BASTARÍA

marioneta3El hombre es, por inercia, un ser vil y mezquino. Frente a toda esa añagaza de espumillón que pretende desembocar en el puerto de la loa, la realidad termina resultando incontestable: el hombre es un bellaco.
Me refiero a eso que Ortega y Gasset llamó el hombre-masa. El ser alienado e inerte que se parapeta en el redil de la generalidad. En la mullida yacija de la adaptación. En el caldeado almiar del vaho de establo.
Ese hombre sumiso y aclimatado que exige a los demás pasar por el mismo aro en que se le decomisó la integridad y el decoro. Ese estúpido abstencionista vocacional que sólo se significa ante el blanco y negro de una urna creyéndose así libre, cuando deposita una papeleta que le han hecho creer es el salvoconducto que preside su libertad. Pobre imbécil.
El hombre-masa es la gran lacra en que se disuelve el potencial espiritual de quien teme no ser considerado por el resto. La cobardía del enorme colectivo que prefiere no pararse a pensar, sino seguir los postulados del rebaño. Los supervivientes que no entienden lo diferente y egregio.
A diario se nos agrede con ejemplos infames de ruin corporativismo social. Con motivo de la final de la antiguamente llamada copa de la UEFA que disputara el Atlético de Madrid contra el Fulham inglés, ese supuesto periodista, cretino tan pagado de sí, exhibicionista, altanero, lenguaraz y carente de la más mínima gracia llamado Manolo Lama, se permitió la licencia de ridiculizar a un pobre indigente cuya desgracia no le conmovió lo más mínimo. ¿Que qué hizo la gente que tenía alrededor?. Pues en lugar de patearle y arrojarle por el puente en que se perpetraba tan villana fechoría, contribuyeron a festejar la “ocurrencia” evidenciando el grado de rufianería que gobierna a toda masa.
Padecemos, igualmente, unos medios de comunicación que potencian lo innoble y lo abyecto. Si tuviéramos un mínimo de dignidad, cadenas como Telecinco tiempo atrás tenían que haber sido calcinadas. Pero no. La masa alienta y defiende el estiércol en que retoza. Pan y circo.
Y los Toros. Nuestro personal caleidoscopio. El perfecto laboratorio en que se puede diseccionar la teoría del hombre-masa. El cooperativista, el gregario, el militante, el abducido. Ese público indolente y desidioso. Inmóvil y negligente. Parasitariamente pasivo, que acude tarde tras tarde con resignada sumisión a una localidad en que festeja la pirotecnia de la nada. El tonto del haba.
Convengamos que esta piel de toro potencia especialmente esta bacanal de ausencia de hidalguía. Nos movemos en un terreno acomplejado y retraído. Huraño y desabrido. La patria del tópico aderezado de lugares comunes. El solar de la etiqueta. El predio de los compartimentos estanco. Nos falta valor e imaginación. Capacidad para saltar el redil y abrirle la puerta a los borregos. Y es que vamos tres capítulos por detrás de la Historia. Para que llegue la Ilustración, tenemos que vernos sumidos en el fuego purificador de la revolución. Y no es necesario sacar a pasear la guillotina. Al menos, no siempre. Bastaría, en esta hora de cierta sagacidad y perspicacia, con renunciar a esa hipnosis consentida. Bastaría con reivindicar nuestra cuota de dignidad y autoestima. Bastaría con aceptar que, aunque aparentemente mínima, nuestra opinión tiene más valor, por lúcida, que la de una masa amorfa e irracional. Bastaría con no creernos libres porque unos tipos que viven de llamarse periodistas, a la salida de los toros, nos colocan un micrófono bajo el mentón para que digamos lo poco que nos ha gustado lo que hemos visto.
Pero, qué digo. A todo esto se le llama utopía. Esa patria lejana e incómoda que demanda esfuerzo. Es mucho más fácil dejarse arrastrar por el torrente de linealidad que nos permite vivir sin grandes preocupaciones. Mientras, que la Comunidad de Madrid se ría en la cara del aficionado con la declaración de los Toros como Bien de Interés Cultural; que los mercaderes de ocasión (hoy los Choperita) sigan hurgando en el bolsillo de sus abonados; que el callejón de la plaza de Las Ventas sea la gran saturnal de los especialistas del pelotazo; que determinados medios de comunicación sigan contribuyendo con su apopléjica actitud a este gran aquelarre, mientras otros lo llevan en directo a sus casas y en diferido a sus propios bolsillos; y que el tonto del abonado, es decir el hombre-masa, no falte una sóla tarde.

Francisco Callejo


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