LA CONCLUSIÓN, EVIDENTE

vistalegreLa evidencia es obstinada. Es ese implacable notario, tozudo y pertinaz, que levanta acta de aquello que por ser como es no puede ser de otra manera. El pasado sábado, 27 de febrero de 2010, acudí a los Toros de Carabanchel. Esa plaza híbrida de centro comercial y recinto deportivo. Curiosa génesis de aquello que da en llamarse plaza de toros multifuncional. ¿Ha caído usted en la cuenta de ese revelador detalle?. El producto que arroja el cruce entre una superficie mercantil y una cancha de baloncesto, es una plaza de toros. Es decir, la olímpica frialdad del comercio.
Su luz gastada, su calor viscoso, su ausencia de sol y moscas la convierten en el laboratorio de una modernidad mal digerida. Señalaba Pascal que “todo lo que se perfecciona por progreso, perece también por progreso“, de modo que conviene someter a revisión aquello que por nuevo pretende pasar por moderno.
Lo mejor, la compañía. Un grupo de buena gente venida de un recoveco del Sur, de quien tuve la fortuna de rodearme para mostrarles como nos las gastamos en la capital. Si no tenemos toros por vía natural, nos los inventamos por fecundación in vitro. A ese grupo se sumaba un compañero y, desde entonces amigo, que me confirmó en la teoría de que se puede ser aficionado y discreto. Nada de alharacas, voces a destiempo, ni yo la tengo más larga. Un aficionado transustanciado de pudor y prudencia sobre pátina de cultura, a mitad de camino entre el asfalto y el polvo de los caminos. Un hombre voluntariamente alejado del mundanal ruido, donde sólo se dejan oír nuevos ricos y arribistas. Ganadero de ascendente que ha preferido pasar por ciudadano de a pie antes que renunciar a sus recuerdos.
Toros de Garcigrande. Juanpedros ¿de qué generación?. Terrible tendencia la de estos tiempos que caminan por el sumidero de una uniformidad ganadera donde los antitaurinos pueden nutrir su discurso. ¿Quién dice que el espectáculo de los Toros preserva la multidisciplinar reserva de bravo?. Coquillas, Gracilianos, Galaches, ¿dónde estáis?. El taurinismo es el principal responsable del holocausto de señeros hierros que hoy no son sino el pie de foto de imágenes del Cossío.
Cartel de máximo lujo en estos andurriales de la segunda década de siglo. Al pie de la plaza, el principal elemento de promoción de este espectáculo. Un autobús de origen británico plastificado de imágenes con toreros como reclamo, no se sabe muy bien si para asistir al evento, o para huir de él. Taquillas calvas. Público mestizo y variopinto que, nada más comenzar el espectáculo, bajaba raudo por entre el disforme cemento de las zonas de gallinero a que el excesivo, exagerado y obsceno precio de las entradas les había confinado. Los de la televisión, un Canal Plus reincidente y previsible, frotándose las manos por cuanto ya no tendrían que disimular la alopecia de unos tendidos despoblados, toda vez que estos eran tomados, cual Bastilla, por los jacobinos que se proyectaban plaza abajo. Lamentablemente, no había sans culottes que llevaran a cuestas su guillotina para mostrársela a los avaros empresarios.
En el ruedo, el poder de lo evidente. Dos figuras del Toreo por la gracia de Dios, maceraban un cartel al que accedía un tercero de ínfulas con vencimiento a plazo fijo. Por más que se empeñen algunos en defender sindioses, Perera no deja de ser un buen torero cuya eminente técnica y su contrastado valor no resultan suficiente aval como para sentarse en ninguno de los escasos sillones de esta críptica academia de arte efímero. Ser figura implica tener un algo que no encuentra asidero en lo simple de la estadística. Por aquí se filtra la presunción de que a los comunistas no les gustan los Toros. Saben bien que aquí no somos todos iguales. El caso es que la gracia que el Cielo no ha querido dar a Perera, nadie puede pretender que se la deba dar yo. Así pues, Perera me sigue resultando ese torero que sirve de intermedio entre quienes torean antes y después de él.
José María Manzanares demostró que se sabe torero. Ante la renuente embestida del segundo manso de Garcigrande, no le cupo más alternativa que la de demostrar que la estética sobre la que toma baliza su toreo, encuentra apoyatura en unos conocimientos que sirven de base a su valor. Convino con el toro en que perder el tiempo sólo es vicio imputable a empresarios y periodistas, nunca a los dos únicos y verdaderos protagonistas de este rito. De manera que si el toro demostró que sus únicos arreones los iba a dispensar al hilo de las tablas, al hilo de las tablas Manzanares los canalizaría. Así que allí sacó los colores al ganadero y reventó de excelente estocada a un toro al que, de la plaza, sólo le interesó el Corte Inglés.
En el quinto toro, el más serio por aspecto, más serio aún se mostró su matador, que erigió la faena más plástica de la tarde. Una mano derecha encomiástica y totalizadora no otorgó más horizonte al toro que el que colgaba del estaquillador de su muleta. Para terminar, una vez que la gente había humillado más que el toro, unos adornos a dos manos con la imperfección que otorga el dejarse llevar sin pensar en delicuescencias académicas. Soberbia estocada y merecidísimo y colectivo premio, con el que se extendía autorización para acompañar en la salida a hombros al Juli.
El Juli. ¡Qué barbaridad!. Y todavía hay pigmeos mentales que lo cuestionan. El Juli. El Gallito del siglo XXI. ¡Qué aldabonazo pegó!. ¡Qué golpe de autoridad!. A escasos metros de la puerta grande de Las Ventas, con ese mismo público que parece que en la de Alcalá se endominga y encabrona, aquí de casual y sin más objetivo que disfrutar, experimentó el orgásmico placer de lo bien arrematao, que diría el Gallo.
En su primer toro, una chicuelina, no ya ceñida, sino que mi retina me devuelve en imagen atravesando al torero, evidenció que vino a demostrar quién es el Juli. Un torero tan poderoso y globalizador, que terminó por minimizar al toro, un ente que desapareció ante el inapelable gobierno del torero, hoy por hoy, más grande del panorama.
¿Y en el cuarto?. En el colorado cuarto, una faena tan maciza y tan compacta que tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura. Permíteme, Federico. El Juli dominó la escena, los tiempos y, por supuesto, al toro, con el poder de un chamán. De un rey sabio destronado que clama por su cetro. Porque ese es el Juli. El desterrado rey de esta república bananera, gobernada por empresarios logreros y periodistas prostituídos.
Terminó el festejo y me fui conversando con mis amigos de lo rica en matices que había sido la tarde. La conclusión, evidente. Mi amigo Jorge la glosó con pasmosa sencillez. Una feria que abarque un único fin de semana. Carteles de verdadero interés, no la bazofia de fechas atrás. Entradas a precios populares. Abono económico con regalo de entrada para una novillada matinal conducente a promocionar valores a la espera. ¡Qué pena, Jorge, que no seas empresario taurino!. Aquí seguimos con los codiciosos, cicateros, roñosos y ayunos de entendederas empresarios especuladores. Los mismos que lloran la poca promoción de la Fiesta en reuniones absurdas, autocomplacientes y presuntuosas como esas que organiza el diario El Mundo, cuando son ellos los que, teniendo la oportunidad de promocionarla, la abortan sistemáticamente. La Fiesta se promociona sola. Basta con que en el ruedo las cosas se desarrollen como se desarrollaron en este festejo y que los sans culottes que bajan del gallinero lo hagan con sus guillotinas.

Francisco Callejo


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