PARADÓJICAMENTE

senyeraDe toda la cochambre que estos días se puede leer en diarios de tirada nacional y, muy especialmente, en foros de temática taurina, especial predicamento ha venido a alcanzar el entramado de la ilegalización de las corridas de toros en Cataluña.
De una situación que no viene sino a reivindicar lo cíclico de muchos capítulos de la Historia, se pretende hacer un pastiche con paisaje de mercadería al fondo. Porque que nadie se engañe. Esta es una maniobra cuyo objetivo final no es sino el de amortizar vetustos polvos, alterados en lodo, que vengan a deparar beneficios de uno u otro signo a los pescadores especialistas en ríos revueltos.
Estos pescadores no son sino el sinónimo de eso que viene en llamarse clase política. Y la clase política -al menos en España- es una patología infiltrada en la sociedad, cuyos síntomas más evidentes vienen a ser los de elevar a la enésima potencia los vicios y defectos en que boga esa sociedad. Y ahí se igualan castellanos y catalanes, gallegos y andaluces, vascos y extremeños, o aragoneses y canarios. Por ejemplo.
La sociedad elige a sus representantes y estos, en lugar de racionalizar las necesidades a pie de calle, lo que hacen no es sino exaltar las bajas pasiones, azuzando sentimientos que despiertan nuestro cainismo más primario.
Simplificando. La posible ilegalización de los toros en Cataluña desprende un hediondo tufo a revanchismo político, aún más irrespirable por la mascarada en que pretende venir envuelto.
Pero con todo y con eso, lo más preocupante no es que los Toros en Cataluña caminen por el estrecho embudo que pretende arrojarlos al mar. Lo preocupante, es que quienes tendrían la obligación de defender la causa taurina, están viniendo a demostrar que, como decía Machado, en España de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Han entrado todos al trapo. Y nunca mejor dicho.
Ahora asoman supuestos intelectuales de damajuana, comunicadores de caneca, élites sociales de resina, demócratas de caseta de feria y demás residuos sociales, llenándose la boca de libertad, igualdad y fraternidad. Oportunistas de ocasión a los que los Toros les traen al fresco, mas no así su estatus.
Esta iniciativa para la ilegalización taurina, es lo mejor que le ha podido suceder a la Fiesta de los Toros en Cataluña, porque a la postre no es sino un balón de oxígeno. Una terapia de recuperación que deja en paños menores a los inspiradores de este conato de prohibición. La reanimación de un enfermo terminal. Porque dejémonos ya de fariseísmos estúpidos. Los Toros en Cataluña estaban heridos de muerte. No interesan a la mayoría de los catalanes, en absoluto. Como, si se me apura, no interesan a la mayoría de españoles. Gracias a esta iniciativa, se ha devuelto los Toros a la conciencia catalana y es, a través de esa vía, por donde se pueden recuperar. O no.
En cualquier caso, siempre ha sido más atractiva y ha generado más partidarios la literatura de los vencidos.
Inspira desprecio observar al organigrama taurino, con sus empresarios y gacetilleros a la cabeza, mesarse los cabellos, crispar el gesto y lamentarse de la poca conciencia democrática que demuestra el parlamento catalán. Resulta nauseabundo verles como a aquel Boabdil, llorar como mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Cataluña, en lo taurino, ha perecido por la falta de interés de toda su clase política, extrapolada a su sociedad. Toda. Incluso los que hoy se rasgan las vestiduras clamando por una libertad, hasta por ellos abortada.
Han ido dejando de lado de forma sistemática lo taurino, hasta confinarlo a una situación de muy difícil retorno.
Pretende ahora la “familia taurina” aunar esfuerzos para evitar la calamidad, dejando para última hora los deberes que tendrían que tener hechos hace mucho tiempo.
Pretende darse ahora un baño de celebridad José Tomás midiéndose con Ponce en un mano a mano en la Monumental.
Sepa el iluminado de Galapagar, que la Fiesta de los Toros se defiende en otras plazas del resto de la geografía española, generando así un interés que demandaría para sí el propio público de Barcelona. No haciendo exhibiciones de onanismo en el viejo Sport. Los Toros se defienden todas las tardes y en todos los sitios.
Le iba a pedir a José Tomás, que en su procelosa aventura por salvar los desgastados resortes de que padece la Fiesta, considere lidiar toros de Galache, de Coquilla, o de Graciliano, en Barcelona, o donde quiera. Pero que lo haga ahora. No cuando ya hayan desaparecido estos encastes. Como han sabido defender al Guará Catalá (burro catalán) dos muchachos que empezaron con una pegatina destinada a la trasera del coche, y hoy se ha convertido en un símbolo nacionalista. Inspirado, para más INRI, en el toro de Osborne. Paradójicamente.

Francisco Callejo


Sobre esta entrada