CUÉNTAME

camino24Lo que gusta una fecha en este país. Se celebra todo. Todo es motivo de conmemoración. De evocación. De memoria. De añoranza.
Llega ahora la efeméride de los cincuenta años que hace que a Paco Camino le pegó el espaldarazo Jaime Ostos en presencia de aquel precedente de José Tomás que se llamó Juan García Mondeño. Cincuenta años ha que comenzó a pasear su palmito de matador por esas plazas desdentadas, prematuramente envejecidas por el gris de una posguerra que comenzaba a difuminarse pero que, todavía, lograba hacer pie en esa España de olla y pan puchero. Cincuenta años que comenzó a forjarse ese perfil de niño sabio. O resabiado.
Una inteligencia natural y la inercia de un entorno precipitaron a Paco a sumirse en la espiral de aquel tópico, real y redecorado de yugos astillados y surcos asimétricos. La indolencia salpimentada de un inconsciente nihilismo. Era pesado trabajar y torear se constituía en una huída alicatada de presagios y bonanzas. La atmósfera contribuía con su fuego lento a macerar una fórmula festera que, aun bajo estría clásica, se agarraba a los postulados de la lucidez para anticiparse a la lidia que impartía.

Esa España a mitad de Camino entre Lourdes y Perpignan, entre el confesionario y el prostíbulo, entre el rosario y la conga, precisaba desoxidar los viejos celajes de una victoria que la había sumido en la circunspecta uniformidad de un aire marcial bajo acordes de Montañas Nevadas.
Los Toros eran una vía de escape, así como la coartada encubierta para un vespertino referéndum soterrado. Era el único escenario en que el público practicaba la por entonces entelequia de ser libre y soberano. Eso contribuía a darle un aire cándido y risueño.
Por aquella sonrosada España que alternaba el pop-art con el porrón, la psicodelia con el paño de cretona y el Sargent Peppers con Dos gardenias, se deslizaba el optimismo de un auge económico que desembocaba en Benidorm, vía Seat Seiscientos de dos puertas. El españolito de a pie se desembarazaba del nudo opresor de la corbata para respirar a pleno pulmón delante de su Telefunken, ese espejo convexo en que podía mirarse.
Una sociedad inyectada de moralina que vivía su ingenuidad con el jovial semblante de una novia primeriza. Casta, e indulgente.
Este es el caldo de cultivo en que se desarrolla esa etapa que un grueso de teóricos se empeña en bautizar como nueva edad de oro del toreo. Y en ella, tres pilares sirven de sustento a esta hipótesis: Puerta, Camino y el Viti. Tres toreros de distinto signo, pero común destino. En derredor de ellos, una generación de reparto adaptada a distintos guiones. Una miscelánea nutrida y variopinta.
No obstante, mirando hacia aquellos años, uno no logra desprenderse de esa sensación laxa y carente de nervio que imprime aquella tauromaquia sin andamiaje óseo. Se trataba de un toreo feble y cartilaginoso. Correcto e insípido. Invariable y soso. Curiosamente, por sobre aquellos gurús se deslizaba la proscrita rúbrica de toreros de trazo maldito y residual como, por ejemplo, Antoñete. Ese deportado de los grandes circuitos que servía de contrapunto a aquella lidia elemental y legible.

Bien, pues de los tres citados pilares, Paco Camino concita en estos días especial atención por cumplirse los cincuenta años de su alternativa. No hay sino que acudir a cualquier publicación para observar el corolario de vacuidades y tópicos que aderezan el perfil legendario de que pretenden revestir al que fuera llamado Niño Sabio de Camas. Ese individuo de antañón perfil socarrón y suficiente, tras cuya delicada operación asoma un rostro fatigado y sembrado de arrugas sobre las que emerge la marroquinería de una vejez al galope.
Un torero que quieren hacer pasar por coloso, cuando se trata de uno de los principales exponentes del ventajismo. Es curiosa la doble moralidad de quienes se tienen por grandes aficionados. Generalmente, víctimas como son del tópico en su versión menos cocinada.
Camino, junto con Ponce, representa el estereotipo de torero rabiosamente inteligente, cuya clarividencia saca varios cuerpos de ventaja a su valor. Mal maridaje como para pretender derive en eso que da en llamarse pureza. Toreros de tan acentuado instinto de conservación, que ese paso al frente que exigen las tardes de épica a doble o nada, en su caso llega toda vez que el croupier ya ha lanzado esa misiva de “no va más”. De manera y modo que, su toreo, no es sino el reflejo de una asepsia correcta y lacia.
Camino se llevó especialmente bien con toros de encaste santacoloma, por ser toros que precisan de muletazos cuyo trazo no cuestione la línea recta. Esa vía que no molesta, ni aturde a los toros. Ese sucedáneo de toreo que gana en longitud lo que pierde en profundidad. Y se lo tienen por mérito.
Nunca entró en Sevilla. Y creo que Sevilla, algo sabe de esto de los Toros.
En fin, otro de tantos cuentos chinos que, si nos vemos abocados a padecer, en lugar de interpelar a nuestro interlocutor diciéndole, “cuéntame”, deberíamos inquirirle, “¿pero qué me estás contando?”.

Francisco Callejo


Sobre esta entrada