de regalía, ha cometido siempre la torpeza de tratar de tú a tú a toda esa turba que bajo palio de nobleza la ha explotado y envilecido. Desde aquellos feroces y dignísimos hombres que componían los Tercios blandiendo su espada al lado de la alta nobleza y que penaban sus miserias a su vuelta a España, mirando los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, mientras esa decrepitud no alcanzaba a quienes gozaban de fueros y privilegios. Esa España, sumisa y temerosa de Dios a la que le faltó coraje e información para guillotinar a ese infame urdidor insidioso que fue Fernando VII. Esa España pendiente de cosechas y angelus que otorgaba en peculio la calcificación del sudor que manaba de su mal pagado trabajo para engordar las arcas de quienes derrochaban la osteoporosis de un pueblo que laboraba y rezaba.
Una España lanar y alienada. Como la de hoy. Ganada su voluntad en el aliño de salsas rosas mientras mira a quien baila gritando desde el silencio de su inconsciencia Sálvame…de luxe.
Una España infame que tiene lo que se merece. El terruño de aquel viejo león encerrado en la última celda de un subconsciente coaccionado. Campo abonado para espurios intereses donde retozan faunos de la bazofia, ediles del pelotazo y arribistas de la ambición.
Y esa España, inevitablemente, tiene su equivalente en el entorno taurino.
El más eximio ejemplo de esta prerrogativa exenta de tributo es el ínclito Cayetano Rivera Ordóñez. Sujeto este que arriba a las costas taurinas, empujado por la bonanza de una inercia familiar sobre la que pretende erigir una patente de corso.
Este Rivera ha venido a poner de manifiesto que cualquiera puede ser torero. Basta ser cuidado hasta el extremo, explotar un perfil mediático, abandonar por unas horas la playstation, y confiar en que los toros que elija su aparcero no se parecerán, ni por edad, ni por presencia, ni por ascendente a los de cualquier otro pelafustán.
Está demostrando que ese viejo estigma del torero quemado de vocación, de natural y espontánea marchosería y tocado por las más bravas musas, no es sino una visión obsoleta de romanticismo rancio. Lo que debe primar, al parecer, es el torero que desfila en pasarelas, vende exclusivas y cena con Isabel Preysler, y familia.
Si al menos, cuando saliera a la plaza dispusiera del don de un arte incuestionable, de un valor sin mácula, o de una prodigiosa técnica, tal vez abriría la espita de la concesión. Pero cuando se trata de un tipo que tiene la misma torería que Jorge Javier Vázquez, el mismo empaque que el Golosina y el mismo valor que Scooby Doo, todo contribuye a considerar que no es sino una tomadura de pelo con cargo a esta España, siempre bisoña, siempre ingenua.
Ciñéndonos al personaje que pretende ser calificado de torero, en la reciente corrida de Beneficencia volvió a quedar patentizado que es malo como él sólo. A estas alturas, con su background, ya debería al menos saber en qué terrenos se debe cimentar la lidia, a qué distancia se tiene que llevar a cabo el planteamiento de faena, qué ritmo exige la misma, y en qué circunstancias y plazas no cabe el subterfugio de que el toro no ayuda. Debería, cuando menos, saber citar sin caer en lo grosero de una gestualidad que lo único que viene a subrayar es la ausencia del más elemental valor. Y, por favor, que alguien le diga que es muy feo soplar cuando se torea. Ya sé, ya, que el miedo se tiene que evaporar de alguna manera, pero es que esta es la menos estética.
Y si grave es padecer a una calamidad de este pelaje, peor aún es asistir la deposición de crónicas defecadas por critiquillos de pastiche que despiertan el más básico de los desprecios. Tipos como Paco Aguado que, en su consustancial y desbravada condescendencia, otorgan a este Rivera la prerrogativa de un carácter que, según él, de sacar más a menudo acabaría con las dudas.
Nada que añadir de otro que escribió en su día aquello de “Cayetano siembra su distinción en Bilbao” (Zabala de la Serna en ABC 05/09/05). Cagada Zabala.

El pasado viernes, 4 de junio tuve la inmensa fortuna de ver a Bon Jovi en Rock in Rio. Y es que ya está uno hasta las corvas de padecer este suplicio en que se han convertido los Toros gracias, entre otras cosas, a esa infumable Feria de San Isidro, del Aniversario, o del cristo que lo fundó. Afortunadamente hay vida más allá.
¿Qué porqué saco esto a colación?. Muy sencillo. Para que desinformados e ignorantes como Paco Aguado y tantos otros, sepan que raza, carácter, personalidad y vocación fue lo que derrochó la banda de New Jersey en Madrid. Con más de veinte años de música a sus espaldas, Bon Jovi supo en qué terreno plantear la lidia, citar y entregarse de tal modo a pesar de tenerlo todo ganado, que todos los que tuvimos la fortuna de asistir a ese Espectáculo (sí, Espectáculo con mayúscula), sabemos que resultó único. Tras dos horas de concierto terminaron arriba, rotos de autenticidad, con Keep the faith, que no es precisamente una balada. Para a continuación, regalar el sobrero. Un precioso berrendo Wanted dead or alive, en Livin´On a prayer.
¡Me va a hablar un mindundi de raza!.

Francisco Callejo


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