PIEL DE COCODRILO

cocodrilo22Recuerdo ciertos pasajes de mi infancia en los que familiares de recónditos pueblos, en su mayoría andaluces, me invitaban a ver modestas corridas de toros en las que casi nunca sucedía nada, ni se veía casi nada interesante, pero que suponían un acontecimiento casi histórico en aquella localidad. Con los años y la ventaja de la distancia, recuerdo aquellas tardes como un devenir de aficionados, sólo aficionados, que disfrutaban de la fiesta y no se preocupaban de nada más. Sus aperos para disfrutar de la tarde eran un simple bocadillo, en una modesta talega, y una pequeña bota de vino que compartían con cualquiera. No era necesario mirar el vestuario, ni visitar el bar más importante del pueblo, ni decir nada sin verbo. Aquello era un deseo incomparable de disfrutar, de ver y de contemplar una corrida de toros en tu pueblo. Casi nada.
Con los años y tratando de extrapolar aquellas situaciones a las grandes plazas, sobre todo a esa que algunos dan en llamar “la plaza más importante del mundo”, me produce cierta tristeza contemplar cómo muchas tardes, sobre todo las de máxima expectación, aquello se convierte en un alarde se superficialidad y artificialidad. Ropas caras, marcas, abrigos ostentosos, famosillos de medio pelo, patéticos engominados, estirados fumadores de puros, advenedizos en busca de un falso saludo, altivez y miradas de superioridad. Un sinfín de actitudes asquerosas basadas sólo en la mentira social, y lo que nos preocupa más en esta página, basadas en la mentira taurina. Y de ahí, al bar más pomposo de la zona a alardear de no sé qué. Bueno, si lo sé, pero lo voy a omitir. Y de toros, ¿qué?
Desde el punto de vista del simple aficionado ignorante, ya saben, sobra decir que me identifico mucho más con el primer grupo que con el segundo, claro. No podría identificarme con un grupo basado en el “ver y ser visto”, sí con el que quizá tampoco sepa mucho de toros, pero en el que su afición es más pura, más sincera, más humilde, pero sobre todo verdadera, auténtica.
Basta ya de pomposos y estúpidos famosillos de tres al cuarto que usan los toros como escaparate de sus miserias, basta ya de niñatos embutidos en camisetas con cocodrilo, basta ya de señoronas empapeladas de pieles alrededor de una fiesta a la que se debe ir a disfrutar del toro, de sus embestidas, de algún pase magistral o de algún buen par de banderillas y no a “ser visto”.
Se acercan esas tardes y su imagen me empieza a producir movimientos en el estomago, porque muchos de esos del cocodrilo y la piel son los que con sus •”relaciones sociales” y su marketing barato han ido, poco a poco, ayudados por algún predicador mediático venido a menos, a encumbrar hasta el extremo a buenos toreros, sí, pero no a leyendas, ni mitos, ni tonterías parecidas. Esperemos que en próximas tardes todos vayan a las plazas a los toros y no a un acontecimiento social. Porque le pese a quien le pese, los toros no son un acontecimiento social. Son un acontecimiento artístico, aunque, claro, ya quedó explicado hace tiempo que eso del arte es privativo.
                                                           Alejandro Lora


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