LA PERIODÍSTICA GENERACIÓN JAST

jast1Vendedores que no venden, entendidos que no entienden, mercaderes de tercera, registro civil de los cualquiera.

Así son estos cobistas, marrajos y mendicantes. Especialistas del trasunto, mercachifles de la pose y estibadores de morralla. Supervivientes capaces de agarrarse al clavo ardiendo. Taimados trujamanes al acecho de la oportunidad que les otorgue la ansiada prebenda de una tribuna desde la que eructar su mayúscula mediocridad.

En un espacio como el taurino, donde la poesía languidece en el crepúsculo de esa hora incierta en que se funde lo enigmático de la naturaleza con lo trascendente del hombre, una recua de tratantes extiende su mostrador de baratijas. Como esos chamarileros que se apostan a las puertas de los grandes monumentos para vender el insignificante cargamento de bagatelas que pretenden emular la obra en que se inspiran, así estos charlatanes aspiran a revestir de grandilocuencia sus huecos discursos.

Viven del Toro como el parásito de los cuerpos infectados. Y es que el periodismo ha perdido su excelencia. Y muy especialmente el periodismo taurino.

Han arribado a este puerto de óxido una traílla de ganapanes que en la medra particular han consignado el principal y mayor de sus objetivos. Un centón de haraganes que del trabajo sólo conocen referencias. Una piara de instalados sin empacho para glosar las más que cuestionables virtudes de su jefe de redacción, director, o presidente. Unos holgazanes abstemios de responsabilidad en cuyo desencuadernado glosario vital no hay espacio para capítulos con títulos como dignidad.

Algunos llevan instalados varios años. Van de sonrisa en abrazo, de enfáticos saludos en altisonantes parabienes, de palmoteo en la espalda a enérgico apretón de manos. Viven. Superviven. Sobreviven. Hoy le hacen la rosca al baranda de turno. Mañana le ríen la gracia al tonto del culo de ocasión. Viven. Superviven. Sobreviven.

Permanecen “en el sitio” “en voz baja”. El sitio del que nunca se fueron. Ese lugar desde el que subastaron su pírrico concepto del decoro, desde el que malvendieron su inane sentido de la honorabilidad, desde el que suplantaron cualquier leve tentativa de aseo. Y, por supuesto, en voz baja. Sin hacer mucho ruido. El suficiente como parecer interesantes y el insuficiente como para resultar insobornables.

Son los especialistas en la lapidación por control remoto. Aquellos que lanzan la piedra para, inmediatamente después, esconder la mano. Los que se llenan la boca de términos como compromiso, pureza, verdad, y tanto y tan prostituído lugar común, que vocablos como esos hoy sólo contribuyen a encender sospechas.

La diferencia entre esos pelanas y los que realmente consideran nauseabundo el ambiente en que se desarrolla esta milenaria liturgia es que, mientras los primeros juegan al nombro y omito sin nombrar, los segundos no muestran empacho alguno en poner nombre y apellidos a las enfermedades de que hay que protegerse. Sólo un correcto diagnóstico contribuye a paliar una patología.

Así pues, conviene vacunarse antes de leer la podredumbre que venga firmada por Paco Aguado, Carlos Ruiz Villasuso, y algún que otro frescales por el estilo.

Pero el problema hoy se ha duplicado, porque a estos sablistas de medios les secunda un rebaño de pelotas cuyo principal objetivo es convertirse en uno de ellos. Internet, que ha contribuído y contribuye a espulgar tanto detrito en derredor del Toro, es también el trampolín desde el que una serie de zánganos hacen ejercicios de vulgaridad para ser como Aguado y Ruiz. Cuántas páginas electrónicas taurinas no glosan loas de alabanza al comprometido código deontológico de estos periodistas de raza. De pura raza. Tipos que se jactan de llevar veintidós años viviendo del paripé. Que no saben lo que es el periodismo en su acepción más básica. Que no han hecho nada para hacerse acreedores de respeto. Tipos como ese Aguado, que pretende aderezar de ironía la cobardía de no citar a Andrés Amorós cuando en “su sitio” -ese que habrá mendigado a aquel Moncholi que tanto llegó a despreciar-, dice que en algunas tribunas taurinas parece haber entrado en vigor la nueva ley de pensiones de Zapatero. Está claro que este Aguado no ha reparado en que la ironía es una de las formas de la inteligencia y como tal, sin inteligencia no hay ironía. Todo lo más retruécanos grotescos.

Pues estos son la punta de lanza de la generación en agraz. De esa generación JAST. Jóvenes aunque sobradamente trepas.

Francisco Callejo


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