LA TORERÍA
Seguramente a muchos, reconocida y demostrada mi ignorancia, les producirá escalofríos ver que uno se atreva con esa palabra con la que titulo este artículo. A mi también me han recorrido calambres por el cuerpo ver como algunos han desvirtuado el “palabro“. Para ello no me resisto a contar una pequeña anécdota que viví en primera persona y que, a pesar del ego que levantará en su protagonista, he de reconocer que me impactó sobremanera.
En el mes de abril de 1996, tras un grandioso, por los kilómetros y por la motivación, viaje entre Madrid y Sevilla y vuelta en el mismo día, asistí, junto a un grupo de amigos, a una de las corridas de la Feria de Abril en la Real Maestranza de Caballería. Tras el evento, que no resultó demasiado satisfactorio, tratamos de pisar el albero de la plaza. Los mozos, cumpliendo órdenes, se encargaban de que eso no sucediese. Al primer mozo al que nos acercamos, uno de mis acompañantes le preguntó educadamente: “¿Podemos pasar?”. Y el mozo contestó: “Usted sí, torero. Adelante maestro”. En ese momento, debo reconocer que me quede “duro” que diría un argentino. Mis esquemas se replantaron. Hace ya casi trece años y lo recuerdo como si fuera hoy.
Cierto es que el susodicho maestro tenía y tiene una vinculación enorme a los TOROS con mayúsculas. Al arte, a la entrega, a la historia y a la tauromaquia bien entendida.
Alguna vez, también oí eso de “un torero lo es sin toro”. Y aquella anécdota me hizo confirmar aquello. Lo entendí un poco mejor cuando ese mismo día coincidimos ocasionalmente con Roberto Domínguez; sin toro, pero con una torería tremenda. Me impactó.
Traigo a colación estas anécdotas por la tristeza general y la pena en particular que últimamente me están dando algunos “toreros” venidos a menos y entregados a causas mediáticas o sociales más propias de alguien absolutamente carente de torería. Me refiero a los Higares monologuistas, los Ortega bailarines, los Rivera protagonistas de anuncios, los Cayetanos modelos, los Janeiro mediáticos, o los Tomás convertidos en mitos porque sí.
Ser torero es algo más que vencer el miedo a ponerse delante de un animal de seiscientos kilos, vestirse de luces, asistir cual alumno empollón a la Escuela de Tauromaquia, ser famoso o ser mediático. Hace falta torear bien, tener arte, sentimiento, profundidad, capacidad, concepto. Hace falta hacer grandes faenas, cautivar al público con un solo pase. Pero también hay que comportarse como un torero, andar, pensar, comunicar, hablar, vestir y transmitir sin traje de luces, sin toro, sin plaza. Esto es una forma de ganarse la vida, pero no es una profesión. Es tener algo que transmitir y VIVIR EN TORERO SIEMPRE. Así explico yo la palabra que titula este artículo. Eso es la torería, creo.
Alejandro Lora
Sobre esta entrada
Esás leyendo “LA TORERÍA,” una entrada de La Charpa del Azabache
- Publicado:
- 02.01.09 / 12pm
- Categoría:
- Tendido de los sastres
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