LA VIDA A TRAVÉS DEL OBJETIVO

canoSus ojos, cansados de mirar, se van hundiendo paulatinamente en sus cuencas. Aquella mirada curiosa y jovial, esa sobre la que tomaron forma los grandes mitos de la mitad de aquel siglo XX, violento y áspero, ha terminado dando paso al hastío de lo que aún queda por ver.
Hoy, Paco Cano recoge la antañona siembra de años por esas plazas de Dios. Recolecta premios, no tanto a lo afinado de su objetivo, como a lo oportuno del mismo. Tal vez, del mismo modo que se torea como se es, se fotografía también como se es. Y dado que Cano es ágil, pertinente y puntual, su fotografía levanta acta de ese mismo carácter. A través de sus imágenes no vamos a ver el momento mágico de conjunciones que arrojan a la luz ese instante de eternidad sobre el que extiende su rail de magnificencia el Arte. Su objetivo pocas veces ha captado lo fugitivo. Aquello que según Quevedo, permanece y dura. Pero como su constancia es inquebrantable, inevitablemente alguna hada ha terminado cayendo en la trampa de su obturador. Existe una fotografía realizada por Cano a Manolete en el campo salmantino, en la que el Monstruo está dando a luz una media verónica a una vaca que gira en derredor de la sombra hierática y suntuosa del torero. Se trata de ese instante fugaz y pleno en que del diestro sólo se vislumbra su silueta, macerada en una penumbra que de él sólo muestra la honda personalidad de su facción y su gesto, mientras su media verónica, lánguida y claudicante, precipita llena de poder y mando al animal hacia el espacio de luz que contribuye a hacer más hondo el contraste.
Otra fotografía realizada a Manolete, en la plaza de toros de Badajoz, en la que el Rey de los toreros aparece instrumentando un ayudado por bajo al toro, se constituye en la cumbre artística de Cano. Resulta curioso que sus máximos logros hayan sido con Manolete de por medio. Creo que ello invita a pensar que el verdadero mérito partía más del torero que del fotógrafo. No obstante Cano, al igual que Picasso y Cela, ha contribuído a engordar el escepticismo acerca de su numen desde aquella vieja máxima que sostiene que si llega la inspiración te encuentre trabajando. Este y no otro es el secreto de Cano. Mucho mejores fotógrafos que él han sido desde Baldomero a Lara, casi todos sus coetáneos, pero ninguno tenía su tenacidad y su capacidad productiva. Su trampolín definitivo para hacerse un hueco en el mundo de la fotografía taurina fue el que le brindó el azar aquella aciaga tarde de agosto de 1947, cuando el destino guió sus pasos a Linares. De sopetón se encontró con la gran tragedia que convulsionó a aquella España trasegadora de achicoria y pan de higo. Ser el único reportero gráfico que pudo plasmar en su objetivo los dramáticos instantes que precedieron a la muerte de Manolete le otorgó una credencial vitalicia.
A partir de ahí, Cano se hace un hueco en la élite taurina permitiéndosele alternar con los más renombrados matadores de la España desarrollista. Esa a la que acudía Ava Gardner para zambullirse en el pintoresquismo de un país que nada tenía que ver con la fatua Nueva York. Hemingway, Orson Welles, Gary Cooper, Bing Crosby y Charlton Heston, sonreían al diafragma de la cámara de Cano, haciendo más notoria la diminuta talla del fotógrafo, que desde el relajo de estos grandes personajes, apretaba el gatillo de su objetivo inmortalizando la humanidad de los dioses del celuloide.
El tan citado baúl de la Piquer no ha viajado tanto como Canito por esas plazas ahítas de polvo y gritos, donde todos los años pasea su minúscula persona distintos modelos de cámaras fotográficas que cuelga de su cuello como medallas olímpicas. Su gorra blanca y sus camisolas anchas plagadas de bolsillos, contribuyen a realzar la solera de las ferias reincidentes. Con Cano pasa algo similar a lo que sucede con el director de la banda de música de la Plaza de Toros de Madrid, don Lorenzo Castuera. Que ambos son dos pésimos intérpretes de su oficio, pero su buen carácter y su entusiasmo vienen a paliar las notables deficiencias con que, sin pretenderlo, agreden al buen gusto y añaden costumbrismo a las afueras de esta liturgia.

Recientemente, Canito ha sido premiado por el Circulo Taurino Amigos de la Dinastía Bienvenida junto al más que cargante Andrés Amorós, por ese libro que conjuntamente firman como “Mitos de Cano” y cuyo único mérito es el trabajo de años del fotógrafo y la imagen que glosa su portada, donde una bellísima Ava Gardner redime la cuestionable capacidad del retratista. Al teatro Muñoz Seca donde tuvo lugar la entrega del premio, ramplón vestigio de las artes escénicas con cierto hedor a derechismo en conserva, concurrió un pírrico número de personas para padecer los discursos de su plana mayor antes de otorgar el galardón. Especialmente insufrible el de ese abrumador pelma en agraz que es Javier Hurtado. Menos lesivos los demás, aunque todos imbuídos de un estigma soterrado de conservadurismo rancio. Y tras los lugares comunes en que todos vinieron a incurrir, las cansadas palabras de un fotógrafo de vuelta que reivindicó su ascendente torero dejando patente que, muchas veces, al mito lo crean las circunstancias.

Francisco Callejo


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