A LA VEJEZ, VIRUELAS.
En el día de hoy, cautivo y desarmado el sentido común, han alcanzado la estulticia y la desvergüenza sus últimos objetivos amorales. La esperanza ha terminado.
Al cabo de los días, este podría ser el parte definitivo de la situación a que se ve empujado el mundo taurino desde los periféricos hilos que sostienen este moribundo títere.
Nadie entendió a Ortega y Gasset cuando teorizó acerca de la riqueza sociológica de los Toros. Nadie rascó más allá de una superficie a la vista que parecía resumirse en que conociendo la Historia de la Tauromaquia, podría entenderse mejor la Historia de España. Pero lo que Ortega nos estaba diciendo, es que en ese microcosmos en que consiste el mundo del Toro se cifran las claves para comprender la ruindad de una raza que en la propia medra ha cifrado sus objetivos. Una estirpe corrupta y mercenaria, capaz de desistir de los más básicos principios para alcanzar una cuota de poder, o de riqueza.
El espectáculo taurino, más que cualquier otro, cifra como si de un caleidoscopio se tratara las pautas por las que se rige la sociedad española. Y ese es uno de los distintivos que lo alejan de cualquier vía comparativa con respecto a otras representaciones.
Sobre el misterio taurino han tratado de levantar cooperativas sin más aspiración que la ya citada cuota de poder, presencia, notoriedad, o beneficios que pueda reportar, una nauseabunda recua de especuladores que germinan en derredor de él.
Se trata de los preclaros barateros que se llenan la boca con palabras como cultura, tradición, o pureza. Y sobre esa verdad que alienta al fondo, resumida en el arcano impulso que posibilita que un hombre exorcice a la muerte a través de la ofrenda de su propia vida, un centón de mercachifles han levantado su bazar.
Deseo dejar constancia de la infinita repugnancia que me inspiran los anélidos que giran en derredor del Toro como inevitables satélites de un planeta que agoniza de asfixia. Y es que existe una progenie de chupópteros que responden a distintas declinaciones.
Por un lado, hay rémoras de muy bajo perfil. Populistas y demagogos que han hecho del mal gusto una enseña. Trileros del lenguaje con un ínfimo bagaje intelectual. Un ejemplo manifiesto de lo expuesto es Manolo Molés.
Por otro lado - y es uno de los segmentos que más abunda-, narcisistas de trapería que creen estar en posesión del grial de la verdad absoluta. Arrogantes chamarileros que se enseñorean de un perfil universitario y que no han conocido de la Universidad sino la cafetería, o el despacho del rector con el que mantenía amistad papá. Ejemplos de lo reseñado pueden ser cualquiera de los juntaletras de 6toros6, o el repelente niño Vicente, respectivamente.
Y finalmente, existe una piara de “intelectuales” que han encontrado en los Toros campo abonado para sus ridículas teorías de baratillo. Tipos engolados y huecos, cuyas necedades engordan las asnadas con las que pretenden sentar dogma. Generalmente, son oportunistas, pomposos, fútiles y superficiales. El ejemplo más sustantivo de lo formulado es Andrés Amorós.
Pues bien, resulta que este prolífico narrador de memeces, vulgar artesano de lugares comunes y crupier del refrito, es el nuevo gacetillero taurino de ABC.
Con la llegada de este cursi escribano a la monárquica publicación, no hace esta sino cavar más honda su propia fosa y declarar a voz batiente su reaccionaria y casposa línea editorial.
Donde un periódico tradicionalista y conservador debería empezar por revisar sus contenidos, al menos en España, debería de ser por la página de Toros. Ahí es donde se podría comenzar a testar la temperatura de un diario con vocación renovadora. Pero el ABC, herido de muerte porque cada día interesa menos a la opinión pública, ha preferido mostrar su verdadera y ultraconservadora tendencia abogando por un remilgado amanuense que viene a ofrecer más de lo mismo.
Este Amorós no es sino un pelma capaz de aburrir a las ovejas que, a sus setenta años en lugar de dar paso a una nueva simiente de escritores, se aferra a la poltrona con desclasada virulencia. El fatigoso plasta que se da un baño de autocomplacencia en el cacareo de los varados tópicos en que se ahogan los Toros.
Un tipo que en su cargante afán pedagógico señala que un crítico no debe dejarse llevar por “amores o desamores” (¿ven como es un cursi?), a la hora de hacer balance de una tarde de toros, para no tener ningún empacho a la hora de mostrar sus preferencias por la línea de toreros que priorizan la inteligencia y el poder.
El repelente niño Vicente ha abandonado el ABC como aquel periodistilla de la película Titanic, haciéndose un hueco en el bote que hacía buena aquella vieja voz de “las mujeres y los niños primero”.
En estas, arriba a ese barco a punto de encallar que es ABC, un anciano que ha venido a hacer bueno aquel otro apotegma de “a la vejez, viruelas”.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “A LA VEJEZ, VIRUELAS.,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 01.03.10 / 12pm
- Categoría:
- Al natural
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