LA COLMENA
A pesar del tenaz frío que pende de un invierno cruel y fluctuante, las plazas de toros de Madrid han comenzado su cíclica actividad de polvo y ruido. El empresariado taurino, astroso ejemplo de lo montaraz e inconmovible, ha movido sus peones en tributo a su cartera. De sobra conocida es la adocenada y pedestre imaginación de este sector a la hora de hacer atractiva su mercancía. No obstante, celosos oteadores de su negocio han puesto en funcionamiento el cangilón de sus torpes devanaderas para armar sus mostradores.
La Feria de Ajalvir es una patochada con cargo a esa vaciedad de querer constituirse en la primera romería del año. Es un muestrario de prendas de invierno, a cual más periclitada y hortera. Carteles garabateados con el nombre de toreros indigentes bajo el sórdido, estático y grueso pincel de López Canito.
Por su parte, Valdemorillo es un cenagal de frío y pelotazo. El sucio ladrillo de los San Román, sobre el que ha tomado forma una candelaria que se antoja exigua intercesora para tanto desalmado, eleva hacia lo alto la cubierta que resguarda del frío invernal, pero no del frío emocional.
Se suma ahora a estos dos despropósitos ese supermercado de espectáculos por definir que es la plaza de toros de Vistalegre. La de Carabanchel. Ese Corte Inglés subterráneo de vocación castiza que, con gorrilla de cuadros, ha venido a dar tormento al pequeño comercio de la zona. Ese pabellón de eco y luz malparida. Esa estepa de un verde enfermo en sus plegados asientos vacíos.
Hasta allí han llegado los tentáculos de los Choperitas. Los actuales proxenetas de Las Ventas, que también han querido ponerle minifalda a la carabanchelera hermana menor de la que dicen primera plaza de toros del mundo. Le han pintado un lunar en la comisura de los labios y la han pretendido aderezar, por medio de torpes afeites, de una modernidad que hiede a convencional. Un autobús, cuya estética sólo podría competir con Paco Clavel se pasea por Madrid pregonando la Feria de Invierno, la mentecatez del empresariado taurino, el mal gusto de lo zafio y las tragaderas cañí de unas instituciones que, mientras les unten con lo suyo, no ponen reparos al cómo de la venta. A ello se le suma un spot publicitario cutre y residual que no viene sino a ahondar aún más en el pintoresquismo grosero de un colectivo reincidente y ordinario. Mientras, si usted pretende sacar las entradas a través de El Corte Inglés, al excesivo precio de la localidad por la que opte, le sumarán un canon fijo en concepto de peaje -o impuesto revolucionario- de un euro con setenta y cinco céntimos. ¡Viva la moernidad!.
Pues estos son los primeros panales de esa manida colmena en la que hierve de movimiento el centón de insectos que pueblan este universo de miel… Y como en toda colmena, puede observarse perfectamente el núcleo de sus habitantes. Las abejas obreras, esas que con denodado esfuerzo sacan adelante el producto que le da sentido a su vida. Ganaderos abnegados, prendados del hilo vocacional sobre el que hace equilibrio su apellido. Hombres a mitad de camino entre el asfalto y el polvo de los caminos que llevan a sus cercados. Esos vallados circundados entre el húmedo mugido de esos colosos de frente astada y el metálico batir de los cencerros.
Abejas obreras también, los toreros que dedican el núcleo de su alma a una preparación entre testigos silentes. Encinares y dehesas que tanto saben del ejercício al aire libre y del toreo de salón, antesala alquímica de una práctica profiláctica para perfeccionar ese otro momento en el que no cabe más alternativa que la cópula a pelo. Todos los que son figuras del Toreo viven ese ambiente de lejanía y silencio en el prólogo de una nueva campaña.
Y obreras también, esos amplísimos sectores de público que sufraga el espectáculo a cuenta de lo entreverado de su afición y su capital. Iniciados y novicios que con entusiasta fe pueblan los tendidos buscando el solaz de un teorema filosófico que colma sus aspiraciones lúdicas.
Pero pueblan la colmena también otro estereotipo de abejas. Proliferan los zánganos. Esos insectos que no sirven sino para dar placer a la abeja reina. Los sicarios que defienden con enardecido celo la siempre dudosa gestión de la misma. Periodistas bacinillas incapaces de destapar los turbios asuntos que empobrecen la colmena. Menestrales del lugar común y el tópico. Aguados, Villasusos, Zabalas, Arévalos, Molés, Moncholis y demás zupia que contribuyen a dar calor a la reina, así como a enflaquecer la salud de una colmena en beneficio de su mendigado estatus.
Asociaciones del todo para nada, como la Mesa del Toro y demás sedimentos expertos en canapés gratis y barra libre. Seudo aficionados con trabajado perfil de exigentes que, sin embargo, acuden con alacre empeño a cualquier llamamiento de la abeja reina. Figurantes con aspiraciones a quienes pierden micrófonos y prebendas.
Zánganos también los ganaderos complacientes y los toreros inertes.
Y, por supuesto, la abeja reina. Los empresarios logreros e instalados. Esas familias con aire de cacicazgo decimonónico. La punta de lanza de un hampa consentida que extiende su red de poder a todos los estratos del espectáculo. Regentan plazas, ostentan divisas y representan a toreros. Se cuidan muy mucho de dominar todos los campos que abarca su negocio. Se dejan cubrir por los zánganos a quienes aleccionan para que cumplan la misión que ellos no pueden ceñir. Les tienen a su servicio, conscientes como son de que son ellos quienes provocan que el que se mueva no salga en la foto. Lozanos, Choperas, y demás limo que amordaza el espectáculo impidiéndole el desarrollo que le permitiría adaptarse a unos nuevos tiempos y unos nuevos usos.
Bien, pues esta colmena no es sino la cosmogonía de una liturgia espectral. La deformación de una belleza ajada. El callejón del gato donde los espejos cóncavos y convexos arrojan una imagen grotesca y esperpéntica de una verdad aherrojada.
Los Toros viven el drama de continuar representando esa España de Frascuelo y María, de gasógeno y pan de higo, de lampantes y pelotas, políticos y constructores. Esa piel de toro agonizante, incapaz de cercenar sus viejos lastres.
Recientemente ha fallecido quien fuera un pésimo y dañino aficionado. Un tal Salva, orondo y desvergonzado que trató de reventar sistemáticamente los festejos de postín de Las Ventas. Un tipo que logró formar una ganadería, nadie sabe cómo. Bueno, alguien sí lo sabrá. Un tipo al que yo ví acceder al despacho de los Lozano con la frescura de quien lo habita. Trágico es que alguien fallezca en la madurez de su juventud, pero tan dramático acontecer no puede empañar una verdad objetiva. Era grosero y displicente. Sin embargo, notas de prensa y un silencio colectivo orlan sus exequias. Eso me recuerda la frase de un amigo reciente y felizmente recuperado que, caminando por el parque del Oeste de Madrid, al llegar a la altura de la estatua que homenajea a Simón Bolivar me dijo: “España es el único país que levanta monumentos a sus traidores”. Pues eso.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “LA COLMENA,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 02.14.10 / 12pm
- Categoría:
- Al natural
)





2 Comentarios
Saltar a formulario | comentarios rss [?] | trackback uri [?]