A QUIEN TANTO DEBEMOS
En esta corrala de vecindad que termina siendo el mundo del Toro, el comadreo que ha ido modelando la sociología de unas gentes, -en su mayoría de muy bajo perfil- sobre las que ha tomado asiento el tópico, ha terminado estableciendo una serie de lugares comunes que hoy pretenden pasar por irrebatibles.
Este patio de Monipodio que rezuma aldeanismo e ignorancia a partes iguales, establecidas ambas pautas por los trujamanes que han encontrado en el Toro campo abonado para erigirse un estatus, hiede a folclore mal ventilado. Ya se han preocupado a lo largo de los años la manida recua de especuladores de crearse una atmósfera en la que medrar a costa de una inercia no cuestionada.
Pero periclitada la primera decena del siglo XXI, y habida cuenta que nadie ha venido a poner en solfa el cambalache por el que se desangra un espectáculo prostituído, hora es ya de comenzar a poner las cosas en su sitio. Conviene comenzar a aplicar cintarazos a venteros, arrieros, muleros y mozas de partido que tanto esquilman y tanto gozan en derredor de un negociado que tiene a toda esta patulea como cabeza de partido.
Resulta estomagante observar cómo el pelma de Andrés Amorós pretende darse un baño multitudinario de plácemes y parabienes, mostrando la dirección a la que desea apuntar en su nueva faceta de baranda taurino de ABC. Brindis al sol como ese de mostrar especial preocupación por los intentos prohibicionistas en Cataluña; demagogia de garrafón al incidir en los aspectos culturales de la Tauromaquia y la supuesta falta de casta del toro actual (según él); absurdas piruetas seudo políticas como la de considerar a Francia baluarte y apoyo; y como redoble de toda esta sarta de memeces la gran estupidez: buscar una línea inspirada en la de Gregorio Corrochano “porque unía las premisas de dominar la técnica taurina, y además escribía maravillosamente bien, siempre desde la humildad“.
¿La humildad?. La humildad, ¿de quién?. ¿Del fachendoso y prepotente Corrochano, o del propio y pedante relamido Amorós?.
¡Ya está bien, oiga!. Ya está bien de invertir en majaderías y sandeces. Ya está bien de seguir engordando las necedades y los despropósitos. Ya está bien de vivir de la pamema y el artificio. ¡Ya está bien, oiga!. ¡Ya está bien!.
Gregorio Corrochano, no me cansaré de repetirlo, fue un vanidoso infatigable, un engolado arrogante, un ignorante mayúsculo y un soberbio enfermizo. La tauromaquia de Gregorio Corrochano, si es que de tauromaquia se puede motejar su más que cuestionable obra taurina, está hoy algo más que obsoleta. Huele a pose y a brazo que no se da a torcer, pero de Toros, señor mío, de Toros no tenía ni puta idea.
Es curioso, y enlazo aquí con lo que sostenía al principio, la buena prensa de que siempre ha gozado el infame Corrochano. De Toros supo mucho más que él “Clarito”, por ejemplo. Por no decir Pepe Alameda, o Guillermo Sureda. Y como escritor, mucho más fresco, dominador de una mejor sintaxis y de un preclaro juicio literario, le aventaja con excedentes Antonio Díaz-Cañabate, también por ejemplo. Sin embargo, esa inercia alienante a la que me refería párrafos arriba, parece haber dejado tumefacta la voluntad de los aficionados a los Toros. Nadie cuestiona el ascendente y prócer discurrir de quien ha sido tenido por el vademécum en esta materia, y cuestionarlo parece llevar implícito el germen de provocar ser señalado, como si de un estigma se tratara.
Pues sépanlo. Ya es hora de que llegue la revisión de Corrochano. Además del más insigne ejemplo de pomposidad, es el más palpable ejemplo de chovinismo aldeano.
Sirva como muestra de lo señalado el contencioso que tuvo en su día con Hemingway, de quien llegó a decir aquella manida lindeza de “ese sabe de Toros todo lo que puede saber uno de fuera“. Ni que decir tiene que Hemingway le prestó la misma atención que merecía. Ninguna, claro.
Ernest Hemingway supo de Toros mucho más de lo que el tópico se empeña en sostener y, desde luego, mucho más de lo que Corrochano podía tolerar a otro que no fuera él. La patológica envidia que en su día el preboste del ABC sintió hacia Hemingway, tenía su origen en la enorme capacidad de absorción del genuino premio Nobel. Era una esponja. Lo absorbía todo. Se manchaba las manos de barro si, menester fuera, para sacar a luz lo intrínseco de su búsqueda. Era un perfecto escritor de campo. Un hombre que se relamía de realidad para pasarla con posterioridad por la pátina de su genio creador. Se da el caso, además, de que fue un prosista sin ambages. Un narrador que iba al núcleo de lo tratado con absoluta transparencia y de forma directa. De este modo, tuvo la osadía de cuestionar el toreo de Domingo Ortega, cuando nadie se atrevía a levantar la voz a ese torero de semblante centroasiático. Se sintió fascinado por los Toros y se embarcó en la aventura de conocerlos en profundidad, desistiendo de aprensiones y prejuicios de origen. Cultivó amistad con toreros, vivió el día a día de los mismos. Supo de sus desvelos y fatigas, y bogó entre la procelosa atmósfera de este cifrado universo.
Una sóla de las comas de sus textos taurinos tiene más valor que la obra completa de Gregorio Corrochano. No obstante, esa gazmoña escolástica carpetovetónica cuestionó los conocimientos de Hemingway por lo atrevido y denodado de su descarnada prosa.
Pero que nadie se engañe. A Hemingway debemos parte de la universalización de los Toros. El lustre de que goza entre intelectuales de otras latitudes que supieron captar la fascinación que el Toreo ejerció sobre tan ilustre escritor. Ese eco de proeza épica que fecunda de españolidad la aventura.
Hay quien pretende contraponer a Orson Welles frente a Hemingway. Algo tan banal, como absurdo. Ambos experimentaron una notable sugestión por el Toro, con la particularidad de que Hemingway legó, además, una obra.
Así pues, no nos vendan la burra. Hemingway fue un extraordinario aficionado que se fue empapando paulatinamente de conocimientos. Un hombre con el valor suficiente como para poner en tela de juicio las verdades absolutas, es decir, los dogmas que pretendían defender los paladines de la ortodoxia. El hombre al que debemos párrafos tan ilustrativos como esa reflexión que plasmó en “Muerte en la tarde” en la que señalaba que nadie podrá decir viendo un toro de lidia en los corrales si será bravo en la plaza, o no, aunque en general, cuanto menos nervioso es un toro, cuanto más tranquilo parece y cuanto más calmoso se presenta, hay más probabilidades de que se revele como bravo. La razón de todo ello es que, cuanto más bravo, más confianza tiene en sí mismo, trata menos de alardear de su bravura. Todos los signos exteriores que da un toro, como patear el suelo, amenazar con sus cuernos y bramar, no son más que baladronadas. Son avisos que da para que la lucha se evite si es posible. Y esto es, precisamente, lo que hacía Gregorio Corrochano. Escarbar y echarse tierra a los lomos, simulando una entereza de ánimo que escondía la triste realidad de su miedo cerval. Porque si de algo era consciente, es de que la más inane de las frases de Hemingway, podía confinarlo al más frío descrédito.
Y este es el tipo en que se pretende inspirar el enfático Amorós. Que Dios nos coja confesados.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “A QUIEN TANTO DEBEMOS,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 01.10.10 / 5pm
- Categoría:
- Al natural
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