LA BOHEMIA DE UNA SILLA

morante-nimes81Crepitaba un sol metálico y aturdido esa mañana en la que Hispania se desromanizaba en el galo solar de un anfiteatro reumático de siglos.
Se estrellaba la luz en ese contraste de piedra que hace refulgir el gris de una Historia varada en un granito de centurias, frente al restallante rojo que adereza la juventud pinar de las tablas que abrazan la elipse de esta plaza.
Y allí Morante. Adobado de conocimientos. Acicalado de heraldos antiguos que le musitan requiebros a los antañones caireles de su impecable vestido. Grana, de valiente. Azabache, de artista. Y al pecho, una ola tornasolada en que cruje el oro de la cincha que le abotarga un corazón desbordante de ingenio.
En el silencio que precede la buena educación de un público solemne y distinguido, bruñían golondrinas arpegios de música sin arancel de frontera. Esos mismos trinos que del mismo modo que garabatean en el aire de Sevilla, dibujan su anárquico trazo en el aliento de una mañana nimeña.
Morante por chicuelinas. El susurro de la Alameda vertido en el alambique de un compás de doliente sevillanía. La lengua de fuego del capote, humedeciendo su envés en la arena, como antesala del cimbreo en que la elegancia se viste de óleo para despertar remembranzas.
Y tocan a muerte.
Morante pide una silla. El solio que se había gestado poco antes en su magín, cuando había germinado en su inspiración la necesidad de mirar atrás. De reverdecer la pretérita agudeza de quien le antecedió -caprichos del azar- en galanteador de musas.
Encomendándose, pues, al Divino Calvo tomó el sitial por el respaldo y lo colocó a la vera del tercio, donde quiso prologar su imaginativa obra.
Toma el toro por el izquierdo la primera comunión en esta eucaristía que deviene en evocación. Se ciñe por el derecho de tal modo, que enhebra entre sus pitones la espaldera del improvisado trono. Escaño que queda derribado en tierra como vestigio de lo efímero. Y sobre la ruina de esa decrépita sede, erige Morante su legado.
La catarsis de agudeza sobre la que toma forma la creación del matador, bebe del sepia de aquellas imágenes que acumulan polvo en el cristal de los ajados marcos que hacen torcido equilibrio sobre los oxidados clavos que dormitan a orillas de las chimeneas. Entre cabezas de toros y vetustos estoques con empuñadura de hierro.
Cadencia, hondura, y un sentimiento que se agarra a la tierra como el mentón al pecho. Canal desde el que el alma riega las plantas de la Razón.
Hispania desromanizándose en tierra gala.
Morante tira de Historia. A la Tauromaquia nacida a la sombra del canotier, la salpimenta de aquella otra que hallaba cobijo bajo el ala ancha de un sombrero cordobés. Naturales por alto, ayudados a dos manos de puntillas. Aquella Tauromaquia de tierra adentro, con olor a adobo y a puchero, sobre la que no había tomado imágenes el cinematógrafo.
Concluye la obra. Cobra una soberana estocada que pone al toro en el umbral de su agonía. Y en las jambas de la misma, Morante pide la silla. Se la llevan. La coloca, toma asiento, y con una torería acuñada en la bendita voluntad de Dios, asiste al bravo deceso como un vestigio del impresionismo de Roberto Domingo.
Después de aquella exaltación, no queda sino un recuerdo y una silla. Una silla que no era de enea. Una silla de perfil bohemio. De terraza de restaurante francés. De ambigú portuario. La silla de un bistró a media luz por donde pena el sonido de un acordeón con manchas de melancolía.
Una silla que verificó que mirar atrás no implica caer en el tópico. Una silla que, desde entonces, acredita la libertad del Arte.

Francisco Callejo


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