SIMBÓLICAMENTE

toro-osborneUno de los grandes pecados capitales del taurinismo rampante es su egolatría. El ombliguismo en que vive instalado. Ese sentido de los negocios marcado por un provincianismo de boina y cayado. Un estraperlista concepto de la economía, y unas miras de la transacción inspiradas en la trata de blancas.
Se protegen estos capitostes bajo el turbio manto del libre mercado en su versión más execrable. Una astrosa gestión que se ampara en la plutocracia que mueve los hilos a través de familias con una siciliana idea de la gestión productiva.
Pero, en realidad, no son sino una recua de paletos emergentes sin la más mínima noción de márketing.
Es en manos de esta piara de sujetos donde se gesta el entramado y andamiaje de un espectáculo enfermo de endogamia y carente de ideas.
La vaciedad intelectual de todo el empresariado taurino que opera en España resulta tan palpable que son capaces de perder cuota de mercado en una región tan potencialmente rentable como Cataluña. Se quejan, eso sí, con sollozante amargura de la maniobra política que obstaculiza el desarrollo del espectáculo, pero parafraseando a Samuel Becket podríamos decir de ellos aquello de he ahí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie. No vale agarrarse al delusivo comodín de la política, cuando de sobra sabemos la dejadez en que se ha operado en toda la geografía catalana al respecto de la oferta taurina. Es, precisamente, cuando faltan los medios cuando más se tiene que agudizar el ingenio para seguir haciendo atractivo un producto que no se vende solo. Y es que, como señalaba Unamuno, cuidando convertir el progreso en tradición abandonamos el hacer de la tradición progreso. De ahí que esta ceremonia de los Toros, siga desprendiendo un rancio olor a naftalina.
¿Dónde está ese constante trabajo de los empresarios?. ¿En cerrar fechas, ganaderías y toreros?. ¿Y qué hacen para ganar adeptos?. ¿Qué medios emplean para hacer atractiva una oferta que hiede por reiterativa?.
Me resultan cómicos los saineteros que alabaron en su día a aquel Manolo Chopera que, además de caracterizarse por su prepotencia y fanfarronería, secuestró definitivamente el espectáculo taurino a través de los abonos que lanzó para la Plaza de Toros de Las Ventas y que no son sino la coartada para mantener el coso lleno al margen de la calidad del espectáculo ofertado. Generalmente una broza infumable. Que se lo pregunten a los alopécicos y desalmados hermanos Dalton, digo Lozano, que usufructuaron el abono como una alimaña exprime a su víctima.
En esto coinciden todos los empresarios. En ser una traílla de aparceros sin más objetivo que el de llevárselo crudo. Infames facinerosos sin escrúpulos para incurrir en simonía.

Los Toros precisan de una regeneración urgente. Una rehabilitación que rompa de manera absoluta con la inercia que nos ha empujado hasta la actual desidia en que cingla este cada día más obsoleto espectáculo.
Hay quien me pide soluciones. Pero me consta que pocos quieren remedios. Prefieren excusas. Yo soy partidario de aplicar las mismas pautas que consideraba oportunas Valle Inclán para la salvación de las artes escénicas. Él consideraba que la regeneración del teatro pasaba por el fusilamiento de los hermanos Álvarez Quintero. De este modo, yo pienso que la regeneración del espectáculo taurino pasa por el fusilamiento de todo el organigrama de la primera fila empresarial, así como de los gacetilleros oficialistas. Porque es muy cierto eso de que el periodismo avillana el estilo.
De manera y modo que, acabando con la actual trama empresarial, tenderíamos a sanear una liturgia que cada vez se haya más lejos de su referente. Y mandando al cadalso a toda esa cohorte de plumillas lameculos, que no son sino un rebaño de fatuos instalados, observaríamos cómo el cargadísimo ambiente comenzaría a trocarse en una atmósfera limpia y respirable.
A partir de ahí, es probable que los toreros dejaran de ser guiñapos, para recuperar aquella pretérita marchosería que les distinguía del resto. Ese carácter que hacía caer en la cuenta a quienes estaban a su alrededor de estar en presencia de un torero. Entrar a caballo, si es necesario, en los cafés como hacía Frascuelo, o ridiculizar a los organizadores de corridas haciéndoles firmar cláusulas en las que, además del pecunio exigido, se les obligaba a entregar un jamón. Como el Guerra.
Tal vez, también el aficionado recuperaría su cuota de importancia dentro de un ritual que hoy le ha apartado como a un apestado. Seguramente, porque en lugar de quemar plazas, arrancar asientos y lapidar a quienes pretenden engañarle, se ha sumido en una inercia inactiva más propia de un cornudo transigente que de quien sufraga el espectáculo.

Todo lo aquí apuntado, simbólicamente. Claro.

Francisco Callejo


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