IMPRESCINDIBLE POR INNECESARIO
Son lavados de cara, altos de aguja, agalgados y con imponente caja. Lo variado de su pelaje no contribuye sino a colorear el miedo. Tienen en la Historia de la Tauromaquia su personal acta notarial y no hay figura del Toreo, hasta los años cincuenta de la pasada centuria, que no comparta efeméride en el calendario taurino con alguno de los pobladores de Zahariche.
Ser torero, como durante toda la vida se ha entendido, pasa por medirse en alguna ocasión a esas criaturas portadoras de una A con asas a la grupa. Y es este un distintivo especialmente reseñable en estas fechas y por estos pagos.
Que la vida ha entrado en un rail rutinario en el que la máxima prioridad estriba en la edulcoración de obstáculos, en la reticencia al esfuerzo, y en la aspiración a una estable y permanente sencillez, es tan evidente que no precisa de mayores explicaciones. Se pretende llegar a la felicidad por la vía rápida de la facilidad, sin reparar en que la felicidad suele sostener en calidad de revisores al esfuerzo y el denuedo. Se pretende hacer de la felicidad un entorno físico, cuando si por algo se caracteriza es por su inconsistencia, siempre a prueba de constancia.
No son buenos tiempos para la lírica, porque se canta lo que se pierde. Sin embargo nadie está dispuesto a perder nada, aunque nada tenga que perder.
Para sustraerse a este bagaje de mediocridad burguesa están los Toros. Como metáfora de la vida. Como ejemplo sustantivo de lo necesario de lo innecesario. Como remedo del robo del fuego a los dioses por parte de prometeos estigmatizados por la aventura.
Pero hoy el plantel de toreros no es, sino a grandes rasgos, el listado de un nutrido grupo de comerciantes sin más aspiración que la de envolver en papel celofán lo pírrico de su mercancía.
Es sonrojante que se canten las virtudes toreras de un sujeto (José Tomás) que se limita a dar cuenta de un único encaste en contadas plazas y con una puesta en escena en concepto de márketing, que ya quisiera para sí Coca Cola. O que otro (Enrique Ponce) se sostenga en una vaga constancia, sustentada por una inercia cíclica que queda más patente en él que en El día de la marmota.
Públicos idiotizados, empresarios depravados, aficionados de garrafón, ganaderos de cartón piedra y toreros con ascendente funcionarial componen el estepario paisaje de un espectáculo que busca responsables de su extinción fuera del recinto de su responsabilidad.
Por todo ello, es imprescindible que no se diluya el sabor de las tradiciones en que toman asiento los pilares de una liturgia que nos permite sostener nuestra identidad. Y a esa identidad contribuye Miura. Mirar atrás y saber que un toro de esta divisa dejó impreso en los labios de Pepete esa frase llena de hombría de “No ha sido na” cuando le infirió la mortal cornada; o que otro de estos animales inspiró la obra de Benlliure, La estocada de la tarde, al ser pasado a espada por Machaquito; o que Antonio Bienvenida tomó la alternativa con toros de esta histórica vacada, contribuye a alimentar la solidez de un espectáculo que adolece hoy de anemia endémica.
El toro de Miura no parece un toro al uso. Se trata, más bien, del reverso del tótem. De esa zona que queda en penumbra y se pretende no ver. De un toro que se quedó anclado en los primeros volúmenes del Cossío. Un toro al que la herejía de Belmonte salpicó parcialmente, manteniendo a lo largo de los años el signo de su propia idiosincrasia. Toros con una carga histórica que el morbo ha simplificado a un acta de defunciones cuando, en realidad, es tal su bagaje que no sólo ha dado pie a todo lo malo, sino también a todo lo bueno.
En una época, como la actual, en que la miopía periodística (inducida en unos casos, real en otros) permite que un individuo que haya estado muy por debajo de las condiciones de toros de otras divisas cuya nobleza y boyantía llega a tapar las carencias del sujeto, sea loado y cantadas sus “virtudes” como las de un renacido Lagartijo, es fundamental sacar a la palestra el rasero de unos toros cuyos métodos evaluativos eluden la benignidad. Y es aquí donde el toro de Miura genera un filtro necesario. Por distinto, por único, por especial.
Desaparece la ganadería de Atanasio Fernández, esos parladés descomunales que fueron distintivo de la Salamanca ganadera. Se extinguen también los coquilla de Sánchez Fabrés sin que nadie dé una voz más alta que otra. Tendemos a una uniformidad ganadera con el sucinto matiz que aporta cada ganadero, pero la esencia se disuelve en ese mar de semejanza.
Miura es el patrimonio de una Historia que ha trascendido ruedos para erigirse en almáciga del gran reto torero. Estos toros de Cabrera con ascendente cartujano son los dilectos portadores del secreto que descansa en el laberinto al que pocos Teseos desean hoy acceder. Y los que lo hacen, lo llevan a efecto por imperativo comercial.
¿Dónde están las figuras del Toreo de hogaño?. ¿Cuántas de ellas pueden presumir de haber matado una corrida de Miura?. Hoy pasan por figuras toreadores que desconocen cómo se llega a Zahariche. Que no han visto una corrida de Miura ni desde el tendido. Y esto resulta infame.
Bombita quiso que los toreros cobraran mayores honorarios la tarde que se enfrentaban a estos toros. Algún torero de los años treinta identificaba la ganadería de Miura con tragedia y familias desechas. Pero todos saben que lidiar esta corrida contribuye a añadir un plus de caché. Básicamente a aquellos que no lo necesitan.
Pienso en lo paradójico del mundo de los Toros. Si veo un cartel en el que se anuncia Cayetano Rivera, pienso en un espectáculo que nada tiene que ver con los Toros con mayúscula. Trato de unir el nombre de este individuo al de Miura y un chirriante bocinazo interior me revela que nada contribuye a considerar que forman parte de un mismo entorno. ¿Se imaginan al sujeto de marras -que ha vuelto de México por un leve revolcón- anunciado en Madrid con la de Miura?. A que no.
Por eso, precisamente, es imprescindible esta ganadería. Porque no debe engañarse este muchacho y debe ser consciente que nunca dará la talla como torero. De momento, puede ir cubriendo el expediente con toros que van y vienen y cagatintas (se quieren llamar periodistas) que sostienen soplapolleces como que recuerda a su abuelo Ordoñez, o que tiene un empaque especial. Así el repelente niño Vicente (Zabala) ensucia papeles con frases como “Cayetano siembra su distinción en Bilbao” (ABC 05/09/05).
Así pues, Miura es imprescindible, no sólo como tribunal para examinar toreros, sino también para examinar a los emborronalíneas que pretenden cantar un hallazgo, o conformar un cheque nominativo.
Francisco Callejo
Sobre esta entrada
Esás leyendo “IMPRESCINDIBLE POR INNECESARIO,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 12.14.09 / 9pm
- Categoría:
- Al natural
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