UN DÍA DE FERIA
Todos los años, al menos una vez, procuro acudir a Las Ventas durante la Feria de San Isidro, no sólo para mortificarme -que también-, sino para tomarle la temperatura a una plaza que, en estas fechas, hierve de sarampión.
Para ello nada mejor que aprovechar las dos entradas que me llegaron vía laboral. En realidad el destinatario de las mismas era mi jefe, quien con objeto de hacerme extensivos sus golpes de pecho o para, imagino, lavar su conciencia, o tal vez con objeto de pretender ganarse mi favor, me dijo “¿no te gustan a ti los Toros?. Pues ve tú, que eres en quien he pensado mientras las aceptaba“.
Se trataba de dos pases para la fila nueve del tendido diez. No estaba mal.
Como acompañante, un buen amigo cuyos conocimientos taurinos son inversamente proporcionales al interés que muestra durante las dos horas de festejo. No soporto a los “buenos aficionados”.
Al llegar a las inmediaciones de la plaza, todo contribuye a crear una atmósfera kafkiana. Como si de un gran hormiguero se tratara, el centón de insectos que ululan en derredor de ella responde a muy distintos estereotipos. Pero, eso sí, todos arrastran sus cáscaras de pipas y demás detritus en esa perfecta y vertebrada alineación (tal vez alienación) que conduce a los accesos de este cráter.
Una vez dentro, la diversidad de habitantes muestra a las claras que esta no es sino la gran exposición de lo coral. El perfecto maridaje de contrarios. La democratización de los géneros. La Torre de Babel. La gran festividad de la nada.
A nuestro lado, un alegre gay acompañaba a una japonesa a la que se dirigía en inglés comentándole los pormenores más sustantivos de la tarde: “Este torero, al parecer, mantuvo un idilio con la infanta Elena. A mi no me parece guapo. Ay espera que me están llamando al móvil. ¡Hola!. Estoy con Yoko en los Toros. A ver si termina pronto esto que tenemos entradas para ver luego al Madrid“.
Finalizada, o perpetrada, cada una de las faenas padecidas esa tarde, cinco muchachos de Massachussets, tocados de divertidos sombreros, salpicados de floridas camisas, y sosteniendo sus corvas unos pantalones que hacían equilibrio en sus respectivas rabadillas, subían y bajaban las escaleras del tendido con vasos de cerveza del tamaño de un florero.
Unas filas por debajo de mi localidad, la ajada consorte de un tumbatoros voceras y malencarado, compartía tarde con dos amigas sofocadas de estrés por lo apretado de sus agendas entre la hora de gimnasio y el rastrillo para los pobres. O sea. Una de ellas, por cierto, antigua tusona que se dejaba ver con frecuencia hasta lograr endilgarse a un ladrillero que le paga sus liftings mientras él se va de putas. Lo normal.
En el sol, la plebe agradeciendo lo beatífico de una tarde preñada de nubes que sirvió como analgésico a lo que, en caso contrario, supongo hubiera sido una permanente protesta. Y eso que las protestas bajo guión del siete ya han perdido toda credibilidad.
Muerto cada toro, la gente se incorpora y mira a cada lado para tratar de descubrir. A ver qué hay por ahí.
En el ruedo, Uceda Leal pasea su estirada nadería en conatos de faena que se diluyen por el sumidero de lo deslavazado. Accesos de embriaguez sobria. Crispatura gestual sin rotura interna.
Lo del Capea roza lo tragicómico. Un sujeto incapaz de dar la más mínima muestra de torería. Con esa cara, a mitad de camino entre un susto y un coitos interruptus, no sabe siquiera ni encontrar el sitio en que poder citar sin abdicar. Se va en la misma medida en que es incapaz de ver irse al toro. Una vergüenza con cargo al de parte de mi padre. Un histrión adocenado y lacio. Un vago que lo que no quiere es trabajar.
Y lo de Javier Cortés, un suma y sigue. Un muchacho esmerado y bullidor que pone cara de menesteroso, a la espera de que se caiga un mendrugo de pan de la mesa de invitados.
Ahora que parece inviable que José Tomás pueda comparecer a su cita, teniendo en cuenta que la basura de Feria que se ha trenzado, dicen, tenía como motivo de la misma los estratosféricos emolumentos del iluminado de Galapagar, esos cuatreros bendecidos por Esperanza Aguirre que son los Choperita deben estar frotándose las manos. Ni siquiera van a tener que pagar al dios de piedra del bobo de Zabala. Así que la dentellada que dejan impresa este año es de aupa.
Yo sugeriría que al torero que le propongan sustituir a José Tomás exija los mismos honorarios que él vendría a percibir. Que como no se los darían, a ver cómo justifican un mano a mano entre el Fundi y Castella. O entre Manolo Sánchez y Talavante.
Y volviendo a la tarde de marras, cuando por fin todo terminó, ya hacía una hora que mis vecinos de localidad -el gay y la japonesa-, al igual que las desocupadas “benefactoras” del ropero, se habían ido al Bernabéu. Con la plaza vacía y sin más ruido de fondo que el que generan los operarios que recogen las almohadillas, le propongo a mi amigo bajar a pie de ruedo para escuchar el silencio de esta plaza ultrajada. Fue el único momento de auténtica torería. Por los altos del tendido tres un operario grita: “¡Gol de Messi!”. Me alegro.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “UN DÍA DE FERIA,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 05.17.10 / 6pm
- Categoría:
- Al natural
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