DONDE HOY ES SIEMPRE, TODAVÍA

beas4Fue por San Marcos. Como corresponde. Poniendo kilómetros y paisajes de por medio, me sumí en la geografía que apunta al Sur en demanda de una autenticidad a la que en la corte se le pone coto.
Ribeteando las esquinas en que La Mancha guarda su publicitado secreto me fui adentrando en la quebrada sonrisa con que obsequia Sierra Morena a sus moradores de ocasión.
Celebra uno que estos andurriales mantengan la misma orografía que fuera macerada por la pezuña huérfana de herradura de aquel rocín flaco que tan bien supo sostener sobre su escuálida estampa al Ideal. Una tierra, por estas fechas, atarugada de primavera donde la cigarra comienza a afinar el instrumento que servirá de contrapunto a ese verano al acecho en que el campo agostado y seco se transustanciará en el marco a propósito para ver emerger al Caballero de la Triste Figura.
Al fin y al cabo, todo viaje de tono iniciático lleva encinta la aspiración de departir con Don Quijote.
Piqué espuelas y apreté la marcha. Los contornos sobre los que avanzaba mi vehículo esperaban el retorno de Gustavo Doré. Una mañana cálida en mitad de su desperezo ofrendaba dicha a espuertas, luz en rama y vida en derredor.
Así transcurrió el camino hasta llegar a Beas de Segura. Me aguardaba el risueño y filantrópico rostro de mi buen amigo Faustino. El mejor embajador de esta localidad, a mitad de camino entre la campiña y la sierra. Un sanmarquero de pro, cuya contumaz insistencia contribuyó a sumirme en este misterio milenario.
Porque de eso se trata. De un misterio. De un retorno a aquel regazo venéreo y embrionario donde los siglos pierden su memoria. Una vuelta de tuerca al momento en que la Historia decidió echar a andar. Todo adquiere, entonces, el carácter rudimentario y elemental de una inercia sin débitos morales. Un tránsito entre la supervivencia y el éxtasis. El trasiego de la vida celebrando la naturaleza.
En ese proscenio, no rechina el muestrario de instintos básicos que deambulan prendidos de una risotada estridente, una mirada ebria, o un palmoteo desabrido. Ni el vestuario, elemental y escaso. Ni tan siquiera las actitudes más primitivas y desenfadadas pueden ser tenidas, en un escenario de este jaez, por inoportunas o gravosas.
El ser humano se prende aquí de la creación como el cabo suelto de esa cuerda con que se ata a los toros en estas fiestas. Todo gira en derredor del toro desde la transparencia que otorga la ausencia de intereses. Aquí no hay despachos, ni notas de prensa, ni apoderados haciendo equilibrios. No hay empresarios especulando en medio de juegos malabares con la oferta y la demanda. No hay toreadores limosneros, ni ganaderos que sacan pecho. No hay palanganeros de la actualidad, ni chismosos catacaldos.
Hay talanqueras y ruido. Bullicio y expectación. Sol y sombra. Vida y muerte. Veracidad.
El toro pasea por las calles, como el pan nuestro de cada día. Como las preocupaciones que levantan barricadas en nuestra existencia. Como el hoy sobre el que edificamos esta inagotable tarea de vivir. Como la eucaristía entre el ser y el saberse. Autenticidad.
Y entre estruendo y algarada, la sombra del Viejo Hidalgo se me aparece en el rostro jovial y resignado de un compositor cuyas notas me han azumbrado los sentidos. David Bautista. Un creador cuyo piano sacude conciencias y devuelve memorias. Un viajero sin destino en medio de este tango de los primos, traído a medias entre la marea y un viento de poniente, que se desplaza a un rincón para el alma como la danza de la Razón cuando se prende de besos de cristal.
Un hombre al que es probable que se le resista la celebridad, mas no la gloria.

Me hincho de vida. Y cuando mis sentidos ya están ahítos de color y desorden, después de descubrir los quicios de esta bendita tierra que le toma el pulso a la Andalucía más abisal, como un espejismo emerge la figura de una venus matricial y mediterránea. La matrona que conjuga origen y destino. La mujer morena sobre cuyo contorno se cimbreó el pincel de aquel Romero de Torres que tan bien supo captar el milagro de ese pozo de silencio que flota al fondo de la mirada de la más racial de las vestales.
Se trataba de Mati, aquella dulce semblanza de feminidad y delicadeza. Y, como por el hilo se llega al ovillo, no muy lejos debía de estar su afortunado esposo, el más preclaro heraldo de la lucidez y el denuedo. Mi admirado Ramón Niño.
En Ramón, el saludo es un abrazo granado. La comunión de un sentimiento apuntalado de sinceridad y afecto. El fruto de un hallazgo que bebe del reencuentro. La seguridad de conocernos antes de habernos conocido. Brindé con él por el azar. Por esa bendita causalidad que nos empeñamos en llamar casualidad. Ramón estaba allí, como un sacerdote ancestral. Como el zahorí que oficia el misterio. Ramón estaba allí, volviendo a ese hoy que es siempre, todavía. Entibando su madurez de infancia. Desasiéndose del siglo y sus pecados. Renunciando al negro sobre blanco de una ley que vigila y ciñe reglamentos y demás trampas birlibirloquescas que termina profanando su mismo inspirador. Ramón estaba allí rindiéndole culto a la existencia. Como yo.
A mi vuelta, sembradas las curvas de romero y coscoja, declinando la tarde en su paño de tul, y emergiendo del frescor las encinas que despiden al olivo, tuve la certeza de haber departido con Don Quijote. Con aquel enjuto y cetrino amasijo de huesos a los que no les cabe carne por ser todo espíritu. Con aquel Caballero de los Leones que tanto supo, por padecer, de la fementida canalla. Con aquel que decía que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Y en esas, pensé que bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.
Y se vino la noche.

Francisco Callejo


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